Antología de cuentos sobre antropofagia: AII. 2. Lo horrible

Dos años después de Tombuctú, Guy de Maupassant publicó «L’Horrible»; una doble narración donde nuestro autor plasma su definición de aquello que entiende por horrible. A diferencia de Tombuctú, este cuento es abordado de manera tétrica y el hombre es confrontado con su deseo de vivir en una marcha por el desierto. El hielo de la retirada de la primera narración y el calor infernal de la retirada de la segunda son climas paralelos que propician las acciones más desesperadas de los hombres. Hielo y arena son territorios de lo Horrible. Ahora bien, el grupo que come carne humana es nombrado certeramente por Maupassant: una retirada de antropófagos; estos hombres civilizados, aislados de todo y asolados por el hambre toman la única alternativa para sobrevivir: comerse entre ellos. Es por esto que el cuento pertenece a la categoría de lo crudo, en la cantidad de platillos; el aliento que los conduce a su resolución es la hambruna del aislamiento.


La tibia noche descendía lentamente.
Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copas.
Sus cigarros brillaban como ojos en la sombra cada vez más espesa. Acababan de contar un espantoso accidente ocurrido la víspera: dos hombres y tres mujeres ahogados ante los ojos de los invitados, frente a la casa, en el río.
El general de G… pronunció:
—Sí, esas cosas son conmovedoras, pero no son horribles.
Lo horrible, esa vieja palabra, significa algo más que terrible. Un espantoso accidente como ése conmueve, trastorna, asusta: pero no enloquece. Para experimentar horror se necesita algo más que la emoción del alma y algo más que el espectáculo de una muerte espantosa, se necesita, bien un estremecimiento de misterio, bien una sensación de espanto anormal, fuera de lo natural. Un hombre que muere, aunque sea en las condiciones más dramáticas, no inspira horror; un campo de batalla no es horrible; la sangre no es horrible; los crímenes más viles son raramente horribles.
Miren, aquí tienen dos ejemplos personales que me han hecho comprender lo que se puede entender por Horror.
Era durante la guerra de 1870. Nos retirábamos hacia Pont-Audemer, tras haber cruzado Ruán. El ejército, unos veinte mil hombres, veinte mil hombres en desorden, desbandados, desmoralizados, agotados, iban a reconstruirse en El Havre.
La tierra estaba cubierta de nieve. Caía la noche. No habíamos comido nada desde la víspera. Huíamos a toda prisa, pues los prusianos no estaban lejos.
Todo el campo normando, lívido, manchado por las sombras de los árboles que rodeaban las granjas, se extendía bajo un cielo negro, pesado y siniestro.
No se oía otra cosa en el resplandor apagado del crepúsculo que un ruido confuso, tenue y sin embargo desmesurado, de rebaño en marcha, un pisoteo infinito, mezclado con un vago golpeteo de escudillas o de sables. Los hombres, inclinados, encorvados, sucios, a menudo incluso andrajosos, se arrastraban, se apresuraban en la nieve, a largos pasos derrengados.
La piel de las manos se pegaba al acero de las culatas, pues helaba espantosamente esa noche. A menudo yo veía a un joven voluntario quitarse los zapatos para marchar descalzo, de tanto como le dolía ir calzado; y dejaba en cada huella un rastro de sangre. Después, al cabo de cierto tiempo, se sentaba en un campo para descansar unos minutos, y no volvía a levantarse. Cada hombre sentado era un hombre muerto.
¡Cuántos de esos pobres soldados agotados, que contaban con proseguir en seguida, en cuanto hubieran dado un poco de descanso a sus piernas rígidas, dejamos a nuestras espaldas! Ahora bien, apenas cesaban de moverse, de hacer circular, por su carne helada, una sangre casi inerte, un invencible embotamiento los petrificaba, los clavaba al suelo, cerraba sus ojos, paralizaba en un segundo aquel agotado mecanismo humano. Y se doblaban un poco, con la frente apoyada en las rodillas, aunque sin caer del todo, pues sus riñones y sus mienbros se tornaban inmóviles, duros como la piedra, imposibles de doblegar ni de enderezar.
Y nosotros, los más robustos, seguíamos avanzando, helados hasta la médula, marchando gracias a una fuerza mecánica, en aquella noche, en aquella nieve, en aquella campiña fría y mortal, aplastados por la pena, por la derrota, por la desesperación, y sobre todo oprimidos por la abominable sensación del abandono, del final, de la muerte, de la nada.
Divisé a dos gendarmes que sujetaban por los brazos a un hombrecillo singular, viejo, sin barba, de aspecto verdaderamente sorprendente.
Buscaban un oficial, creyendo haber cogido a un espía.
La palabra «espía» corrió en seguida entre los rezagados y se formó un círculo en torno al prisionero. Una voz gritó: «¡Hay que fusilarlo!» Y todos aquellos soldados que se caían de agotamiento, y que sólo se tenían en pie porque se apoyaban en sus fusiles sintieron de pronto ese temblor de cólera furiosa y brutal que empuja a las multitudes a la matanza.
Quise hablar; yo era entonces el jefe del batallón; pero ya nadie reconocía a los jefes, me habrían fusilado también a mí.
Uno de los gendarmes me dijo:
«Hace tres días que nos sigue. Pide a todo el mundo informes sobre la artillería.»
Traté de interrogar a aquel ser:
«¿Qué hace usted? ¿Qué quiere? ¿Por qué acompaña al ejército?»
Farfulló unas palabras en un dialecto ininteligible.
Era realmente un extraño personaje, de hombros estrechos, de mirada solapada, y estaba tan turbado en mi presencia que verdaderamente no dudé de que fuese un espía. Parecía de mucha edad y muy débil. Me miraba de soslayo, con un aire humilde, estúpido y malicioso.
Los hombres que nos rodeaban gritaban:
«¡Al paredón! ¡Al paredón!»
Le dije a los gendarmes:
«¿Me responden ustedes del prisionero?…»
Aún no había acabado de hablar cuando un empujón terrible me derribó, y vi, en un segundo, como los soldados furiosos cogían al hombre, lo tiraban al suelo, le pegaban, lo arrastraban al borde del camino y lo arrojaban contra un árbol. Cayó ya casi muerto, sobre la nieve.
Lo fusilaron al punto. Los soldados disparaban sobre él, cargaban sus armas, volvían a disparar con una saña brutal. Se peleaban por coger el turno, desfilaban ante el cadáver y seguían disparando sobre él, como quien desfila ante un ataúd para rociarlo con agua bendita.
Pero de repente corrió un grito:
«¡Los prusianos! ¡Los prusianos!»
Y oí, en todo el horizonte, el rumor inmenso del ejército que corría enloquecido.
El pánico, nacido de aquellos tiros sobre el vagabundo, había asustado a los propios ejecutores que, sin comprender que el espanto provenía de ellos mismos, escaparon y desaparecieron en las sombras.
Me quedé solo ante el cuerpo con los dos gendarmes, a quienes su deber retenía a mi lado.
Alzaron aquella carne magullada, molida, sangrante.
«Hay que registrarlo», les dije.
Y les tendí una caja de cerillas que llevaba en el bolsillo. Uno de los soldados alumbraba al otro. Yo estaba de pie entre los dos.
El gendarme que manejaba el cuerpo declaró:
«Vestido con una blusa azul, una camisa blanca, un pantalón y un par de zapatos.»
La primera cerilla se apagó; encendieron la segunda. El hombre prosiguió, volviendo los bolsillos.
«Un cuchillo de asta, un pañuelo de cuadros, una petaca, un trozo de bramante, un pedazo de pan.»
La segunda cerilla se apagó. Encendieron la tercera. El gendarme, tras haber palpado un buen rato el cadáver, declaró:
«Nada más.»
Yo dije:
«Desnúdenlo. Quizá encontremos algo junto a la piel.»
Y, para que los dos soldados pudieran actuar al mismo tiempo, me puse yo mismo a alumbrarles. Los veía al resplandor rápido y pronto extinguido de la cerilla quitar las ropas una a una, dejar al descubierto aquel sangriento paquete de carne aún caliente y muerta.
De pronto uno de ellos balbució:
«¡Caray! Mi comandante, ¡es una mujer!»
No podría decirles qué extraña y punzante sensación de angustia me invadió el corazón. No podía creerlo, y me arrodillé en nieve, ante aquella papilla informe, para ver: ¡era una mujer!
Los dos gendarmes, confundidos y desmoralizados, esperaban que yo emitiese una opinión.
Pero yo no sabía qué pensar, qué suponer.
Entonces el sargento pronunció lentamente:
«A lo mejor venía buscando a su hijo que era soldado de artillería y del cual no tenía noticias.»
Y el otro respondió:
«A lo mejor, sí, puede ser.»
Y yo, que había visto cosas muy terribles, me eché a llorar. Y sentí, ante aquella muerte, en aquella noche helada, en medio de aquella llanura negra, ante aquel misterio, delante de aquella desconocida asesinada, lo que significa la palabra «Horror».
Ahora bien, he tenido la misma sensación, el pasado año, al interrogar a uno de los supervivientes de la misión Flatters, un tirador argelino.
Conocen ustedes los detalles de ese drama atroz. Hay uno, empero, que quizás ignoren.
El coronel iba al Sudán por el desierto y cruzaba el immenso territorio de los tuareg, que son, en ese océano de arena que va del Atlántico a Egipto y del Sudán a Argelia, una raza de piratas comparable a los que antaño asolaban los mares.
Los guías que conducían la columna pertenecían a la tribu de los chambaa, de Uargla.
Ahora bien, un día montaron el campamento en pleno desierto, y los árabes declararon que, como el manantial estaba aún un poco más lejos, irían a buscar agua con todos los camellos.
Un solo hombre previno al coronel de que lo traicionaban; Flatters no lo creyó y acompañó al convoy con los ingenieros, los médicos, y casi todos sus oficiales.
Fueron asesinados junto al manantial, y todos los camellos, capturados.
El capitán del puesto árabe de Uargla, que se había quedado en el campamento, tomó el mando de los supervivientes, espahís y tiradores, e iniciaron la retirada,
abandonando bagajes y víveres, por falta de camellos para llevarlos.
Iniciaron, pues, la marcha por aquella soledad sin sombras y sin fin, bajo un sol devorador que los abrasaba de la mañana a la noche.
Una tribu acudió a someterse y trajo dátiles. Estaban envenenados. Casi todos los franceses murieron y, entre ellos, el último oficial.
Sólo quedaban unos cuantos espahís, como el sargento Pobéguin, a más de los tiradores indígenas de la tribu chambaa. Tenían aún dos camellos, pero desaparecieron una noche con dos árabes.
Entonces los supervivientes comprendieron que iban a tener que devorarse entre sí y, en cuanto descubrieron la huida de los dos hombres con los dos animales, los que quedaban se separaron y echaron a andar uno a uno por la blanda arena, bajo la cruel llama del sol, a mayor distancia que la de un tiro de fusil.
Caminaban así todo el día, levantando en cada lugar, en la extensión quemada y llana, esas columnitas de polvo que señalan desde lejos a quienes marchan por el desierto.
Pero una mañana uno de los viajeros se desvió bruscamente, acercándose a su vecino. Y todos se detuvieron a mirar. El hombre hacia el cual marchaba el soldado hambriento no huyo, sino que se tumbó en el suelo, y apuntó hacia el que llegaba. Cuando lo creyó a buena distancia, disparó. No le dio al otro, que siguió avanzando y después, encarando a su vez, mató a su camarada.
Entonces los demas acudieron de todo el horizonte a buscar su parte. Y el que había matado, descuartizando al muerto, lo distribuyó.
Se espaciaron de nuevo aquellos aliados irreconciliables, hasta que el próximo asesinato los aproximara.
Durante dos días vivieron de la carne humana repartida. Después reapareció de nuevo el hambre, y el primero que había matado mató otra vez. Y otra vez, como un carnicero, cortó el cadáver y lo ofreció a sus compañeros, quedándose sólo con su ración.
Y así continuó esta retirada de antropófagos.
El último francés, Pobéguin, murió asesinado a orillas de un pozo, la víspera del día que llegaron los auxilios.
¿Comprenden ustedes ahora qué es lo que yo entiendo por Horrible?
Esto es lo que nos contó, la otra noche, el general de G…

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 3. Tombuctú

El 2 de agosto de 1883 Guy de Maupassant público en «Le Gaulois» este cuento llamado Tombouctou —en el original.
Hasta ahora, ha sido la primera referencia sobre el consumo de carne humana que leo en Maupassant —referencia en realidad un tanto vaga.
He meditado largamente en si darle o no cabida a este cuento en nuestra antología; por un lado es indudable que hace un uso efectivo de dos de los grandes propiciadores del canibalismo: El Sitio y Lo Exótico. Es común ver estas convenciones de manera individual en la narrativa que aborda el tema; más raro es verlas de la mano y en la inversión que construye Maupassant.
A pesar de su singular conjunción de elementos, el cuento es más bien una viñeta ridícula y picaresca de los africanos en la guerra franco prusiana que pleno tema del canibalismo; sin embargo presiento que, aún lo poco que pueda ofrecer al exámen del fenómeno caníbal, parece suficiente para defender su legítima aparición aquí.
Ahora bien, la condición de Tombuctú es curiosa: su consumo de carne humana no es justificada por el Sitio de Bezières, sino por su naturaleza de extranjero. Normalmente se ve en los textos de canibalismo que es el civilizado quien termina en tierra extraña siendo testigo de la atrocidad; pero aquí se aplica a la inversa, lo exótico es lo que termina rodeado de civilización, y la guerra le permite actuar con libertad e impunidad, volviéndose esta un emulo lejana de su salvajismo cotidiano.
El príncipe y su tropa de hombres despreocupados hacen que este cuento entre en la categoría de Banquetes y en lo Cocido, a tal grado llegan que el narrador de la historia termina participando en la comilona, obviamente en la ignorancia del origen de la carne que devora.


El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas sobre el asfalto de las aceras.
Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas fundidas en el cristal.
Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban, alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre, los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras sí un perfume intenso y turbador.
De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo, con un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los vendedores de periódicos, sonreía hacia
el cielo resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los papanatas se volvían para Contemplarlo de espaldas.
Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las comisuras de la boca le subieron hasta las orejas, descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos, contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su alegría.
Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
«Bueena tarde, mi teeniente.»
Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel. El primero dijo:
«No lo conozco a usted, caballero; ignoro lo que pretende de mí.»
El negro prosiguio:
«Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha uvaa, buscaba yo.»
El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos, y bruscamente exclamó:
«¿Tombuctú?»
El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de una violencia inverosímil y berreando:
«Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena tarde.»
El comandante le tendió la mano riéndose tambien con toda su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogio la mano del oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar le dijo con voz severa:
«Vamos, Tombuctú, no estamos en Africa. Siéntate ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.»
Tombuctú hinchó la barriga y, tartamudeando, de lo deprisa que hablaba:
«Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien, prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa, Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí. ¡Ja, ja, ja, ja!»
Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la mirada.
Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
«Bien, hasta la vista, Tombuctú, hasta pronto.»
El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
«Bueena tarde, bueena tarde, mi teeniente.»
Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo tomaban por un loco.
El coronel preguntó:
«¿Quién es ese animal?»
El comandante respondió:
«Un buen chico y un valiente soldado. Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido,»

Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve encerrado en Bezières, que ese negro llama Bézi. No estábamos sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas rodeaban por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos por hambre.
Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos del ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos* llegados una noche no sé cómo, no sé por dónde.
Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados, andrajosos, hambriento y borrachos. Me los encomendaron.
Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina, siempre estado un fuera y siempre achispados. Probé con la prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis hombres desaparecida durante días enteros, como si se los hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con qué?
La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su carácter de niños traviesos.
Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo interrogué. Nuestra conversación duró tres horas, pues me costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudada con el esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un nuevo método para explicarse.
Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey negro de la cercanías de Tombuctú. Le pregunté su nombre. Respondió algo así como Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo ponerle el nombre de su tierra: «Tombuctú.» Y, ocho días después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el ex-príncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo singular.
Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el horizonte, cuando divise en un viñedo algo que se movía. Se aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras, pero no pense en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la autorización del general.
Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la muralla me indicó por señas que el ser divisado no había salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo, arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin, llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran… a Tombuctú, andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta, arrancando el racimo con los diferentes.
Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas.
Cuando lo enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo había visto nunca.
Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír durante todo el camino gesticulando con brazos y piernas.
Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva. Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían allí mismo.
En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso. Repetía sin cesar:
«Lo toordo comido tooda la uva, sin vegüeenza!»
Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, concombre, ¡yo qué sé!
Envíe unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas. El décimo Turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían atado otro, y otros seis animales más lo seguían, sujetos de la misma manera.
He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron atacados, mataron a dos centinelas, y además al coronel y los cinco oficiales de su escolta.
Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo: «Yo, poovisione pal país.»
Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo retenido un término de La tropa, lo llamaba «mis alforjas», ¡y eran unas auténticas alforjas, en efecto!
De modo que había arrancado los galones de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc., arrojándolo todo en sus «alforjas», que estaban llenos hasta rebosar.
Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño piezas de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente gracioso.
Contaba con llevarse todo el país de los avestruces, de los cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera engullido.
Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero, ¿dónde? No pude descubrirlo.
El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido decapitados. Las prusianos regresaron al día siguiente. El alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto, en represalia, como denunciantes de la presencia de los alemanes.

Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar. Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
«Tú muucha hambre, yo buena carne.»
Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú. No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces rechacé sus presentes.
Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí que algo caía sobre mí, como una grande y calida manta. Era el capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
Me levanté y, devolviéndole su prenda:
«Quédatelo, hijo mío; lo necesitas más que yo.»
El respondió:
«No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente, calieente.»
Y me contemplaba con ojos suplicantes.
Proseguí:
«Vamos, obedece, quédate con el capote, te lo mando.»
El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
«Si tu no queeda abrigo, yo coorto; nadie abrigo.»
Lo hubiera hecho. Yo cedí.
Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la ciudad y entregarse a los vencedores.
Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían dos platos y dos vasos.
Le dije:
«¿Qué estás haciendo?»
Respondió:
«Yo no sufrí, yo buen coociner, yo hecho comer coronel, Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho.»
Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:
COCINA MILITAR DEL SEÑOR TOMBUCTU EX-COCINERO DE S.M. EL EMPERADOR Artista de París -Precios módicos
A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo negocio.
¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo.
Bezières, hoy, pertenece a Alemania. El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite.

Antología de cuentos musicales: 15. De cómo dinamité el colegio para señoritas

Salvador Elizondo es un autor complejo y hermético; no es fácil leerlo, uno debe estar atento a su prosa —un poco grandilocuente— para no perderse en ella. Basta leer El Retrato de Zoe, Teoría del Disfraz, tal vez Grünewalda o una fábula del infinito para confirmar que no es sencillo.
Este cuento no es la excepción. A pesar de que el título reza «De cómo…», pienso que debió llamarse «De por qué…», pues el relato pormenoriza mucho más este detalle que el que promete.
En rigor se me podría objetar que este no es un cuento musical, ¿pero qué texto puede ser enmarcado en una categoría o con un tema absoluto sin que resulte equívoco? Es decir, la música ha sido un elemento fundamental de las narraciones de nuestra antología; ya sea porque los personajes son músicos o espectadores de la música, ya sea porque son veladas reflexiones estéticas y artísticas; pero no necesariamente ha sido el móvil total de las historias. Pienso que el mejor criterio para compilar una antología es la voluntad de engarzar piedras diferentes con la intención de crear un conjunto que a pesar de su variedad busque un sentido de continuidad; dice Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida que hay dos cosas se rigen la existencia humana: un principio de unidad y otro de continuidad. El primero determina lo que define el conjunto y el segundo es su capacidad de modificarse sin perder su identidad. Así, tal vez, es este contubernio.Sobre el cuento: es de los pocos, hasta ahora, que abordan la música desde una actitud de desprecio. En realidad es raro hallar a alguien que no guste de escuchar alguna manifestación de este arte; lo cierto es que sí hay cosas que cada cual no tolera; pero por lo regular son cuestiones de género y estilo musical que de producción o —en este caso— timbre. Por lo demás, disfruten.


Ese fue el tiempo en que yo me solazaba con abominaciones sutilísimas y concebí la destrucción del Colegio de Señoritas. Entre otras cosas, por ejemplo, aspiraba yo a conocer el secreto de la jugada absoluta en el ludus latrunculorum, un juego romano, descubierto al azar en la subsección Parlour Games de la sección Competitive Games del capítulo Social Games de la definición que de la palabra da la traducción inglesa del Lexikon der Klassischen Alterthumskunde hecha por Messrs. Nettleship y Sandys, ambos miembros de las Dos Universidades que, dicho sea de paso, representa un prodigioso esfuerzo de concisión de la monumental obra del profesor Seyffert, vertida al inglés en 1891. Pero dejemos estas cuestiones que atañen más a los señores de Friburgo y de Zurich () que a nosotros y volvamos a la relación de aquel osado proyecto que concebí, de dinamitar el Colegio de Señoritas. Yo sé bien que una empresa de esta índole resultaría, de buenas a primeras, inexplicable, no por infame, sino por desmedida; no por criminal, sino por ambiciosa. Dejando a un lado estas consideraciones que no está en mi papel hacer, y menos en estos momentos, sólo puedo decir que decidí hacer saltar el Colegio de Señoritas porque no bastándoles a las señoritas pupilas del Colegio de Señoritas la infamia de sus uniformes grises con los reveses sedientos de carne como almíbar de mujer, sus basquiñas descosidas y lustrosas, sus medias de popotillo, no bastándoles el lamentable espectáculo que ofrecían cuando realizaban sus ejercicios gimnásticos enfundadas en anafrodisiacos batones color de esperma, cuando se agachaban tratando de tocar las puntas de sus zapatos tennis descoloridos con las puntas de sus dedos carcomidos en el terror de enigmáticas hemorragias dejando ver las corvas ansiosas de ser recorridas por dedos trémulos. Eso pasaba una vez a la semana. Y así, con todo y el deseo que irradiaban las tensas comisuras de esas corvas, la visión general era la de una menagerie de monstruos humanos que me fascinaban horrorizándome y enalteciéndome en su horrible bajeza. No les basta a estas señoritas, como decía, la execración que su existencia visible impone a la realidad. Aspiran entonces a penetrar en un orden del conocimiento quizás un poco más emotivo: el de los sonidos. Con este fin deben haberse reunido en un conciliábulo inquietante para adoptar los medios más aptos de cobrar una existencia sensiblemente sonora: ¡Ha!, ¡la armónica!…(1) Sí, señor; la ar-mó-ni-ca. Estos monstruos, estas bestias, estas tenebrosas terribles tracaleras cucufatas recónditas, con sus caireles y sus escapularios sudorosos como colgajos de tripas de perro machucado y sus dientes de sarro verde y su acné católico y su mirada triste, lejana, interrumpida siempre de persignaciones epilépticas de adiós, de gimnasias quirúrgicas una vez a la semana, y sus bloomers abocardados de jersey color salmón, asistidos en la perdida capacidad de tenerse, por ceñimiento del elástico de fábrica, de caucho natural, en torno al muslo a una distancia constante del centro de la rótula y allí tenidos precariamente con la ayuda de una ancha banda de hule rojo. Estas señoritas, en fin, decidieron entonces formar una orquesta de armónicas de ochenta ejecutantes (2). La noticia de la formación de esta orquesta, constituida por el patrocinio de varias instituciones públicas y privadas, fue publicada con lujo de detalles en la primera plana de nuestro periódico: “FORMACIÓN DE UNA ORQUESTA DE ARMÓNICAS.—Una notable iniciativa del Colegio de Señoritas…” El redactor encomiaba efusivamente este proyecto tenebroso señalándolo como un ejemplo que debiera ser seguido por otras escuelas de señoritas y varones.
Pasan luego los meses, desesperados de notas vacilantes y discordes que llegan a través de la tarde, después de la lluvia, acentuando con su tono plañidero y felino la angustia de un mundo viciado y gris en el que las pensionarias del Colegio de Señoritas subsisten al horror de su propia existencia soplando en los alveolos de su instrumento resbaladizo y recurrente como un huso, que huele a latón oxidado y a saliva seca y que produce un sonido estúpido, triste y sobrearmónico.
Desde el primer día jamás cejé en mi propósito de exterminar con la mayor celeridad posible toda presencia de un conglomerado humano que se deleitaba en la inmundicia de ese rechupamiento baboso, y en esa soledad surcada de lejanos aullidos maldecía yo a la puta madre que había parido al Sr. Hohner (3). Imaginaba holocaustos wagnerianos y veía con los ojos de mi imaginación las interminables colas de señoritas, previamente puestas en cueros, desfilar lentamente hacia las cámaras de gas, a los compases de la obertura (4) Tanhäuser (5) interpretada a la armónica. Luego imaginaba yo el interior de ese Bayreuth (6) sombrío y resonante de maullidos desfallecientes. Un enorme hacinamiento de cuerpos flatulantes, de sibilantes emanaciones de gas que producían una sinfonía tenebrosa, al azar, en las armónicas crispadas entre los labios amoratados, produciendo escalas agónicas. Poco a poco fui estableciendo el proyecto sin omitir detalle alguno. Ya sólo faltaba fijar la fecha. La clave me la dio la radio. El noticiero de la Cultura que pasa todos los dias a las 17:49 transmitió la noticia: “El próximo sábado tendrá lugar, dentro de la serie de Sábados Sociales organizada por el Colegio de Señoritas, un concierto que estará a cargo de la orquesta de armónicas de dicha institución, que está integrada por ochenta señoritas…” La emulación preconizada por nuestro diario se había realizado, pues el locutor agregó: “…Este notable conjunto se verá asistido por la Sociedad de Armónicas Barítono (7) del Instituto Sobriedad y Patria para Varones.” Así dijo. Y dijo también que la Sociedad de Armónicas del Instituto Sobriedad pasaba en lista de presente el nombre de cien integrantes y que el programa consistiría de una selección de las más bellas composiciones de nuestra música nacional. Dicen que a la oportunidad la pintan calva. En este caso la ocasión se perfilaba chupeteando los apestosos deslizamientos de los organillos en labios de ciento ochenta adolescentes astrosos. No voy a abrumar a nadie con todos los tecnicismos relacionados con esta notable empresa aunque la colocación de los petardos de dinamita en las aulas y dormitorios y el envenenamiento con extracto de almendras dulces de todas las jarras de agua dispuestas sobre las mesas del refectorio, de las que las ejecutantes reaprovisionarían las excrecencias dilapidadas en sus sopleteos, en el caso de que los explosivos colocados bajo el estrado improvisado al aire libre, en el patio del colegio, no detonaran, bastaría para elaborar un relato digno de la más pura tradición de la literatura aventuresca. Mi voluntad de hacer saltar por los aires a los virtuosos del Colegio de Señoritas y del Instituto Sobriedad y Patria no flaqueó jamás. Sólo tuve un instante de turbación. Eso fue cuando me despedí de mi suegra. Yo estaba en la ventana y desde la calle ella se volvió sonriente agitando la mano. “¡Gracias por las entradas, rico!, me gritó, ¡Eres un amor!” Huelga decir que había yo querido darle un carácter más amplio y más utilitario a la pasión que había concebido por exterminar el universo musical del Colegio de Señoritas; así que, para matar dos pájaros de un tiro, decidí aprovechar la ocasión para pagar tributo a la generosidad de la naturaleza devolviendo a su mullido seno la humanidad tediosa de mi suegra, de su Criada Eudosia y de la hija idiota de ésta. A mi suegra decidí aplicarle este rigor extremo por principio, a Eudosia porque comenzaba a intuir el principio, y a la hija de Eudosia para librarla de la deplorable condición en la que medra, fruto malsano del pecado y de la infamia de su madre.
Antes de regodearme con la desolación libertaria que habré producido en las ceñidas filas de los amantes de la música masiva de armónica, invoco esa visión de mi pobre suegra, alejándose por la calle en compañía de Eudosia y de la hija de Eudosia. Invoco lo que dentro de algunos minutos, durante los primeros compases de la tercera selección de nuestra más bella música nacional —ahora comienza la ejecución del primer número del programa—, ya habrá sido su memoria, surcando los espacios infinitos en compañía de las almas sopladoras de las pupilas del Colegio de Señoritas y de los colegiales del Sobriedad y Patria; espíritus dispersos en un efluvio salivoso de notas gangosas; compases deslavados de una agrupación sideral
de adolescentes tributarios de Herr Hohner, maulladores que se alejan hacia la más cursi y hacia la más triste de todas las estrellas.

Notas

. El lector curioso (o paranoico) —que a menudo se forma con la lectura de autores como Jorge Luis Borges— podría sospechar de la legitimidad de estas primeras referencias que Elizondo nos ofrece. Pero, permítanme decir que el juego mencionado, los eruditos, ediciones y demás detalles son reales; basta una búsqueda rápida en internet para disipar dudas.

Notas musicales

1. En verdad que la armónica es uno de los instrumentos más innobles jamás concebidos. Su timbre es especialmente feo. Mi comentario está demás, lo admito. Yendo a lo importante: El Diccionario de Música de Manuel Vals Gorina nos dice de la Armónica que es un Instrumento formado por una serie de lengüetas metálicas y desiguales fijas alternativamente en las dos caras de una placa de metal, montada sobre una estructura de madera. Las lengüetas vibran por acción del soplo o la aspiración del ejecutante. Autores como Darius Milhaud han escrito obras para Armónica y entre sus interpretes destacados está Larry Adler.

2. Una Orquesta de Armónicas… aunque temerario y excéntrico, no es un proyecto imposible, las dificultades técnicas que se pueden derivar de esto son más bien las mismas que cualquier conjunto de instrumentos e instrumentistas presentaría; otra cosa es si resultaría idóneo juntar tantas veces el timbre (tan desagradable) de semejante número de Armónicas. Hubo un tiempo, en el que fue una práctica común. Las armónicas son instrumentos de gran versatilidad y, además, baratos en comparación con otros. Fueron especialmente populares a finales del siglo XIX y principios del XX.

3. El nombre de Matthias Hohner está ligado a la armónica como ningún otro. Hohner fue un relojero Alemán de Trossingen que inspirado por un amigo suyo cuya familia tenía una sólida tradición en la fabricación de armónicas decidió aprender —o de hecho robar…— los secretos de la fabricación de este instrumento y emprender su propia firma. Si bien no fue el mejor fabricante, sí fue el más inteligente, supo posicionarse siempre en el mercado, sacando ventaja de tácticas sucias y eficaces campañas publicitarias para absorber a la competencia y monopolizar el mercado de armónicas. Su firma logro establecerse sólidamente en norteamérica y a través de Federico Veerkamp llegó a México a principios del siglo XX. Logró popularidad nombrando sus modelos con el imaginario popular mexicano: El Tecolote, el Toro, etc… Para más detalles recomiendo visitar este enlace.

4. Una obertura, nos Manuel Vals: es un fragmento instrumental que sirve de introducción a una obra de grandes dimensiones, como la ópera y el oratorio. En el siglo XVIII designaba la parte inicial de una suite. La obertura es una forma musical libre y como el preludio, tenía la finalidad de ambientar al oyente en la tonalidad principal que la obra iba a adoptar.

5. Tanhäuser es una de las óperas más conocidas de Wagner. El argumento se basa en tres leyendas medievales, siendo la más representativa la que ds nombre a la obra. Narra la perdición de un caballero que logra encontrar la guarida de la, para ese momento, deidad pagana Venus. En su estancia allí se corrompe y al salir al mundo, se dirige al vaticano a pedir por su redención; el santo pontífice se la niega diciendo: “antes le saldrán flores a mi báculo”. Por supuesto, el prodigio sucede, y se envía en busca de Tanhäuser, pero jamás se le vuelen a encontrar. La composición del libreto y la música le llevaron al menos tres años, y existen varias versiones, como la del estreno en Dresde, en 1845, o la revisión de París, que data de 1861.

6. El célebre Festival de Beyreuth es un evento dedicado a la representación e interpretación de las obras de Wagner. Fue concebido por el compositor para lograr su independencia económica de los mecenas. Para dicho festival se construyó un teatro ex profeso diseñado por el propio Wagner. A las obras interpretadas en este festival se les llama del Canon de Beyreuth.

7. El adjetivo de Barítono se refiere a una voz masculina que tiene una tesitura entre el tenor y el bajo. Por extensión se refiere a instrumentos que comparten este mismo alcance.

Antología de cuentos musicales: 14. Un servicio de amor

Hace poco leí un micro ensayo de Julio Torri. En él, con una economía de palabras envidiable, nos decía que: «La facultad creadora florece rara y maravillosamente. Cuando el artista flaquea, entrega sus armas a sus hermanos, en la más heroica de las acciones humanas.» Es decir, el artista debe volverse maestro cuando su capacidad de trabajo creativo se va apagando. Hasta ese momento ha recorrido —las más de las veces— un largo camino de aprendizaje y descubrimiento y es entonces cuando puede justamente enseñar eso. El siguiente cuento no trata tal cual sobre la enseñanza artística, pero sí toca una dimensión de ella. Me gusta pensar que la heroína del texto, Delia, no encuentra estudiantes justo porque no ha tocado el cénit de su trabajo artístico. Derivado de ello, de su amor por Joe y de la premisa que el cuento nos ofrece desde su primera línea, O. Henry nos da una bella (y tal vez para el gusto actual, cursi) historia de sacrificio y amor. El motivo del sacrificio por amor fue visitado abundantemente en la obra de Henry —está, por ejemplo en El regalo de los reyes magos, quizá su obra más reconocida.
La vida de nuestro escritor bien podría ser uno de sus cuentos, se le acusó de malversación en el banco donde trabajan, huyó del país y se refugió en Latinoamérica, fruto de su exilio hay un racimo de narraciones ambientadas en un imaginario país latino.
A pesar de ser un legítimo clásico de la literatura norteamericana, es a vez un buen ejemplo de modernidad; prueba de ello es este cuento que comienza siendo autoreflexivo; nos ofrece desde el primer párrafo la cifra de su estructura y propósito. Bien visto, su introducción es quizá innecesaria, pero también es indudable que es una formidable muestra de la concepción que se debe tener de la literatura: la noción de su impostura y la voluntad del autor de dotar de fuerza expresiva un mentira real.


Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece demasiado penoso.
Tal es nuestra premisa. Este cuento sacará de ella una conclusión y mostrará al mismo tiempo que la premisa es incorrecta. Eso será una novedad en el campo de la lógica, y una hazaña más vieja que la Gran Muralla China en el arte de contar historias.
Joe Larrabee salió de las llanuras del Medio Oeste desbordando genio para el arte pictórico. A la edad de seis años hizo un dibujo de la bomba de agua de la ciudad, incluyendo a un prominente ciudadano que pasaba descuidadamente por allí. Esta hazaña artística fue enmarcada y expuesta en la vitrina de la farmacia junto a una mazorca de maíz con un número non de hileras granos. A los veinte, Joe partió para Nueva York, su corbata agitada por el viento y un humilde capital bien ceñido al cuerpo.
Delia Caruthers hacia cosas en seis octavas (1) tan promisoriamente, en un pueblecito de pinos en el Sur, que sus parientes contribuyeron con lo suficiente para que pudiera ir “al Norte” y “terminar.” No pudieron ver cómo… pero ésa es nuestra historia.
Joe y Delia se conocieron en un atelier donde se habían reunido estudiantes de arte y de música para discutir sobre el claroscuro, Wagner, las obras de Rembrandt, pintura, Waldteufel, el empapelado de las paredes, Chopin, Oolong.
Joe y Delia se enamoraron el uno del otro, o cada uno del otro, como el lector lo prefiera, y se casaron al poco tiempo… porque (véase más arriba) cuando uno ama su Arte ningún servicio parece demasiado penoso.
El señor y la señora Larrabee instalaron su hogar en un departamento. Era un departamento solitario… algo así como el la sostenido en el extremo izquierdo del teclado. Y se sentían felices porque tenían su Arte y se tenían el uno al otro. Y mi demanda al joven rico es: vende todo lo que tengas y dáselo al pobre… conserje, por el privilegio de vivir en un departamento con tu Arte y tu Delia.
Los que viven en departamentos estarán de acuerdo conmigo en que la suya es la única felicidad auténtica. Si un hogar es feliz, no importa su pequeñez; tanto da que el tocador se derrumbe y se transforme en una mesa de billar, que la repisa de la chimenea se convierta en un aparato de gimnasia, el escritorio en una alcoba para huéspedes y el lavabo en un piano vertical. Tanto da que las cuatro paredes se junten si les place, con tal de que usted y su Delia esten entre ellas. Pero si el hogar es del tipo opuesto, no importa que sea ancho y largo: el lector puede entrar por la Puerta de Oro de San Francisco, colgar su sombrero en el Cabo Hatteras, su capa en el Cabo de Hornos y salir por el Labrador.
Joe pintaba en la clase del Gran Maestro… cuya fama habrá llegado ya al conocimiento del lector. Sus honorarios son elevados y sus lecciones fáciles; su fácil elevación* lo ha hecho célebre. Delia estudiaba con Rosenstock: el lector ya tambien conocerá su bien ganada reputación como perturbador del teclado.
Joe y Delia fueron felices mientras les duró dinero. Lo mismo sucede con todos… pero no deseo ser cínico. Sus objetivos eran claros y definidos. Muy pronto Joe seria capaz de pintar cuadros que viejos caballeros de finas patillas y gruesas carteras se disputarían a guantadas en su estudio. Delia debía familiarizarse con la música y luego mostrarse desdeñosa con ella; a tal extremo que, cuando las plateas de la orquesta y los palcos estuvieran sin vender, pudiera negarse a salir al escenario, por tener dolor de garganta y langosta en un reservado de restaurante.
Pero lo mejor, en mi opinión, era la vida hogareña en el pequeño departamento: las vehementes y animadas conversaciones después de la jornada de estudio, las acogedoras cenas y los refrescantes y ligeros desayunos, el intercambio de ambiciones —ambiciones entretejidas con las del otro, ya que de lo contrario serían inconcebibles—, la ayuda e inspiración mutuas y —perdóneseme la procacidad—, las aceitunas rellenas y los emparedados de queso a las once de la noche.
Pero conforme pasó el tiempo el Arte arrió banderas. Eso ocurre a veces, aunque no haya una guardia encargada de hacerlo. Todo salía y nada entraba, como dice el vulgo. Faltaba el dinero para pagarle al Señor Maestro y a Herr Rosenstock. Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece ser démasiado duro. Por lo tanto, Delia anunció que daría lecciones de musica para surtir la olla.
Durante dos o tres dias salió a buscar alumnos. Una noche volvió a casa, exaltada y triunfante.
—Joe, querido —dijo alegremente—, tengo una alumna. ¡Y qué alumna tan encantadora! Es la hija del general… del general A. B. Pinkney… de la Calle 71. ¡Qué casa más espléndida, Joe! ¡Si vieras la puerta de la entrada!— Yo diría que es de estilo bizantino. ¡Y el interior! ¡Oh, Joe, nunca he visto algo semejante! Mi alumna es hija del general, Clementina. Ya siento aprecio por ella. Es un ser delicado. Y viste siempre de blanco. ¡Y qué modales tan encantadores y sencillos! Apenas tiene dieciocho años. Le voy a dar tres lecciones semanales ¡Imaginate, Joe! ¡Cinco dólares la lección! Pero eso no me importa; porque cuando haya conseguido dos o tres alumnos más, podré reanudar mis lecciones con Herr Rosenstock. Vamos, no quiero ver más esa arruga entre tus cejas, querido; cenemos algo sabroso.
—Eso está muy bien en lo que a ti se refiere, Delia —dijo Joe, abriendo una lata
de arvejas con un cuchillo de trinchar y una pequeña hacha— Pero… ¿y yo? ¿Crees que permitiré que te esfuerces ganando dinero mientras yo coqueteo con las regiones del arte superior? ¡No, te lo juro por los huesos de Benvenuto Cellini! () Quizá podría vender periódicos o empedrar las calles y traer un par de dólares.
Delia se acercó y se le colgó del cuello.
—Querido Joe, eres un bobo. Debes continuar con tus estudios. Lo que te dije no significa que haya abandonado mi música o que me dedique a otra cosa. Mientras enseño, aprendo. Siempre estoy con mi música. Y podemos vivir tan felices como millonarios con quince dólares semanales. No debes pensar siquiera en abandonar al Señor Maestro.
—Está bien —dijo Joe, tendiendo la mano hacia el platito azul de las verduras. Es que me duele que des lecciones. Eso no es Arte. Pero eres adorable al aceptar hacerlo.
—Cuando uno ama su Arte, ningún servicio le parece demasiado penoso —dijo Delia.
—El Maestro elogió el cielo de ese boceto que hice en el parque —contó Joe—. Y Tinkle me autorizó a colgar dos cuadros en su escaparate. Quizá venda uno si los ve el tipo adecuado de imbécil con dinero.
—Estoy segura que lo venderás —dijo Delia, dulcemente. Y ahora, demos gracias a Dios por el general Pinkney y por este asado de ternera.
Durante toda la semana siguiente los Larrabee se desayunaron temprano. Joe estaba entusiasmado por unos bocetos con efectos matinales que pintaba en Central Park, y Delia lo mandaba para allá desayunado, mimado, elogiado y besado a las siete de la mañana. EI Arte es un absorbente seductor. Por lo regular, Joe volvía a casa a las siete de la tarde.
Al terminar la semana, Delia, con reservado y lánguido orgullo, arrojó victoriosamente tres billetes de cinco dólares sobre la mesa de dos por tres decímetros que ocupaba el centro de la sala de dos por tres metros del departamento.
—En ocasiones, Clementina me desespera —dijo, mostrando cierta flojera—. Temo que no practica lo suficiente y tengo que repetirle las mismas cosas con frecuencia… Además, siempre viste totalmente de blanco y eso resulta monótono. ¡Pero el general Pinkney es un viejo encantador! Ojalá pudieras conocerlo, Joe. A veces entra cuando estoy con Clementina en el piano. Es viudo, ¿sabes? Y se queda parado allí, acariciándose la piocha blanca. ¿Y cómo van las corcheas y las semicorcheas (2)?, pregunta siempre. ¡Si vieras el revestimiento de madera de la sala, Joe! ¡Y los cortineros! ¡Y Clementina tiene una tosecilla tan cómica! Espero que sea mas sana de lo que parece. ¡Oh, me estoy encariñando con ella! ¡Es tan gentil y tan educada! El hermano del general Pinkney fue embajador en Bolivia.
Entonces Joe, con los aires de un Montecristo, sacó un billete de diez dólares, otro de cinco, otros de dos y otro de uno —todos de valor legal y corriente— y los depositó junto a las ganancias de Delia.
—He vendido la acuarela del obelisco a un individuo de Peoria* —dijo, con tono avasallador.
—Déjate de bromas —dijo Delia—. ¿De Peoria, nada menos?
—Como lo oyes. Ojalá lo hubieras visto, Delia. Un hombre gordo de bufanda de lana y que usaba una pluma de pájaro como palillo de dientes. Vió el boceto expuesto en el escaparate de Tinkle y por un momento creyó que era un molino de viento. Pero se portó bien y lo compró de todos modos. Y me encargó otro: un óleo de la estación de carga de Lackawanna. Quiere llevárselo. ¡Lecciones de música! Oh, creo que aun en eso está el Arte.
—¡Cuánto me alegro de que hayas seguido trabajando en tus cuadros! —dijo Delia, de todo corazón—. Estás destinado a vencer, querido. ¡Treinta y tres dólares! Nunca tuvimos tanto dinero para gastar. Esta noche cenaremos ostras.
—Y filete miñón con champiñones —dijo Joe— ¿Dónde está el tenedor para las aceitunas?
El sábado siguiente por la noche, Joe fue el primero en llegar al departamento. Extendió sus dieciocho dólares sobre la mesa de la sala y lavó lo que parecía ser una notoria cantidad de pintura oscura de sus manos. Media hora después llegó Delia, con la mano derecha envuelta en una masa informe de tiras y vendajes.
—¿Qué te ha sucedido? —preguntó Joe, después de los saludos usuales.
Delia se echó a reír, pero sin mucha alegría.
—Clementina insistió en comer una tostada con queso y cerveza después de la lección —explico—. Es una niña tan extraña. ¡Tostadas con queso y cerveza a las cinco de la tarde! ¡Imagínate! El general estaba allí. ¡Lo hubieras visto correr en busca del tostador, Joe, como si no hubiera una sola criada en toda la casa! Sé que la salud de Clementina es delicada. ¡Es tan nerviosa! Al tomar la tostada dejó caer buena parte de ella, hirviendo aun, sobre mi mano y mi muñeca. Me dolió horriblemente, Joe. ¡La pobrecita se apenó tanto! Pero el general Pinkney… ¡Joe, el viejo enloqueció! Se precipitó al piso de abajo y mandó a alguien —al hombre que atendía la caldera o no sé a quien del sótano— auna farmacia, para que trajera un poco de ungüento y vendajes. Ahora ya no me duele tanto.
—¿Qué es esto? —preguntó Joe, tomándole con ternura la mano a Delia y tirando de unas hebras blancas que estaban debajo de los vendajes.
—Es algo blando que tenía ungüento encima —dijo Delia— Oh, Joe… ¿Vendiste otro boceto?
Había visto el dinero encima de la mesa.
—¿Qué si lo vendi? —replicó Joe—. Pregúntaselo al hombre de Peoria… Hoy tuvo su estacio de carga y aunque no está seguro aún, es probable que me pida otro paisaje y una vista del Hudson. A qué hora de la tarde te quemaste la mano, Delia?
—Creo que eran las cinco —respondió quejumbrosamente—. La plancha… quiero decir, la tostada, fue retirada del fuego a esa hora. Valía la pena ver al general Pinkney Joe, cuando…
—¿Qué has estado haciendo durante estas últimas dos semanas, Delia? —quiso saber él.
Delia afrontó valerosamente la situación durante unos instantes, con ojos llenos de amor y obstinación y murmuró un par de frases vagas sobre el general Pinkney; pero, al fin, bajó la cabeza y brotaron las lágrimas y la verdad.
—No conseguía alumnos —confesó—. Y no podía soportar la idea de que abandonaras tus lecciones. Por eso conseguí trabajo como planchadora de camisas en esa lavandería de la Calle 24. Y creo que inventé muy bien al general Pinkney y a Clementina, ¿verdad, Joe? Y cuando una muchacha de la lavandería, esta tarde, apoyó una plancha caliente sobre mi mano, dediqué todo el trayecto hasta aquí en inventar esa historia de la tostada. No estás enojado, ¿verdad, Joe? Si yo no hubiera conseguido ese trabajo, tú no habrías podido venderle tus bocetos al hombre de Peoria.
—No era de Peoria —dijo Joe, lentamente.
—Bueno, igual da. ¡Qué inteligente eres, Joe! Pero… bésame, Joe… Y… ¿qué te hizo sospechar que yo no daba lecciones de música a ninguna Clementina?
—No sospeché nada hasta esta noche —respondió él—. Y no habría sospechado nunca. Pero esta tarde mandé desde el cuarto de máquinas esa estopa y ese ungüento para una muchacha que se había quemado la mano con una plancha en el piso de arriba. He estado alimentando la caldera de esa lavandería durante las últimas dos semanas.
—De manera que tú no…
—Tanto mi comprador de Peoria como el general Pinkney son creaciones del mismo arte —dijo Joe—. Pero es un arte que no llamaría música ni pintura.
Y entonces ambos se echaron a reír y Joe comenzó:
—Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece…
Pero Delia lo interrumpió, poniéndole la mano sobre los labios.
—No —dijo—. Di solamente: “Cuando uno ama”.

Notas del Traductor

* Juego de palabras intraducible: High: elevado; Light: fácil, ligero; Highlights: Hechos notables, acontecimientos sobresalientes [Nota del Traductor].

* Ciudad de Illinois, considerada en el folklore popular americano como la quintaesencia de los Estados Unidos, y por ende, sus habitantes, el americano típico [N. del T].

Notas
. Benvenuto Cellini fue un escultor, orfebre y escritor del renacimiento italiano. Quizá la referencia que se hace de él se vincula a su trabajo como acuñador de monedas.

Notas musicales

1. 6/8, o compás de seis octavos (as). Es un compás usual en la música sureña de USA. Sobre todo en música festiva y danzas. Consiste, como su nombre lo dice, en una subdivisión del compás en dos grupos de tres octavas, con un acento fuerte seguido de dos débiles, suele ser rápido para dar la sensación de un paso largo con uno corto, pues el motivo rítmico más común es de negra y corchea.

2. Las corcheas (1/8 o llamada octava) semicorcheas (1/16 o llamada diez y seisavo) son dos unidades de medida temporal de notas o sonidos.

Fruta

En la gula se encuentra la entelequia de un monstruo, una sombra vaga que rara vez se distingue en la oscuridad del apetito ocioso. Lo siguiente es la sombra de la sombra, el fruto monstruoso de la entelequia y un cuento; cómase con moderación.


Los días sabrían decir qué cosa fue lo que se sembró en la mente de Isa, en cuánto tiempo germinó la idea y en qué momento la madurez defolió cada hoja que fue una acción.
En principio es difícil ver las raíces: quizá el desagradable mal hábito de comerse las uñas cuando niña o tal vez la mala costumbre de morderse los labios por los nervios. Ni siquiera es imposible descartar que se arrancara las costras en la ansiedad…
…Pura especulación inútil: pensar en el resto del iceberg cuado lo que importa es la punta, sobresaliendo, personificado el peligro; se adivinan mil cosas del cuerpo nada más de ver los ojos flotando en la nada.
Pensar en Isa, pulcramente vestida, comiendo silenciosa, con la boca bien cerrada. Pensar en Isa, temblando en la noche, mitad por el miedo y mitad por el frío del piso debajo de la cama, donde se tapa los oídos para no escuchar los gritos y los objetos quebrándose. Pensar en Isa feliz todos los días pero con algo sombrío en su corazón.
Sin embargo, llegados a cierto punto, ¿Qué importa si Isa musiquí o musicá, si era dichosa o no? Ahora, más bien debe ser prioridad ver a Isa tal y cómo es en este instante; una dulce muchacha, bien sentada en las suaves hierbas del parquesito local, con un libro en las manos y una fantasía entre las ideas. El viento sopla en su conciencia una lejana voz de entre sus recuerdos.
Ver a Isa mordiendo suavemente su dedo pulgar, dulce uva, fruta. Escuchar a Isa andar grácil por la habitación, bailando con la música, un ritmo porteño que la lleva de la mano. Sentir a Isa en la noche, acorrucada contra mi espalda, dos minutos antes de que despierte quejándose porque mientras dormía, entre sueños se mordió la mejilla o la lengua.
Isa, ojos de flor flotando en un profundo y calmo estanque, pienso en qué cosas hay latentes que de repente causan los extraños accidentes. Porque es algo frecuente que al hacer alguna tarea frustrante, Isa se muerda los nudillos o se mastique el labio superior. Y me he llegado a acostumbrar a curar esas pequeñas heridas que de repente le aparecen por distintos motivos en todo el cuerpo; en su pierna ese pequeño agujero causado por un clavo en alguna pared, o el largo rasguño en el brazo, causado por una grapa que se le atoró en el suéter… la quemadura en la mano izquierda que fue por un descuido en la cocina.
Y desde hace días más frecuentes: caídas, tropiezos, golpes, rasguños, moretones, pequeños faltantes en la continuidad de su piel, dos uñas arrancadas de raíz.. todo me hace temer por la integridad de Isa. Pero ella continúa como si nada, mientras que si yo la descuido es seguro que todo es síntoma de peligro.
Vuelvo a preguntarme qué cosa pudo provocar esa hambre obsesiva y obscena. Qué loca idea se conjugó con mi ausencia por una diligencia para provocar que Isa se mordiera brazos y piernas, se arrancara trozos de piel y carne del vientre y los pechos, los lóbulos de ambas orejas y porciones de labios y mejillas. Ni siquiera soy capaz de imaginar a Isa desgarrando sus glúteos y derramando su sangre. Tiemblo ante el recuerdo de sus ojos sin párpados y sus dedos hasta los huesos. Incluso si cierro los ojos soy capaz de recordarla con tal nitidez que siento que estoy mirándola de nuevo, lamiendo del suelo su sangre, echa risas y llanto, con la carne expuesta, el cuerpo punzante, toda en delirio.
Mi terrible memoria me deja postrado: me siento todavía abrazado al cuerpo de Isa, empapado por la sangre; escucho sus palabras torpes, diría que hasta masticadas y escupidas.
¿Qué impulso primitivo arroja a alguien a sus propias fauces? ¿Qué manía es capaz de suprimir el dolor con dolor y el miedo a la autodestrucción a dentelladaz?
Isa fue su semilla, su flor y su fruto…

Repertorio para jóvenes pianistas

Escribí este cuento, que es más bien una confusa meditación sobre los derroteros que puede seguir la creación. No veo mayor valor en su trama más que la de juego, escarceo literario.


Léase ensoñadamente, como buscando desaparecer…

I. Obertura

Ha sido inolvidable. Una dulce tonada oída entre sueños, que al despertar, como si de una ninfa se tratara, se ha ido en veloz fuga, con sus voces corriendo tras de ella, hasta acabar el episodio. Y ahora, se sienta ante el mudo piano, repasa el silencio de aquello que no terminó de sonar en el soñar. Creo que se siente como quien encuentra una gran obra inacabada y se ve en la impotencia de no saber qué es lo que le falta, asustado ante la mar de infinitas posibilidades que sugiere la incompletitud.
Tal vez dormir haga regresar a la musa a terminar su canción… Y se duerme. Entonces, ha sido otra vez inolvidable; ahora un ritmo de gusto intrincado y algunas armonías intrépidas persiguiendo una melodía agitada, y en la agitación despierta, con otra tonada en los oídos. ¿Qué se hace con dos obras incompletas? Sólo ponerse de mal humor.

II.Tema

Lleva toda la semana oyendo las mismas tonadas en el piano. Le llegan desde el departamento de arriba, como si fueran una gotera que erosiona su audición. Al principio le gustó oír los audaces acordes y la forma en la que una tonada corría atropellando el silencio, mientras que su hermana iba recogiendo las flores pisotéadas por la prisa de las semicorcheas. Pero después de un tiempo se volvió algo irritante la alevosía con la que la música se dejaba caer repetitiva, repentina, redundante, inacabada; siempre llegando al mismo punto de precipicio, donde un violento golpe a la teclas del piano ensordecia con su inundación. Sin horario regular o algún signo que alertara el un, dos, tres… Bombardeo.

Interludio. Breve tratado contra las obras potenciales. A. Hablemos en términos terrenales; el poema 20 reza: “puedo escribir los versos más tristes“, ¿Quién lo pondría en tela de juicio? A continuación hay un ejemplo de “versos tristes“, ignoro si en verdad lo sean o si acaso es sólo cierta disposición mental que uno acoge con tal de colaborar con el embuste artístico; lo cierto es que hay toda una literatura del alarde, del suponer, del visualizar, de la superficie; allí está Vila-Matas con sus casiautores Bartlebitianos que, bajo ese signo, casiescriben o noescriben obras de las que sólo tenemos una aproximada figuración por lo que se nos dice; hay cierto “Cielo abierto” con una filosofía inconocible; una historia de “50 Años de Desgobierno“; un mundo donde recirculan los poemarios imposibles de David Jerusalém y cierta antología con cosas inolvidables… A estas alturas ya no se me antoja ni hablar del cuento más hermoso del mundo o las incontables páginas de literatura musical de Sanger. B. Es fácil hablar de un libro que pudo ser, de un autor que fue sin ser; y tanto o más fácil es creer en ello, ya sea por ingenuidad o por colaboración. Lo difícil es volver verdad una mentira diseñada con tal sutilidad que pasa por real. Lo difícil es llegar al compromiso Pessoaniano de sobreponer la vida del otro yo a la propia, al grado de quitarle el otro al otro yo. C. El dominio del arte es la libertad, pero el péndulo oscila hasta el libertinaje.

III. Aria

Poner una nota significa rechazar el infinito; es fácil hablar de lo que pudo ser, es un poco menos fácil imaginar lo que pudo sonar: con el mar de fondo escribió muchas formas de acabar una obra musical inacabada. Se buscó otra musa, y en encontrar otra musa encontró también la idea de limitarse para no buscar hasta más allá de las estrellas aquello que no será nunca suficiente. Pensó en el nombre de su musa. Lo deletreó, y se propuso escribir una forma diferente de acabar sus obras mellizas basado en las sugerencias de las letras, de las vocales. Encontró que no se agotaban las posibilidades. Se sintió un poco tonto.

IV. Tacet

Está escuchando otro forma de acabar: piensa que esto es el colmo de la insatisfacción o el ejemplo más ilustre de la creatividad. En este punto ambas cosas se confunden. Cada nueva forma de acabar ofrece algún detalle interesante; ayer por ejemplo el ritmo débil de la primera melodía se tornó bélico, amargo. Fue interesante oír algo frágil endurecerse. Hoy suena la segunda alocada melodía, se dirige a un punto clímax que no había alcanzado hasta ahora. La música se agita, es espuma efervescente que entra por los oídos y anega las ideas. Las mismas obras de todos días y sin embargo jamás suenan dos veces igual.

Preludio escrito posterior a la obra. Uno se dispone a escuchar. Abre todos los sentidos, porque la música no es cosa sólo del oído. Las manos recorren las teclas y todo es tan rápido que da la sensación de que no se puede aprehender la totalidad lo que se escucha, sin embargo, ello no resta valor y satisfacción en la música. Se va uniendo lo que suena con lo que sonó; casi se adivina lo que sonará. La música es símil perfecto del hombre: como éste, sólo adquiere sentido por lo que fue, lo que es y lo que podría ser. Las manos reposan en un denso acorde menor. Se acabó el comienzo, entonces todo comienza.

V. Cadencia

No hay cosa que suba que no tenga que bajar. Siempre y cuando haya un aquí y un allá. Siempre y cuando; nunca y donde. Y cada que la mano escribe en el margen superior de la partitura lo último que la cabeza ha dictado, los ojos bajan buscando las teclas. Cierra el cuaderno y lo deja aquí, sobre el piano. Medita un segundo: escribe en la portada: Repertorio para jóvenes pianistas.
Apaga la luz y se acuesta a dormir; entonces… Ha sido inolvidable, una dulce tonada oída entresueños…

Antología de cuentos musicales: 13. La desconocida

Villers de L’Isle-Adam es uno de los escritores con mayor fuerza expresiva que he leído jamás. Sus narraciones, fuertemente influidas por Poe —a quien leyó en traducciones de Baudelaire— tienen tintes decadentes de gran belleza. Fue marginal entre los ya marginales simbolistas franceses de su época. Es otro de esos escritores que tuvieron formación musical, en el caso de él en el piano, por lo que cuanto dice de la música no suele ser gratuito.
El siguiente cuento pertenece a la selección original de los primeros Cuentos Crueles que publicó, y aunque no es propiamente musical, sí trata expresamente un tema fundamental para la música: El Silencio. Eventualmente quiero hacer una reflexión sobre el silencio, quizá fundar un fenomenología del mismo a partir de la música y creo que este es un buen inicio para bosquejar el proyecto.


A la señora condesa de Laclos ()

El cisne se calla toda su vida para cantar bien por una sola vez.

Antiguo proverbio (ʙ)

Era el niño sagrado al que un bello verso hace palidecer.

ADRIEN JUVIGNY ()

Aquella noche, todo París resplandecía en los Italianos (). Se representaba la Norma (1). Era la velada de despedida de María Felicia Malibrán (2).
La sala entera, con los últimos acordes (3) de la plegaria de Bellini, Casta Diva (4), se había alzado y reclamaba a la cantante en un tumulto glorioso. Le echaban flores, brazaletes, coronas. ¡Un sentimiento de inmortalidad envolvía a la augusta artista, casi moribunda, que se alejaba, creyendo cantar! En el centro de las butacas de platea, un hombre muy joven, cuya fisonomía revelaba un alma resuelta y orgullosa, manifestaba, destrozando sus guantes a fuerza de aplaudir, la apasionada admiración que experimentaba.
Nadie en el mundo parisino conocía a este espectador. No tenía aire provinciano, sino extranjero. Con su vestimenta algo nueva, pero de un lustre apagado y de un corte irreprochable, sentado en su butaca de platea, hubiera parecido casi singular, si no fuera por la instintiva y misteriosa elegancia que desprendía toda su persona. Al examinarlo, se hubiera buscado a su alrededor espacio, cielo y soledad. Era extraordinario. ¿Pero París, no es la ciudad de lo extraordinario?
¿Quién era y de dónde venía?
Era un adolescente huraño, un huérfano señorial —uno de los últimos de este siglo—, un melancólico hidalgo del norte, escapado, desde hacía tres días, de la noche de una casona solariega de Cornualles.
Se llamaba Conde Félicien de la Vierge; poseía el castillo de Blanchelande, en la Baja Bretaña. ¡Una sed de existencia ardiente, una curiosidad hacia nuestro maravilloso infierno, se había apoderado y había enfebrecido repentinamente a este cazador, allá abajo…! Se había puesto en camino y, simplemente, allí estaba. Su presencia en París se reducía a aquella mañana, de manera que sus grandes ojos aún estaban espléndidos.
¡Era su primera noche de juventud! Tenía veinte años. Era su entrada en un mundo de pasión, de olvido, de banalidades, de oro y placeres Y, por casualidad, había llegado a tiempo de escuchar el adiós de aquella que partía.
Pocos instantes le bastaron para acostumbrarse al resplandor de la sala. Pero a las primeras notas de la Malibran su alma se había estremecido; la sala había desaparecido. El hábito del silencio del bosque, del viento ronco de los escollos, del rumor del agua sobre las piedras de los torrentes y las llegadas graves del crepúsculo habían educado como poeta a este orgulloso joven, y en el timbre de la voz que escuchaba le parecía que el alma de aquellas cosas le enviaba la plegaria lejana de que volviera.
En el momento en el que, transportado de entusiasmo, aplaudía a la inspirada artista, sus manos quedaron en suspenso; se quedó inmóvil.
En el balcón de un palco acababa de aparecer una joven de una gran belleza. Miraba el escenario. Las líneas finas y nobles de su perfil perdido se ensombrecían con las rojas tinieblas del palco, tal que un camafeo de Florencia en su medallón. Pálida, con una gardenia en sus cabellos oscuros y totalmente sola, apoyaba en el borde del balcón su mano, cuya forma revelaba una ascendencia ilustre. En el escote del corpiño de su vestido de muaré negro, velado con encajes, una piedra enferma, un admirable ópalo, a imágen de su alma, sin duda, lucía en un engaste de oro. Con un aire solitario, indiferente a toda la sala, parecía olvidarse de sí misma bajo el invencible encanto de aquella música.
El azar quiso, no obstante, que ella volviera vagamente los ojos hacia la multitud; en ese instante los ojos del joven y los suyos se encontraron, el tiempo de brillar y apagarse, un segundo.
¿Se habían conocido antes?… No. No en la tierra. Pero aquellos que pueden decir dónde comienza el Pasado decidan cuándo estos dos seres, verdaderamente, se habían poseído, en una vida que con esa sola mirada, desde esa vez y para siempre, supieron que no había empezado en sus respectivas cunas. El relámpago ilumina una sola vez las olas y las espumas del mar nocturno y, en el horizonte, las lejanas líneas de plata de las olas: así la impresión en el corazón de este joven, tras esa rápida mirada, no fue gradual; ¡fue el íntimo y mágico deslumbramiento de un mundo que se descubre! Cerró los párpados como para retener los dos luceros azules que se habían perdido; luego quiso resistirse a ese vértigo opresor. Levantó los ojos hacia la desconocida.
Pensativa, ella todavía posaba su mirada en la de él, como si hubiera comprendido el pensamiento de ese amante salvaje y, como si fuera una cosa natural, Félicien sintió que palidecía; en aquella rápida ojeada tuvo la impresión de que dos brazos se unían lánguidamente alrededor de su cuello. ¡Ya estaba! ¡El rostro de la mujer acababa de reflejarse en su espíritu como en un espejo familiar, acababa de encarnarse de reconocerse en él! ¡De fijarse para siempre jamás bajo una magia de pensamientos casi divinos! Amaba en su primer e inolvidable amor:
Mientras tanto, la joven, abriendo su abanico, cuyos encajes negros rozaban sus labios, parecía haber vuelto a su distracción. Ahora se diría que escuchaba exclusivamente las melodías de la Norma.
En el momento de elevar sus binóculos hacia el palco, Félicien pensó que sería una inconveniencia.
—¡Puesto que la amo!— se dijo.
Impaciente ante el final del acto, se recogía en sí mismo.¿Cómo hablar con ella? ¿Cómo saber su nombre? No conocía a nadie. ¿Consultar al día siguiente el registro de los Italianos? ¡Y si era un palco cualquiera, comprado sólo para esa función! La hora apremiaba, la visión iba a desaparecer. ¡Bien! su coche seguiría el suyo, eso era todo.. Le parecía que no tenía otros medios. Después ¡ya se las ingeniaría! Luego, con su ingenuidad… sublime, se dijo:
—Si ella me ama, se dará cuenta y me dejará algún indicio.
Cayó el telón. Félicien abandonó rápidamente la sala. Una vez en el peristilo, se limitó a pasearse por delante de las estatuas.
Cuando se acercó su criado, le susurró algunas instrucciones; el criado se retiró a una esquina y permaneció muy atento.
El enorme rumor de la ovación dedicada a la cantante cesó poco a poco, como todos los rumores de triunfo de este mundo. Bajaban la gran escalera. Félicien, con la mirada fija en lo más alto, entre los dos jarrones de mármol de donde fluía el río deslumbrante del gentío, espero.
Ni los rostros radiantes, ni los tocados, ni las flores en la frente de las jóvenes, ni las esclavinas de armiño, ni la brillante oleada que discurría delante de él bajo las luces, él no vio nada.
Y toda esa muchedumbre desapareció en seguida, poco a poco, sin que la joven apareciera.
¡La había dejado escapar sin reconocerla!… ¡No! Era imposible. Un viejo sirviente, empolvado y cubierto de pieles, permanecía aún en el vestíbulo. En los botones de su librea negra brillaban las hojas de apio de una corona ducal.
De pronto, en lo alto de la solitaria escalera ¡apareció ella! ¡Sola! Esbelta, bajo un abrigo de terciopelo y con los cabellos ocultos por una mantilla de encaje, apoyaba su mano enguantada sobre la barandilla de mármol. Reparó en Félicien, de pie junto a una estatua, pero no pareció preocuparse mucho por su presencia.
Descendió apaciblemente. Cuando se aproximó al sirviente, le dirigió unas palabras en voz baja. El lacayo se inclinó y se retiró sin esperar más. Un instante después se oyó el ruido de un coche que se alejaba. Entonces ella salió. Descendió, siempre sola, las gradas exteriores del teatro. Félicien apenas tuvo tiempo de deslizar estas palabras a su criado:
—Volved solo al hotel.
En un momento se encontró en la plaza de los Italianos, a unos pasos de la dama; la multitud había desaparecido ya por las calles adyacentes y el eco lejano de los coches se debilitaba.
Era una noche de octubre, seca, estrellada. ()
La desconocida caminaba muy lentamente y como poco habituada. ¿Seguirla? Era preciso y se decidió a hacerlo. El viento de otoño le traía el débil perfume de ámbar que emanaba de ella, el monótono y sonoro roce del muaré contra el asfalto.
Ante la calle Monsigny ella se orientó durante un segundo y luego caminó, como indiferente, hasta la calle de Grammont, desierta y apenas iluminada.
De pronto el joven se detuvo; una idea atravesó su mente. ¡Quizá era una extranjera! ¡Un coche podía pasar y llevársela para siempre! ¡A la mañana siguiente, toparse con las piedras de una ciudad y jamás volver a encontrarla!
¡Estar separado de ella, sin cesar, por el azar de una calle, de un instante que puede durar toda la eternidad! ¡Qué futuro! ¡Este pensamiento lo turbó hasta hacerle olvidar toda consideración de decoro!
Adelantó a la joven en un ángulo de la oscura calle; entonces se volvió, se puso horriblemente pálido y apoyándose en el pilar de hierro de un farol, la saludó; luego, mientras una especie de magnetismo encantador manaba de todo su ser, muy sencillamente le dijo:
—Señora, lo sabéis; os he visto esta noche por vez primera. Como temo no volver a veros, necesito deciros —desfallecía— ¡que os amo! —acabó en voz baja— y que si vos me rechazáis, moriré sin repetir estas palabras a nadie.
Ella se detuvo, levantó su velo y contempló a Félicien con una atenta fijeza. Tras un breve silencio habló:
—Señor —respondió, con una voz cuya pureza dejaba transparentar las más lejanas intenciones del espíritu— señor, el sentimiento que os produce esa palidez y esa actitud debe de ser, en efecto, bien profundo para que encontréis en él la justificación de lo que estáis haciendo. No me siento, pues, ofendida en modo alguno. Reponeos y tenedme por una amiga.
Félicien no se extrañó de esta respuesta: le pareció natural que el ideal respondiera idealmente.
La circunstancia era de aquellas, en efecto, en las que los dos debían recordar, si eran dignos de ello, que pertenecían a la raza de los que crean las conveniencias y no de quienes las sufren. Lo que la generalidad de los humanos llama, pase lo que pase, conveniencias no es más que una imitación mecánica, servil y casi simiesca de aquello que ha sido practicado por seres de elevada naturaleza en circunstancias generales.
En un impulso de ingenua ternura, besó la mano que se le ofrecía.
—¿Queréis darme la flor que habéis llevado en vuestros cabellos toda la velada?
La desconocida se quitó silenciosamente la pálida flor bajo los encajes y al ofrecérsela a Félicien dijo:
—Ahora, adiós y para siempre.
—¡Adiós!… —balbuceó él—. Así, pues, ¿no me amáis? ¡Ah! ¡Estáis casada! —exclamó, de repente.
—No.
—¡Libre! ¡Oh, cielos!
—¡Sin embargo, olvidadme! Es preciso, señor.
—¡Pero os habéis convertido en un instante en el latido de mi corazón! ¿Acaso puedo vivir sin vos? ¡El único aire que quiero respirar es el vuestro! No comprendo lo que decís, olvidaros… ¿cómo?
—Me ha sucedido una terrible desgracia. Confesároslo sería entristeceros hasta la muerte, es inútil.
—¡Qué desgracia puede separar a quienes se aman!
—Ésta.
Al pronunciar esa palabra, ella cerró los ojos.
La calle se prolongaba, absolutamente desierta. Un portal que daba a un pequeño cercado, una especie de triste jardín, se abría de par en par junto a ellos. Parecía ofrecerles su sombra.
Félicien, como un niño irresistible que idolatra, la llevó bajo esa bóveda de tinieblas y rodeó con su brazo el talle, que se abandonaba.
La embriagadora sensación de la seda tensa y tibia que se moldeaba alrededor de ella le transmitió un deseo febril de estrecharla, de llevársela, de perderse en su beso. Resistió. Pero el vértigo le quitaba la facultad de habla: No encontró más que estas palabras balbucientes e imprecisas.
—¡Dios mío, cuánto os amo!
Entonces, la mujer inclinó la cabeza sobre el pecho del que la amaba y con una voz amarga y desesperada dijo:
—¡No os oigo! ¡Me muero de vergüenza! ¡No oigo! ¡No oiré vuestro nombre! ¡No oiré vuestro último suspiro! ¡No oigo los latidos de vuestro corazón, que golpean mi frente y mis párpados! ¡No veis el espantoso sufrimiento que me mata! ¡Yo soy… ah! ¡Yo soy SORDA! (5)
—¡Sorda! —exclamó Félicien, fulminado por un frío estupor y estremecido de la cabeza a los pies.
¡Sí! ¡Desde hace años! ¡Oh! Toda la ciencia humana sería impotente para resucitarme de este horrible silencio. ¡Soy sorda como el cielo y como una tumba, señor! Es para maldecir este día, pero es la verdad. ¡Así que dejadme!
—Sorda —repetía Félicien, quien bajo esta inimaginable revelación se había quedado sin pensamiento, trastornado e incapaz de reflexionar siquiera lo que decía. ¿Sorda?
Luego, de repente habló:
—Pero esta noche, en los Italianos —exclamo—,vos, sin embargo, ¡aplaudíais la música!
Se paró, pensando que ella no debía de oírle. El asunto resultaba de repente tan espantoso que provocaba la sonrisa.
—¿En los Italianos?… —respondió ella, sonriendo a su vez—. Olvidáis que he tenido tiempo de estudiar el semblante de muchas emociones. ¿Acaso soy la única? Nosotros pertenecemos al rango que el destino nos otorga y es nuestro deber mantenerlo. ¿Esa noble mujer que cantaba no merecía algunas muestras supremas de simpatía? ¿Pensáis, por otra parte, que mis aplausos diferían mucho de los de los más entusiastas dilettanti? (6) ¡Yo misma me dediqué a la música, en otro tiempo…! (7)
Ante estas palabras, Félicien la miró, un poco turbado, y todavía esforzándose en sonreír:
—¡Oh! —dijo—. ¿Os burláis de un corazón que os ama hasta la desesperación? ¡Os acusáis de no oír, pero me respondéis…!
—¡Ay! —exclamó ella— ¡Es que.. eso que decís lo creéis personal, amigo mío! Sois sincero. Pero vuestras palabras son nuevas solamente para vos. Para mí, vos recitáis un diálogo del que yo he aprendido, de antemano, todas las respuestas. Desde hace años, para mí es siempre lo mismo. Es un papel cuyas frases son dictadas y requeridas con una precisión verdaderamente horrorosa. Lo domino hasta tal punto que si aceptase, lo que sería un crimen, unir mi desgracia aunque sólo fuera por unos días a vuestro destino, olvidaríais en cada instante la funesta confidencia que os he hecho. ¡Os daría la ilusión, completa, exacta, ni más ni menos que cualquier otra mujer, os lo aseguro! Yo sería, incluso, incomparablemente más real que la realidad misma. ¡Pensad que las circunstancias dictan siempre las mismas palabras y que el rostro se armoniza siempre un poco con ellas! (8) Vos no podríais creer que no os oigo, hasta tal punto adivinaría con exactitud. No pensemos más en ello, ¿queréis?
Esta vez él se sintió asustado.
—¡Ah! —dijo—, ¡qué amargas palabras tenéis derecho a pronunciar!… Pero, yo, si eso es así, quiero compartir con vos aunque sea el silencio eterno, si es preciso. ¿Por qué queréis excluirme de vuestro infortunio? ¡Yo hubiera compartido vuestra felicidad! Y nuestra alma puede suplir todo lo que no existe.
La joven se estremeció y lo miró con ojos luminosos.
—¿Queréis caminar un poco, dándome el brazo, por esta sombría calle? —propuso— ¡Nos imaginaremos que es un paseo lleno de árboles, de primavera y de sol! Yo también tengo algo que deciros, que no repetiré jamás.
Los dos amantes, con el corazón atenazado de una tristeza fatal, caminaron tomados de la mano, como dos exiliados.
—Escuchadme —dijo ella—, vos que podéis oír el sonido de mi voz. ¿Por qué he sentido que no me ofendíais? Y ¿por qué os he respondido? ¿Lo sabéis?… Ciertamente, es muy sencillo que yo haya adquirido la ciencia de leer sobre un rostro y en las actitudes los sentimientos que determinan los actos de un hombre, pero lo que es totalmente diferente es que yo presiento, con una exactitud tan profunda y, por así decirlo, casi infinita, el valor y la cualidad de esos sentimientos así como su íntima armonía con aquel que me habla. Cuando habéis decidido cometer conmigo esa espantosa inconveniencia de hace un momento, yo era la única mujer, quizá, que podía entender en ese preciso instante su verdadero significado.
»Os he respondido porque me ha parecido ver brillar sobre vuestra frente ese signo desconocido que anuncia a aquéllos cuyo pensamiento, lejos de estar oscurecido, dominado y amordazado por sus pasiones, engrandece y diviniza todas las
emociones de la vida, y libera el ideal contenido en todas las sensaciones que experimentan. Amigo, dejadme enseñaros mi secreto. ¡La fatalidad, en un principio tan dolorosa, que ha golpeado mi ser material, se ha convertido para mí en la liberación de muchas servidumbres! Me ha liberado de esa sordera intelectual de la que son víctimas la mayoría de las otras mujeres.
»Ella ha entregado mi alma sensible a las vibraciones de las cosas eternas, de las que los seres de mi sexo no conocen, según lo acostumbrado, más que una parodia. ¡Sus orejas están tapiadas a tan maravillosos ecos, a esas prolongaciones sublimes! De manera que ellas deben únicamente a la agudeza de su oído la facultad de percibir lo que hay de instintivo y externo en las voluptuosidades más puras y delicadas ¡Son las Hespérides (), guardianas de esos frutos encantados cuyo mágico valor ignoran para siempre! ¡Ayl, yo soy sorda… ¡Pero ellas! ¡Qué oyen ellas!… O más bien, aqué escuchan ellas en las palabras que les dirigen, sino un confuso rumor en armonía con los rasgos de la fisonomía de quien les habla? De manera que, desatentas no al sentido aparente sino a la calidad, reveladora y profunda, al verdadero sentido, finalmente de cada palabra se contentan con distinguir una intención de halago que les basta ampliamente. Es lo que ellas llaman «lo positivo de la vida» con una de sus sonrisas… ¡Oh! ¡Ya veréis, si vivís! ¡Veréis qué misteriosos océanos de candor, de suficiencia y de baja frivolidad esconde únicamente esa deliciosa sonrisa! El abismo de amor encantador, divino, oscuro, verdaderamente estrellado, como la Noche, que sienten los seres de vuestra naturaleza, ¡intentad traducírselo a una de ellas!… Si vuestras expresiones se filtran hasta su cerebro, allí se deformarán como una fuente pura que atraviesa una ciénaga. De manera que esa mujer no las habrá oido. «¡La vida es impotente para colmar tales sueños —dicen ellas— y vos le pedís demasiado!» ¡Ah! ¡Como si la vida no estuviera hecha para los vivos!
—¡Dios mío! —murmuró Félicien.
—Sí —prosiguió la desconocida—, una mujer no escapa a esta condición de la naturaleza, la sordera mental, a menos, tal vez, que pague su rescate a un precio inestimable, como yo. Atribuís a las mujeres un secreto porque ellas sólo se expresan por sus actos. Altivas, orgullosas de ese secreto que ellas mismas ignoran, les gusta hacer creer que se las puede adivinar. Y cualquier hombre, halagado por creerse el adivino esperado, malgasta su vida para casarse con una esfinge de piedra. Y nadie de entre ellos puede remontarse de antemano hasta esta reflexión: un secreto, por más terrible que sea, si no es expresado nunca, es igual a nada.
La desconocida se detuvo.
—Soy amarga, esta noche —continuó—, he aquí el porqué: no envidio lo que ellas poseen al haber constatado el uso que hacen de ello. ¡Y que yo misma hubiera hecho, sin duda! ¡Pero aquí estáis vos, aquí, vos a quien en otro tiempo yo hubiera amado tanto!… ¡Os veo!… ¡Os adivino!… Reconozco vuestra alma en vuestros ojos… vos me la ofrecéis ¡y yo no puedo aceptarla!…
La joven escondió la frente entre las manos.
—¡Oh! —respondió en voz baja Félicien, con;los ojos llenos de lágrimas— ¡Al menos puedo besar vuestra voz en el aliento de vuestros labios! ¡Comprended! ¡Dejadme vivir! ¡Sois tan bella!… El silencio de nuestro amor lo hará más inefable y más sublime. Mi pasión aumentará con todo vuestro dolor, con toda nuestra melancolía!… ¡Querida esposa mía para siempre, vivamos juntos!
Ella lo contemplaba con los ojos inundados en lágrimas también y, poniendo la mano sobre el brazo que la enlazaba, dijo:
—¡Vos mismo declararéis que es imposible! ¡Escuchad aún! Quiero acabar en este momento de revelaros todo mi pensamiento… pues no me oiréis ya más… y no quiero ser olvidada.
Hablaba lentamente y caminaba con la cabeza inclinada sobre el hombro del joven.
—¡Vivir juntos!…, decís… Olvidáis que tras las primeras exaltaciones la vida toma un carácter de intimidad en el que la necesidad de expresarse con exactitud se hace inevitable. ¡Es un instante sagrado! Y ése es el instante cruel en el que aquellos que se han casado desatentos a sus palabras reciben el castigo por el poco valor que han acordado a la calidad del sentido real, ÚNICO, en fin, que tales palabras recibían de aquellos que las pronunciaban. «¡No más ilusiones¡», se dicen, creyendo así enmascarar bajo una sonrisa trivial el doloroso menosprecio que sienten en realidad por esa clase de amor, y la desesperación que sienten al confesárselo a sí mismos.
»¡Pues no quieren darse cuenta de que no han poseído sino lo que deseaban! Les es imposible creer que (excepto el Pensamiento, que transfigura todas las cosas) todo no es más que ILUSIÓN, aquí abajo. Y que toda pasión aceptada y concebida en la pura sensualidad se convierte en seguida en más amarga que la muerte para quienes se han abandonado a ella. Mirad en el rostro de los transeúntes y veréis si exagero. ¡Pero nosotros, mañana! ¡Cuando ese instante hubiera llegado!… ¡Tendría vuestra mirada, pero no tendría vuestra voz! ¡Tendría vuestra sonrisa… pero no vuestras palabras! ¡Y presiento que no debéis de hablar como los demás!…
»Vuestra alma primitiva y sencilla debe de expresarse con una vivacidad casi definitiva, ¿no es asi? ¡Todos los matices de vuestro sentimiento sólo pueden revelarse en la música misma de vuestras palabras! Sentiría que estáis completamente lleno de mi imagen, pero la forma que dais a mi ser en vuestros pensamientos, la manera en que soy concebida por vos, y que sólo podemos manifestar con unas palabras halladas cada día, esa forma sin líneas precisas y que, con la ayuda de esas mismas palabras divinas, queda indecisa y tiende a proyectarse en la Luz para fundirse y pasar en ese infinito que llevamos en nuestro corazón, esa sola realidad, en fin, ¡no la conocería nunca! ¡No!… Esa inefable, oculta en la voz de un amante, ese murmullo de inflexiones inauditas, que envuelve y hace palidecer, ¡estaría condenada a no oírlo!… ¡Ah! ¡Aquel que escribió en la primera página de una sinfonía sublime: «¡Así es como Dios llama a la puerta¡» (9) había conocido la voz de los instrumentos antes de sufrir la misma afección que yo!
»¡Él se acordaba mientras componía! Pero yo, cómo acordarme de la voz con la que acabáis de decirme por primera vez: “¡Yo os amo!…”
Mientras escuchaba estas palabras, el joven se había puesto sombrío: lo que experimentaba era terror.
—¡Oh! —exclamó— ¡Pero vos entreabrís en mi corazón abismos de desgracia y de cólera! ¡Tengo el pie en el umbral del paraíso y debo cerrarme yo mismo la puerta a todos los goces! ¡Sois la tentadora suprema, en fin!.. Me parece que veo brillar en vuestros ojos no sé qué orgullo por haberme desesperado.
—¡Vamos! ¡Soy yo quien no te olvidará nunca! —respondió ella— ¿Cómo olvidar las palabras presentidas que no han sido oídas?
—¡Ay de mí, señora! Matáis con placer toda la joven esperanza que yo deposito en vos!… Sin embargo, si vos estáis presente donde yo viva, ¡venceremos el futuro juntos! iAmémonos con más valor! ¡Dejaos llevar!
En un movimiento inesperado y femenino, ella unió sus labios a los de él en la oscuridad, dulcemente, durante algunos segundos. Luego, dijo con una especie de abandono:
—Amigo, os digo que es imposible. Hay horas de melancolía en que, irritado por mi enfermedad, ¡buscaríais ocasiones de constatarla más vivamente todavía! ¡No podríais olvidar que no os oigo… ni perdonármelo, os lo aseguro!
¡Seríais fatalmente arrastrado, por ejemplo, a no hablarme más, a no articular silaba alguna ante mí! Sólo vuestros labios me dirían: «Os amo», sin que la vibración de vuestra voz turbase el silencio. Acabaríais escribiéndome, en fin, lo cual sería penoso. ¡No, es imposible! No profanaré mi vida por la mitad del Amor. Aunque virgen, soy viuda de un sueño y quiero quedar no satisfecha. Os lo digo, no puedo tomar vuestra alma a cambio de la mía. ¡Vos erais, sin embargo, el destinado a retener mi ser!… Y es por esto mismo por lo que mi deber es arrebataros mi cuerpo. ¡Me lo llevo! ¡Es mi prisión! ¡Ojalá pueda librarme pronto de él! No quiero saber vuestro nombre… ¡No quiero leerlo!… ¡Adiós ¡Adiós!
Un coche relumbraba a unos pasos en el recodo de la calle Grammont. Félicien reconoció vagamente al lacayo del peristilo de los Italianos, cuando a una señal de la joven, un sirviente bajó el estribo del carruaje.
Ella abandonó el brazo de Félicien, se desasió como un pájaro y entró en el coche. Un instante después, todo había desaparecido.
El señor conde de la Vierge volvió al día siguiente a su castillo de Blanchelande y no se ha vuelto a oír hablar de él.
Ciertamente, podía vanagloriarse de haber encontrado, al primer intento, una mujer sincera, que había sabido mantener el valor de sus opiniones.

Notas

. No logré determinar la identidad de esta Condesa. Dudo que sea la esposa de P. Choderlos de Laclos, el célebre autor de Las Amistades Peligrosas, pues él no ostentaba títulos nobiliarios.

ʙ. El proverbio existe como metáfora desde los tiempos de la antigua Grecia. El cisne es el ave consagrada a Apolo, por lo cual se le atribuyen especiales características musicales. Distintos escritores hacen alusión al canto del cisne que es más bello o sólo llega cerca de su muerte, por ejemplo: Esopo, Sócrates, Aristóteles, Esquilo, Marcial, Ovidio, Marcial, Tennyson, Chaucer, etc… [El tema del cisne es también tocado al inicio de su novela Tribulant Bohomet]

. Juvigny (1849-73), fue un poeta francés cuya muerte prematura dejó una obra dispersa. Suelen colocarlo junto a los malditos de Verlaine.

. Este célebre inmueble ha sido capital de la música en París por décadas. Para los románticos parece tener especial magnetismo; aquí fue donde Baudelaire escuchó por primera vez las obras de Wagner.

. Como leemos, la narración sucede en el mes de Octubre. Esto podría generar una incongruencia pues, si nuestra suposición sobre el año en que ocurre la acción es correcta, entonces la interpretación de La Malibran ha sido póstuma, pues ella falleció el 23 Septiembre, por lo tanto no pudo cantar el mes siguiente en París.

. Ninfas de voz melodiosa que, según, las distintas tradiciones, resultan ser hijas de la Nyx, de Zeus y Temis, de Forcis y Ceto, o bien de Atlante. Según la leyenda, estas ninfas, custodiaban un maravilloso jardín llamado El jardín de las Hespérides lleno de fuentes de ambrosía.

Notas Musicales

1. Norma es una tragedia lírica compuesta por Bellini hacia 1831 y estrenada ese mismo año en Milán. Entre otros temas, el oscuro argumento toca el tema del infanticidio. A pesar de ello es una pieza insigne de la ópera.

2. La fugaz y ornamental aparición de La Malibran en la narración puede arrojarnos alguna idea del tiempo en el que sucede la historia, pero antes: María Felicia Malibran (1808-36) fue una de las sopranos más conocidas y talentosas de la historia de la música, era francesa de origen español. Como decía, su presencia es llamativa, porque la primera interpretación de María en el papel de Norma fue en Nápoles, en 1833; y entre giras y una epidemia de cólera en Italia [región geográfica que parece especialmente propicia a esto; recomiendo leer La muerte en Venecia de Mann] La Malibran regresa brevemente a Francia hacia 1836 para concretar un divorcio y un nuevo matrimonio. No hay registros de que haya cantado en Los Italianos durante este regreso a Francia. Partiría casi de inmediato a Inglaterra donde producto de una caída de su caballo durante una cacería, moriría poco después. Imagino que la admiración de Villers de L’Isle-Adam por esta cantante era tal que se dió la pequeña licencia de usarla para ambientar el cuento: lo cierto es que nos da una idea bastante aproximada de que la acción sucede en 1836.

3. Como ya he comentado en otras entregas de la antología, un Acorde es una Superposición de 3 o más sonidos de diferente altura (frecuencia). Al hablar de los últimos acordes de la Plegaria Villers de L’Isle-Adam se refiere a lo que en música conocemos como Cadencia: esto es una progresión especial de acordes que dan la sensación de conclusión o de reposo en una obra. La hay de muchos tipos y pueden cumplir alguna otra función además de la antes mencionada. Por decir un par, existen la Cadencia Plagal, de Engaño, la Perfecta, etc…

4. Casta Diva es, quizá, el Aria más representativa de Norma y una de las melodías más celebradas dentro de la tradición Belcantística.

5. En la condición de completo silencio de nuestra desconocida se cifra un tema que Villers de L’Isle-Adam tocará en otro cuento donde un virtuoso músico, de un instrumento olvidado por el tiempo, se ve condenado a otra clase de silencio: un Tacet que anticiparía a John Cage y su célebre 4:33. La razón por la que elegí este cuento para la antología es precisamente el silencio musical que impera en la atmósfera de la narración: propiamente no hay ningún hecho musical, sólo alusiones ambientales; conviene, entonces, recordar que el silencio: 1) No existe, estamos siempre rodeados de silencio y aquello que reconocemos como silencio no es más que nuestro oído buscando afanosamente el sonido y 2) Es parte significativa de la música, sin él es imposible articular un discurso sonoro, su presencia determina a la música.

6. La pregunta es recriminante, la desconocida se compara con los diletantes en la sinceridad de sus aplausos: veladamente Villers de L’Isle-Adam critíca la situación de aquellos que prestan oídos para escuchar algo que no comprenden y que probablemente tampoco tienen el interés en comprender, dice que son tanto o más sordos que nuestra dama, que sus respetos no valen gran cosa.

7. El pensamiento estandariza: comienza a dar por sentado que sólo cumpliendo ciertos requisitos se puede realizar ciertas actividades; entonces descarta de inmediato que un manco pueda tocar el piano, o que un sordo se dedique a la música, afortunadamente la historia nos ha demostrado que las limitaciones son mentales, allí está Paul Wittgenstein tocando el piano con una mano, Beethoven componiendo sin oír nada, Django Reinhardt tocando la guitarra como si sus cinco dedos izquierdos funcionaran a la perfección. Lo que trato de decir es que en algunos aspectos la música puede ser tan abstracta y hasta carente de sonido absoluto que no es imposible pensar en músicos que no oyendo nada comprendan y ejecuten las cuestiones puramente mecánicas de este arte, quedándose con un goce secreto, un placer totalmente mental.

8. La metáfora es bonita y refuerza la idea de que nuestra desconocida en efecto estudió música.

9. Esto y lo posterior son obvias referencias a Beethoven y su Quinta Sinfonía en Cm, también llamada Sinfonía del Destino. El secretario de legendario compositor cuenta la anécdota de que las primeras cuatro notas simbolizan cómo el destino llama a la puerta. Podemos notar que en el cuento dicen Dios en lugar de Destino, es difícil decir si ha sido una confusión de Villers de L’Isle-Adam o un error en la traducción.

[El Velo Azul|Glauco Cambon]

La palabra Creación: bagatelas gratuitas a partir de una lectura de Arreola

El hombre perdido en las tinieblas nocturnas supo que en la mañana resplandecería de nuevo el sol por medio de los datos del recuerdo.

El pequeño libro de La palabra educación tiene una síntesis involuntaria de las razones de la creación artística según Juan José Arreola; razones fundadas en la memoria; así como de la destrucción, fundada en el olvido.

Olvido

Arreola piensa que el odio del hombre se explica por haber sido suscitado de la nada: y aquello que se toma de la nada, desea la nada, la aniquilación tal vez, pues, de la nada no puede haber memoria, la materia de la que proviene toda creación, como iremos descubriendo.

El Odio se sublima en la destrucción, lo contrario de la creación y nuestro autor encuentra un vínculo poderoso entre destrucción y posesión, pues supone que en la voluntad de posesión yace la idea de conquistar un pueblo a otro, de acercarse violentamente a su tierra y quitársela. De nuevo encontramos aquí la tendencia que tiene la destrucción al olvido, pues en esta acción de conquista obraría un proceso de borrado de la memoria del otro. Como vemos, a través de la posesión y conquista se perpetran el olvido y la destrucción.

Memoria y creación

La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la condición divina. Una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar. De allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más egregios frutos de la cultura.

En este hombre virtual de Arreola ya se cifran las primeras características de la creación vinculada con la memoria. Cuando dice: “La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la creación divina.“, dice, también, de manera implícita que la vida como vivencias, es decir: memoria; nutren la imaginación y le dan al hombre la materia prima para la creación. Luego, después de cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente un vacío que trata de colmar; en un punto la creación debe contener el signo de la destrucción. Es indispensable, para emprender el proceso creador, que se parta de cierta nada símil de la nada original del hombre. La creación se funda en el vacío, un vacío que ahora puede ser colmado con memoria, la misma que siendo experiencia ayudó al hombre a entender el ciclo de la noche y el día.

Primer Olvido en la Memoria: Variedad, novedad y originalidad

Superada la destrucción primaria y acumulada cierta memoria vivencial que nutre las primeras creaciones humanas, surge una duda, ¿qué tan original es la creación lograda?:

¿Quién se propone ser original, ni en forma ni en contenido? Lo importante es dar a lo general el hálito de la persona. Todos los hombres han vivido la historia del mundo, pero me siento obligado a hacer mi traducción del ser, mi propia versión.

La respuesta es clara, la memoria colectiva, la experiencia es de carácter general, cada espectador tiene óptica de un sólo evento, del mismo, su única virtud no es con respecto al evento en sí, sino en él mismo, en su percepción individual. Aquí se suma una cualidad hasta ahora insospechada de la creación: su variedad otorgada en parte por la traducción/interpretación del artista y por la traducción/interpretación del espectador. La creación se renueva y se diversifica en la memoria pero a la vez tiene la tendencia a olvidar que se repite.

Segundo Olvido en la Memoria: Una ligera imagen y semejanza de la memoria y el problema de la identidad.

La memoria humana es falible, equívoca, como todo aquello que alcanza dimensiones desproporcionadas. Toda la experiencia humana acumulada es titánica, por ello es perdonable cierto olvido desintoxicador; pero no hay satisfacción en saber que constantemente algo se va perdiendo, que algo se va olvidando. Se vive con la incertidumbre de si aquello que se olvida era valioso o no.

¿Qué otra cosa es el hombre, sino memoria de sí mismo? Desde que nace, comienza a programarse con los datos de la experiencia. Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Porque estamos hechos de recuerdos. De lo que hemos vivido y de lo que hemos aprendido de los demás, ya sea en el trato vivo o en los libros. Somos un repertorio de vivencias y superamos con mucho la capacidad de un cerebro mecánico. Y la inteligencia no es al fin de cuentas sino la capacidad, debidamente ejercitada, que todos tenemos para responder con los datos del pasado, al estímulo, a la pregunta que se nos hace en el presente.

El hombre acopla memoria nueva constantemente, una parte de ella se va quedando al margen, su necesidad de poder tener toda la memoria posible disponible lo ha llevado a extender a la misma fuera de sí: una exomemoria, la misma que, Borges piensa, son los libros; la misma que son las máquinas, emuladoras de la mente humana, poseedoras de memorias precisas pero estériles, que no son capaces de combinar, comparar, desintegrar la información como la conciencia creadora.

Surge una pregunta de entre la súbita revelación de nuestra identidad mnemónica: ¿Si lo que soy es una acumulación irregular de lo que otros han sido, qué valor tiene lo que yo soy? Arreola piensa que: Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Pero eso parece decir más bien que tiene menos personalidad quien más recuerda, dado que la memoria es lo que hemos vivido y lo que hemos aprendido de los demás. Entre más aprendemos de los demás, más nos apropiamos de lo que son ellos y eso más modifica lo que somos y por ende lo que vivimos. Nos encontramos ante una verdadera paradoja. No veo una solubilidad satisfactoria, hay objeciones, claro, pero qué cabe decir de algo cuya respuesta está sub specie aeternitatis.

Me conformo con los principios de Unidad y Continuidad de Unamuno, donde el conato de un ser, de un hombre, se empeña en seguir siendo: su unidad y que sólo permite la adición de algo nuevo en virtud de seguir siendo, es decir de la continuidad entre lo originario y la memoria adquirida.

Memoria Estrática: Infinito y la respuesta de la memoria.

Las experiencias vivenciales se van almacenando y constituyen la personalidad, opaca y transparente como en superposición de placas de cristal. Se mira un metro: es una profundidad infinita. De ahí la sensación abisal de la conciencia, donde está el caos grande como toda la historia. El hombre creador es quien coordina y da una respuesta que para ser válida necesita provenir de una memoria vivencial.

La memoria, para Arreola, sería estrática, y esa combinación diferente en cada persona podría cifrar el infinito. La creación es la respuesta de esa particular y única manera en que la memoria de cada cual se superpone.

Desde las vísperas del nacimiento el ser humano empieza a acumular una sobre otra las placas traslúcidas y opacas de la experiencia vivencial y las va superponiendo para formar el fondo abisal de la persona (Asistimos a la reiteración de cómo se forma la memoria y su resultado en la expresión de una conciencia única). El artista es explicable por esa acumulación de impresiones, de sensaciones y pensamientos, sentimientos e informes que van alojándose uno encima de otro […].

En esta memoria yace el fondo de lo universal. La conexión entre el uno y el mundo. El arte no resulta ser necesario por reinventar los viejos temas, sino por ofrecer la individual interpretación de un fenómeno, sea legítima o no. La sustancia del artista es la memoria y su respuesta es la creación, quién sabe qué tanto de ésta es expresión del infinito que es la experiencia y qué tanto es expresión de la identidad que es uno mismo.

[Hynes King, Cartas de amor. Cómo referencia a Mnemea, musa de la memoria.]

Antología de cuentos sobre antropofagia: AII. 1. Capítulo XII de Cándido

Cándido de Voltaire es una de las narraciones más descaradamente crueles que haya tenido oportunidad de leer. Las iniquidades están a la vuelta de la esquina y cada paso es un tropiezo potencialmente peor que el anterior para sus personajes.
Este capítulo —que ofrezco completo— es una suerte de relato enmarcado, al estilo de Las mil y una noches, por lo cual puede funcionar extraído de la novela. Repasa las tribulaciones de la sirvienta de Cuneguna, la querida de Cándido. No ofrezco antecedente, pues hacía el final se relata la razón que llevó a la vieja a contar su vida.
En cuanto al acto de antropofagia; se perfila uno de los motivos que orilla a las personas a comer carne humana: el aislamiento. No es complicado pensar en la situación extrema de un grupo de personas aisladas —naufragos, acediados, prisioneros, etc…— que al quedarse sin alimentos se ven forzados a comerse a un miembro del grupo. Éste tipo de antropofagia sigue siendo tabú, pero de alguna manera es permisible y aceptable en virtud de la situación que no ofrece más salida. Todos estos detalles me llevan a clasificar este relato dentro de lo crudo en la categoría de platillos.
A medida que la antología recoja más textos no será raro seguir encontrando el motivo del aislamiento propiciatorio.


CAPÍTULO XII
Continuación de las desgracias de la vieja

Extrañada y encantada de oír la lengua de mi patria, y no menos sorprendida por las palabras que aquel hombre profería, le contesté que mayores desgracias había que aquella de la que se quejaba. Le informé en dos palabras de los horrores que había soportado, y volví a desvanecerme. Me llevó a una casa próxima, mandó que me acostaran, que me dieran de comer, me sirvió y me consoló, me halagó, me dijo que no había visto nada tan bello como yo, y que nunca había echado tanto de menos lo que nadie podía devolverle. «Nací en Nápoles, me dijo, allí se capan a dos o tres mil niños todos los años; unos mueren, otros adquieren una voz más bella que la de las mujeres, otros se van a gobernar estados. Me operaron con éxito, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina.

—¡De mi madre!, exclamé.
—¡De vuestra madre! —exclamó él llorando— ¡cómo! ¡acaso sois aquella joven princesa a la que eduqué hasta los seis años, y que prometía ser tan bella como sois!
—La misma; mi madre a cuatrocientos pasos de aquí, descuartizada bajo un montón de muertos…»
Le conté todo lo que me había ocurrido; me contó también sus aventuras, y me informó de que había sido enviado cerca del rey de Marruecos por una potencia cristiana, para firmar con este monarca un tratado por el cual le proporcionarían pólvora, cañones y barcos, para ayudarle a exterminar el comercio de los demás cristianos. «Mi misión está cumplida —dijo este honrado eunuco— voy a Ceuta a embarcar, y os llevaré de nuevo a Italia. Ma che sciagura d’essere senza c…! (Qué tragedia no tener testículos)
Le di las gracias con lágrimas enternecidas; y en lugar de llevarme a Italia, me condujo a Argel, y me vendió al dey de aquella provincia. Apenas vendida, aquella peste que dió la vuelta a África, a Asia y a Europa, se declaró con furia en Argel. Habéis visto terremotos; pero, señorita, ¿habéis visto alguna vez la peste?
—Nunca —contestó la baronesa.
—Si la hubieseis tenido —prosiguió la vieja— confesaríais que está muy por encima de un terremoto. Es muy común en África —me dijo— Figuraos qué situación para la hija de un papa, con quince años, que en tres meses ha soportado la pobreza, la esclavitud, que ha sido violada casi todos los días, ha visto a su madre descuartizada, ha sufrido hambre y guerra, y moría apestada en Argel. Pero no me mató, sin embargo, mi eunuco y el dey, y casi todo el serrallo de Argel perecieron.
»Cuando los primeros estragos de aquella espantosa peste pasaron, vendieron a los esclavos del dey. Un mercader me compró, y me llevó a Túnez; me vendió a otro mercader que volvió a venderme a Trípoli, de Tripoli fui vendida a Alejandría, de Alejandría a Esmirna, de Esmirna a Constantinopla. AI fin he pertenecido a un agá de janisarios, al que pronto se le ordenó que fuera a defender Azof contra los rusos, que lo asediaban.
»El agá, que era hombre galante, se llevó a todo el serrallo, y nos alojó en un pequeño fuerte sobre los Palus-Meótides, guardado por dos eunucos negros y veinte soldados. Mataron a un número prodigioso de rusos, pero bien nos lo devolvieron. Azof fue puesto a sangre y fuego y no perdonaron ni sexo ni edad; sólo quedó nuestro pequeño fuerte; los enemigos quisieron hacerse con nosotros por hambre. Los veinte janisarios habían jurado no rendirse. Los extremos de hambre a que se vieron llevados les obligaron a comerse a nuestros dos eunucos, por temor a incumplir su juramento. Al cabo de unos días resolvieron comerse a las mujeres.
»Teníamos un imán muy piadoso y compasivo, que les hizo un bello sermón con el cual les convenció de que no nos mataran del todo. “Cortad, dijo, solamente una nalga a cada una de estas señoras, comeréis muy bien; si hay que repetir, tendréis otras tantas dentro de unos días; el cielo os agradecerá tan caritativa acción, y os socorrerá.”
»Tenía mucha elocuencia; les persuadió. Nos hicieron aquella horrible operación. El imán nos aplicó el mismo bálsamo que se pone a los niños a los que se acaba de circuncidar. Estuvimos todas a la muerte.
»Apenas hubieron tomado los janisarios la comida que les habíamos proporcionado, cuando llegaron los rusos en barcazas: no salió con vida ni un janisario. Los rusos no se fijaron para nada en el estado en que estábamos. Por todas partes hay cirujanos franceses; uno de ellos, que era muy hábil, se ocupó de nosotras; nos sanó, y toda la vida me acordaré de que, cuando mis llagas estuvieron totalmente cerradas, me hizo proposiciones. En cuanto a lo demás, nos dijo a todas que nos consoláramos; nos aseguró que en varios asedios semejante cosa había ocurrido, y que era ley de guerra.
»En cuanto mis compañeras pudieron caminar, las mandaron ir a Moscú. Le toqué en el reparto a un boyardo que me hizo jardinera suya y me dio veinte latigazos diarios; pero este señor habiendo sido condenado a la rueda al cabo de dos años con otra treintena de boyardos por alguna intriga cortesana, aproveché esa aventura: hui, crucé toda Rusia; fui mucho tiempo criada de cabaret en Riga, luego en Rostock, en Vismar, en Leipsick, en Cassel, en Utrech, en Leyde, en La Haya, en Rotterdam; me he hecho vieja en la miseria y el oprobio, no teniendo mas que medio trasero, acordándome siempre que era hija de un papa; cien veces quise matarme, pero todavía amaba la vida. Esta debilidad ridícula es quizá una de nuestras más funestas inclinaciones: pues ¿hay algo más necio que el querer llevar continuamente un fardo al que continuamente se quiere tirar al suelo? ¿tener a su ser en horror, y tener apego a su ser? ¿acariciar al fin a la serpiente que nos devora hasta que nos haya comido el corazón?.
»He visto en los países que el destino me ha hecho recorrer, y en las tabernas en las que he servido, a un número prodigioso de personas que aborrecían su existencia; pero no he visto más que a doce que pusieran voluntariamente fin a su miseria: a tres negros, cuatro ingleses, cuatro genoveses, y a un profesor alemán llamado Robeck. Terminé por ser criada en casa de don Isachar; me puso a vuestro lado, mi bella señiorita: me he unido a vuestro destino, y me he ocupado más de vuestras aventuras que de las mías. No os hubiera incluso hablado nunca de mis desgracias si no me hubierais provocado un poco, y si no fuera costumbre, en un barco, contar historias para no aburirse. En fin, señorita, tengo experiencia, conozco el mundo, concedeos un placer, invitad a cada pasajero a contaros su historia, y si no hay uno solo que no haya a menudo maldecido de su vida, y que no se haya dicho a sí mismo que era el más desgraciado de los hombres, tiradme al mar de cabeza.

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 2. Modesta propuesta

Modesta propuesta para prevenir que los niños de la gente pobre en Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y hacerlos benéficos para el pueblo, elaborada por el doctor Jonathan Swift 1729.

Tal es el título del siguiente ensayo, que en realidad, poco o nada, tendría que hacer en una antología de cuentos sobre antropofagia; sin embargo, la obra es un referente absoluto de la literatura sobre este tema. Un discurso casi cínico que propone una alternativa dentro de lo permitido por la corona inglesa para aliviar la terrible situación social de Irlanda. El texto es malévolo y no tanto por lo que propone en sí, sino por el retrato crudo de la relación entre ingleses e irlandés y aún más la situación de crueldad y marginación que operaba de los cismáticos a los católicos en Irlanda.
He clasificado este texto dentro del ámbito de lo cocido, su argumento de industralizar el consumo de carne humana a un grado nacional lleva al texto a ser un banquete. La motivación que lleva a una sociedad civilizada al canibalismo da mucho en que pensar.
Al momento de escribir esto, desconozco la recepción que tuvo el texto en su época; no dudo que la credulidad y la desesperación pudieran haber llevado a alguno a tomar demasiado literal las palabras de Swift y poner en práctica esta modesta propuesta.


Causa de melancolía es para quienes caminan por esta gran ciudad, o para quienes viajan por el país, el ver las calles, las casuchas y los caminos llenos de pordioseras seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e inportunando a cada transeúnte por una limosna. Estas madres, en lugar de ser capaces de trabajar por una vida honesta,
compelidas están a emplear todo su tiempo en vagabundear pidiendo algún sustento para sus desamparados hijos, quienes, a medida que crecen, se vuelven ladrones por la escasez de empleo o dejan su querido país natal para pelear por el aspirante al trono (1), o se venden a las Barbados.
Yo creo que todos estarán de acuerdo en que este prodigioso número de niños, en brazos o en espaldas, o a la vera de sus madres y con frecuencia de sus padres, es un pesar adicional para el deplorable estado actual del reino; y por lo tanto, quien pueda encontrar un método fácil, barato y justo para hacer de estos niños miembros sensatos y útiles para la comunidad, tanto merecería de los ciudadanos como para que se erigiera su estatua como preservador de la nación.
Pero mi intención va más allá que sólo confinarse a solventar a los niños de los pordioseros declarados; de extensión mucho mayor, deberá incluir al número total de infantes de cierta edad, quienes han nacido de padres poco capaces de ayudarlos, aquellos que exigen nuestra caridad en las calles.
Por mi parte, toda vez concentrados mis pensamientos por tantos años en este importante tema, he medido maduramente los diversos proyectos de nuestros planificadores, siempre los he encontrado ampliamente equivocados en su cálculo. Es cierto, un crío apenas nacido puede alimentarse con la leche de su madre por un año solar, sin ningún otro alimento; y el costo de ello acaso será mayor que el valor de dos chelines, los cuales podría obtener la madre; o ese mismo valor en sobras, que conseguiría por su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente cuando cumplen un año, que yo propongo proveerlos de tal manera que, en lugar de ser una carga para sus padres, o para el condado, o por necesitar alimento y vestimentas para el resto de sus vidas; ellos contribuyan a la alimentación, y en parte a la vestimenta de tantos miles.
De la misma manera, existe otra ventaja en mi propuesta: prevenir los abortos voluntarios, y la horrenda práctica de las mujeres que asesinan a sus hijos bastardos; ¡ay!, práctica demasiado frecuente entre nosotros que sacrifica a los pobres e inocentes bebés; yo creo que es más por evadir el gasto que la vergüenza, la cual movería al llanto y la lástima del pecho más inhumano y salvaje.
El número de almas en este reino generalmente se estima en millón y medio; de estos calculo que habrá cerca de doscientas mil parejas cuyas esposas amamantan a sus hijos; de este número sustraigo treinta mil parejas que pueden mantener a sus propios hijos (aunque comprendo que no puede haber tantas bajo las actuales aflicciones del reino), pero pensando en esto, restarán ciento setenta mil criadores. De nuevo sustraigo cincuenta mil, por aquellas mujeres que abortan, o cuyos niños mueren por accidente o enfermedad durante el primer año. Sólo quedan ciento veinte mil niños de padres pobres que nacen anualmente. La pregunta por lo tanto es ¿cómo debe criarse este número y con qué habrá de proveerse? Lo cual, como ya he dicho, bajo la presente situación, es totalmente imposible por todos los métodos hasta ahora propuestos. Dado que no podemos emplearlos en manualidades, ni tampoco para construir casas, ni cultivar la tierra (me refiero al campo). Estos niños raramente logran un buen modo de vida robando hasta cumplir los seis años de edad; excepto cuando poseen una habilidad excepcional. Aunque confieso que aprenden tales capacidades antes; no obstante, durante dicho tiempo se pueden vigilar debidamente sólo como prueba; como me ha informado un importante caballero del condado de Cavan, quien protestó ante mí alegando que él nunca había conocido más de uno o dos casos de niños menores de seis años, incluso en ese lugar del reino tan reconocido por la habilidad en ese arte.
Me aseguran nuestros mercaderes que un niño o una niña mayor de doce años no es un bien vendible, incluso cuando llegan a esta edad, el trueque no reditúa arriba de tres libras esterlinas, o tres libras y media corona a lo mucho; lo cual no puede convenir ni a los padres ni al reino, pues el costo del sustento y harapos por lo menos es de cuatro veces ese valor.
Por lo tanto, propondré humildemente mis pensamientos, que espero no sean sujetos a la menor objeción.
Un norteamericano muy informado (2), a quien conocí en Londres, me aseguró que un nino pequeño bien alimentado es un platillo exquisito y un alimento completo, ya sea en estofado, rostizado, horneado o hervido; y no dudo que de la misma manera se pueda servir en fricasé o al estilo ragú.
En consecuencia, ofrezco humildemente a la consideración pública, que de los ciento veinte mil niños ya computados, veinte mil puedan reservarse para crianza, de los cuales sólo una cuarta parte serán varones; que es más de lo que tenemos en ovejas, ganado vacuno o cerdos, y mi razón es que estos niños rara vez son fruto del matrimonio, una circunstancia no muy considerada por nuestros salvajes; por ende, un niño basta para servir a cuatro mujeres. Que los restantes cien mil pueden, al año de edad, ofrecerse en venta a las personas de calidad y fortuna en el reino, siempre aconsejando a las madres que los alimenten generosamente el último mes para hacerlos rechonchos y gordos para una buena mesa. Un niño bastará para dos platos en una velada de amigos, y cuando la familia cene sola, las partes anteriores o posteriores serán un plato suficiente, y sasonado con un poco de pimienta y sal, será un buen cocido incluso el cuarto día, especialmente en invierno.
He estimado que un niño recién nacido pesará doce libras en promedio, y en un año solar, si es amamantado suficientemente, increnmentará a veintiocho libras.
Aseguro que esta comida será apreciada de alguna forma, y por lo tanto será muy apropiada para los terratenientes, quienes, habiendo devorado a casi todos los padres, parecen tener derecho sobre los niños.
La carne de los infantes estará de temporada todo el año, pero será más abundante un poco antes, durante y después de marzo; debido a que, según afirma un eminente doctor francés (3), que al ser el pescado una dieta prolífica, en países católicos romanos hay más niños nacidos nueve meses después de la Cuaresma, y los mercados estarán más repletos, ya que el número de infantes papistas es de por lo menos tres a uno en el reino, y por ende, habrá otra ventaja colateral al reducir el número de papistas (4) entre nosotros.
Ya he contabilizado el cargo por alimentar al hijo de un pordiosero (en cuya lista considero todos los campesinos, trabajadores, y cuatro quintas partes de los granjeros), la suma se acerca a los dos chelines por año, incluidos los harapos; y creo que ningún caballero se quejaría por pagar diez chelines por el cuerpo de un niño gordo; como ya he dicho, alcanzará para cuatro platillos de excelente carne nutritiva, cuando sólo haya algún invitado especial o para la cena de la propia familia. Así el caballero aprenderá a ser un buen terrateniente y y será más popular entre sus arrendatarios; además, la madre obtendrá ocho chelines de ganancia neta, y estará lista para trabajar hasta que produzca otro niño.
Aquellos que son más ahorrativos (como debo confesar que los tiempos lo requieren), pueden usar el cuerpo cuya piel, artificialmente decorada, hará admirables guantes para damas, y botas de verano para los elegantes caballeros.
En cuanto a nuestra ciudad de Dublín, se puede solicitar un desolladero en el sitio adecuado para este propósito. Asimismo podremos asegurarnos que los carniceros no falten; aunque más bien recomiendo comprar a los niños vivos, y preparalos recién desollados, como lo hacemos con los puercos rostizados.
Una persona muy valiosa, un verdadero amante de este país, y cuyas virtudes estimo en alto grado, últimamente se sentía complacido —hablando de este asunto— al ofrecer un refinamiento a mi esquema. Dijo que muchos caballeros de este reino, una vez que hubieran comido su venado, y al pensar en la demanda por la carne de venado, bien podrían suplirla con los cuerpos de jóvenes y señoritas, que no excedieran los catorce años de edad, ni que sean menores de los doce; ya que en cada país es tan grande el número de ellos listos para morir de inanición antes de encontrar trabajo; y estos pueden ponerse en disposición por sus padres, si están vivos, o de otro modo, por sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración para tan excelente amigo, y un patriota tan merecedor, no puedo estar de acuerdo con sus sentimientos, ya que en cuanto a los jóvenes, mi conocido norteamericano me aseguró, por una experiencia reciente, que su carne era generalmente dura y magra —como la de nuestros niños escolares— por el continuo ejercicio, y su sabor era desagradable, y engordarlos no correspondería con el costo. En cuanto a las jovencitas, sería, creo, con una humilde aclaración, una pérdida pública, ya que pronto ellas mismas se convertirían en criadoras; y además, no es improbable que alguna persona escrupulosa pudiera censurar dicha práctica (aunque ciertamente muy injusta), calificándola de cruel confinamiento, lo cual, confieso, siempre ha sido en cuanto a mí se refiere la mayor objeción contra cualquier proyecto, por más bien intencionado que sea.
Pero con el fin de justificar a mi amigo —él mismo confesó— este recurso se le ocurrió gracias al famoso Salmanaazor (5), un nativo de la isla Formosa, quien viajó a Londres hace más de veinte años. En una conversación le contó a mi amigo que en esa isla, cuando cualquier persona joven moria, el ejecutor vendía el cadáver a personas de dinero como un exquisito platillo; y que, en su tiempo, el cuerpo de una niña regordeta de quince años, quien fue crucificada por tratar de envenenar al emperador, fue vendido por cuatrocientas coronas al primer ministro de estado de su majestad imperial y a otros grandes mandarines de la corte que se encontraban en la picota, Por supuesto no puedo negar que este reino no sería el peor si el mismo uso se hiciera con varias jóvenes regordetas de la ciudad, quienes no cuentan con un solo quinto, ni pueden moverse de su alrededor sin tener al lado una silla, o se niegan a aparecer en teatros y asambleas si no portan atavíos extranjeros los cuales nunca podrán pagar.
Algunas personas de espíritu desalentado se sienten muy consternadas por el vasto número de gente pobre, entre los que hay ancianos, enfermos o lisiados; y he deseado emplear mis pensamientos para saber qué curso se debe tomar para aliviar a la nación de un estorbo tan penoso. Pero no encuentro menor dolor por ese asunto, ya que es sabido que tal gente muere todos los días a causa del frio, la hambruna y la suciedad; y se vuelven una peste, más rápido de lo que razonablemente se pudiera esperar. En cuanto a los jóvenes en edad de trabajar ahora están en una condición casi desesperanzadora, no pueden conseguir empleo, y consecuentemente desfallecen sin conseguir alimento, a tal grado, que si en cualquier momento se les contrata para realizar cualquier trabajo, no poseen la fuerza para ejecutarlo; el pais y ellos mismos quedarían felizmente liberados de los males que les aquejan.
He divagado mucho, y por lo tanto regresaré a mi tema. Creo que las ventajas por las propuestas que he hecho son obvias y diversas, así como de gran importancia.
Primero, como ya lo he señalado, bajaría considerablemente el número de papistas, los cuales nos invaden anualmente al ser los principales reproductores de la nación, así como nuestros enemigos más peligrosos, y quienes se quedan en casa a propósito, con el fin de entregar el reino al aspirante al trono, esperando tomar ventaja por la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes más bien han elegido, en contra de sus conciencias, dejar su país que permanecer en casa para pagar los diezmos a un curato episcopal.
Segundo, los inquilinos más pobres tendrán algo valioso que les pertenezca, lo cual por ley se puede usar en un apuro, y ayudará a pagar la renta al terrateniente, su maíz y el ganado, una vez que fue confiscado, y el dinero será un asunto desconocido.
Tercero, dado que el mantenimiento de cien mil niños, de dos años de edad en adelante, no puede computarse en menos de diez chelines por cabeza cada año, la reserva de la nación por ende se incrementará cincuenta mil libras por año, aparte de ganar un nuevo platillo, introducido a las mesas de los caballeros de fortuna en el reino, quienes tienen cualquier exquisitez en cuanto al gusto. Y el dinero circulará entre nosotros, siendo los bienes completamente de nuestro cultivo y manufactura.
Cuarto, los criadores regulares, además de ganar ocho chelines esterlinos al año por la venta de sus niños, se desharán del cargo de mantenerlos después del primer año.
Quinto, esta comida sería también una buena costumbre en los mesones, donde los cocineros serían muy prudentes de procurarlas mejores recetas para guisarlos a la perfección; y consecuentemente, sus casas serían frecuentadas por todos los finos caballeros, que justamente se valoran a si mismos en sus conocimientos sobre el buen comer; y un buen cocinero, que entiende cómo complacer a sus invitados, se las ingeniará para ofrecerlo tan caro como le plazca.
Sexto, esto sería un gran estimulo para el matrimonio, promovido por todas las naciones sabias ya sea a través de premios, o reforzado por las leyes y penalidades. Esto incrementaría el cuidado y la ternura de las madres a sus niños, quienes estarán seguras de tener establecida una vida para sus pobres bebés, provista de alguna manera por el pueblo, y en lugar de gastos anuales, tendrían ganancias. Pronto veríamos una emulación honesta entre las mujeres casadas, las cuales buscarían tener el niño más gordo del mercado. Los hombres se volverían tan afectuosos con sus esposas durante el embarazo, como lo son ahora con sus yeguas cuando tienen potrillos, o con sus vacas y beceros, o cuando las puercas están listas para parir; y no gustarían de golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por miedo a un aborto.
Se pueden enumerar muchas otras ventajas. Por ejemplo, la suma de algunos miles de cuerpos en nuestra exportación de carne entonelada: la propagación de la carne de cerdo y el esmero en el arte de hacer el mejor tocino, tan requerido entre nosotros por la enorme falta de cerdos, que vemos con demasiada frecuencia en nuestras mesas; lo cual no es comparable en gusto o magnificencia a un niño ya crecido y engordado, quien rostizado en su totalidad hará un platillo considerable en el festin del alcalde de Londres, o en cualquier otro entretenimiento público. Pero aquí omito otros puntos al ser partidario de la brevedad.
Suponiendo que mil familias en esta ciudad fueran consumidoras asiduas de carne de infantes además de otras que pudieran comerla en encuentros amistosos —particularmente en bodas y bautizos—, calculo que Dublín consumiría cerca de veinte mil cuerpos; y el resto del reino (donde probablemente se venderían algo más baratos) los restantes ochenta mil.
No puedo pensar en ninguna objeción que pudiera surgir en contra de esta propuesta, a menos que se alegara que el número de habitantes en el reino se reduciría. Reconozco esto sin temor, y eso era ciertamente la idea principal para ofrecer esta propuesta al mundo. Deseo que el lector note que este remedio sólo lo considero para el reino de Irlanda, y no para otro que haya existido, exista, o pueda existir en la Tierra. Por lo tanto, que ningún hombre me hable de otras ventajas: como la de tasar a nuestros propietarios ausentes a cinco chelines por libra; o de no usar ni vestimentas ni muebles caseros, excepto los que sean de nuestra propia producción y manufactura; de rechazar abiertamente los materiales e instrumentos que promueven el lujo extranjero; de remediar el alto costo del orgullo, la vanidad, la ociosidad y el juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, donde diferimos incluso de los lapones y los habitantes de Topinamboo (6); de renunciar a nuestras aversiones y partidismos, ni de actuar más como los judíos quienes se asesinaban unos a otros en el momento mismo que su ciudad fue tomada; o de ser un poco precavidos para no vender a nuestro pais y nuestras conciencias a ningún precio; de enseñar a los terratenientes a mostrar por lo menos un grado de compasión hacia sus inquilinos. Por último, de promover un espíritu de honestidad, diligencia y habilidad en nuestros tenderos quienes, si se pudiera tomar la resolución de comprar sólo nuestros bienes nacionales, se unirian inmediatamente para abusar y forzar los precios, la medida, y la calidad; y no se pondrían de acuerdo para un trato justo de negociación, aunque a menudo y seriamente hayan sido invitados a ello.
Por lo tanto pido que ningún hombre me hable de esto ni de dichos recursos hasta que tenga al menos un destello de esperanza en que hará algún día un intento sincero y de corazón para ponerlos en práctica.
Pero, en cuanto a mi, después de haberme desgastado durante tantos años por las promesas de la vanidad, el ocio y los pensamientos visionarios, y en gran medida por estar totalmente desesperado por el éxito, me tropecé, afortunadamente, con esta propuesta, la cual, como es totalmente nueva, tiene por ende algo sólido y real, pues no implica gastos ni muchos problemas, y está totalmente en nuestra posibilidad; y debido a esto no podemos incurrir en ningún peligro al desobedecer a Inglaterra. Ya que este tipo de bien no tolerará la exportación, siendo la carne de consistencia muy tierna para admitir una larga conserva en sal, aunque tal vez podría nombrar a un país que estaría encantado de comerse a toda nuestra nación sin condimento. (7)
Después de todo, no estoy tan neciamente arraigado a mi propia opinión como para rechazar cualquier otra oferta —hecha por hombres sabios— que pueda ser igual de inocente, económica, fácil y eficaz. Pero antes de que algo de ese tipo pueda considerarse en contraposición a mi esquema, y que ofrezca uno mejor, deseo que el autor o los autores consideren de forma madura dos puntos. El primero —y como se perfilan las cosas ahora— en torno a la manera de proveer de comida e indumentaria a cien mil bocas y cuerpos inútiles. Y el segundo, al haber un millón de criaturas en cifras humanas en todo el reino, cuya subsistencia total en inventario común les dejaría una deuda de dos millones de libras esterlinas, aunando a los vagabundos de profesión, más la suma de granjeros, campesinos y trabajadores, con sus esposas e hijos, quienes de hecho son limosneros. Yo deseo que esos políticos a quienes les desagrada mi obra, y que tal vez sean tan audaces como para intentar una respuesta, primero pregunten a los padres de estos mortales, si no piensan que sería una gran felicidad que los vendieran como comida al año de edad, de la manera como lo he prescrito, y asi evadir un panorama perpetuo de infortunios, como ha venido ocurriendo por la opresión de terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta en efectivo o mediante el comercio, la necesidad del sustento diario, la falta de vivienda o vestimentas para cubrirse de las inclemencias del clima, y la expectativa más inevitable vinculada a lo mismo, o a miserias peores, en relación con su herencia de calamidades.
Reconozco, siendo sincero de corazón, que no tengo el menor interés personal en empeñarme a promover este necesario proyecto, al no poseer otro motivo que el bien público de mi país, mediante el avance de nuestro comercio, provisto de infantes, aliviando así a los pobres y dando algunos placeres a los ricos. No tengo niños con los cuales pueda proponer la ganacia de un sólo centavo; el más pequeño tiene nueve
años de edad, y mi esposa ya pasó la edad de criar niños.

1. James Francis Edward Stuart, tal es el nombre del Viejo Pretendiente, quien fuera aspirante al trono de Inglaterra. Este príncipe católico se crió en Francia y disputó la corona a Guillermo III, a pesar de sus esfuerzos y el respaldo del monarca francés su deseo sólo quedó en pretensiones, posteriormente su hijo Charles Edward Stuart también sostuvo la pretensión de su padre, siendo llamado el Joven Pretendiente. Swift menciona un par de veces a este viejo pretendiente, del que, por supuesto, no era partidario; el cisma protestante inglés de la época no les hizo la vida fácil a los católico-romanos, sobre todo en Irlanda, donde entrado el siglo posterior, se vivió la gran hambruna de la patata.

2. A pesar del tono satírico del ensayo, Swift se cuida de no hacer referencias falsas; una lectura cuidadosa permite reconocer a varios personajes reales, como es el caso del Pretendiente. Sin embargo este norteamericano muy informado no es el caso, al menos yo no he logrado dar con su identidad. Algunas fuentes sostienen que es una alusión a un supuesto canibalismo practicado por los nativos de América; pero dudo que sea así, para la fecha de publicación del ensayo (1729) ya se tenía pleno conocimiento de la sociedad y cultura de los naturales de norteamérica. Hay que recordar que incluso un siglo antes (1616) la princesa Matoaka pisó suelo inglés.

3. Este eminentemente doctor francés no es otro que François Rabelais, quien en su famosa obra Gargantua y Pantagruel afirma que la dieta de Cuaresma había sido ideada para asegurar la propagación de la especie humana.

4. Hay que recordar que el Dr. Swift se ordenó como sacerdote de la Iglesia Anglicana; por lo cual era perfectamente razonable para él deshacerse de niños cuyos padres pertenecían a la Iglesia Católica Romana.

5. Swift alude a George Psalmanzar, un supuesto habitante de la Isla de Formosa (Taiwán) que en 1904 publicó una de las obras más singulares de la literatura del embuste, se trata de An Historical and Geographical Description of Formosa, an island subject to the Emperor of Japan. En dicho libro Psalmanzar describía la cultura de Formosa, sus tradiciones, mitos y costumbres; tal fue su éxito que logró engañar a la sociedad inglesa de la época. Precisamente George sostiene que los Formoseños eran un pueblo de costumbres caníbales. Tal descripción pudo haber influido notablemente en la producción literaria de Swift, y aunque lo menciona con sorna, no sería descabellado pensar que Los Viajes de Gulliver (1726) están en la misma vena que la fabulación de Psalmanzar.

6. Supuesto tribu natural de Brasil, hoy extinta.

7. Swift alude a las duras legislaciones a las que los irlandeses estaban sometidos por la corona, ya de por si el hecho de ser irlandés representaba una seria desventaja social, esta se agravaba siendo católica y no protestante. El país gustoso se comerse a Irlanda no es otro que la propia Inglaterra.