De cómo el mar es una emoción o la aceptación de que no puedo ser poeta

Algo que encontré entre el desorden digital de correos electrónicos. Un pequeño homenaje a un hombre inteligente al que tengo el placer de llamar amigo.


El doctor es un tipazo alegre e ingenioso. Cuando hablo con él me gustaría preguntarle un montón de cosas, pero me contengo. No quiero abrumarlo con el enjambre de inquietudes que tengo siempre. Lo que más me gusta de él, es qué nunca me da una respuesta circular y digerida, siempre me indica un camino y me exhorta a buscar. Siempre está recordándome que sea cuidadosísimo a la hora de leer (y de escribir), y juro por todo lo que soy y lo qué tengo, que trato de seguir su consejo; es sólo que, a veces cuando leo, las letras parecen vibrar y tomar textura de humo. Sí, es cierto, soy muy distraído… El doctor dice que desvarío: es imposible decirle que no a su sentencia.
El doctor también es profesor (y santo, sin duda), creo que por eso está familiarizado con las ocurrencias tontas de las personas más jóvenes. Ocurrencias como la mía, de querer escribir… escribir cualquier cosa y poder sincerarse en el papel, con uno mismo. Recién le pregunté sobre la motivación para escribir y (maravillosa y digna respuesta de él) me hizo leer un ensayo respecto al tema. Hay mucho que me gustaría escribir sobre dicho ensayo, pero para mis propósitos sólo rescataré un pasaje que dice algo como: “escribir es defender la soledad”. Yo no podría escribir para defender ninguna soledad, pero tampoco podría hacerlo para estar en contra de ella. Lo que quiero decir es que el profesor me hizo ver que escribir es un acto que debe hacerse con un respeto implícito muy grande, finalmente es un arte.
Del profesor también debo decir que es más amigo que profesor o que doctor y quizá por eso me siento tan a gusto cuando platico con él, con esa charla informal que se toma muy enserio. En esas conversaciones suele mencionar cosas que me hacen correr a leer su blog (lectura que repaso dos o tres veces para estar seguro de ser cuidadoso). Hace poco leí en su blog un fragmento de una novela que mi amigo está escribiendo (y que espero algún día ver publicada y tener una copia), el fragmento habla sobre un ángel sin decir jamás la palabra ángel (aunque, ahora que lo pienso; por la leve cargada erótica del texto, podría bien hablar de algún diablo….?). El punto de todo este prolegómeno es el ángel, o la supuesta lectura de él. Mientras revisaba por tercera vez las palabras de mi amigo, tuve un súbito recuerdo: yo a los nueve años en playa del carmen, de vacaciones, vi un ángel, sé que era un ángel porque no lucía como pintan que debe lucir. Era un hombre azul que salió del agua, alto y brillante por la humedad de su piel y el sol. Tenía tres alas y no dos como se piensa. Alas que, creo, le servían de aletas. Sé que era un ángel porque no podía ser otra cosa más que eso, como yo, qué no podía ser otra cosa que un niño de 9 años que estaba seguro de todo en la vida. No hablamos, nos limitamos a mirarnos. El ángel, como en reversa, entró al agua y yo seguí jugando.
Escribí un pésimo poema sobre eso, lo importante es que el doctor no lo lea o me hará mofa, así es él, burlón.
Respecto al ángel; sé que eso fue una emoción nueva, un sentimiento que no cuadra con ningún otro, así que a menudo, cuando vuelvo a sentirme como aquella vez, digo que me siento mar.


Para quien guste leer el fragmento que inspiro este recuerdo: aquí

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Otra identidad

A continuación, para entretenimiento de propios y extraños; una fantasía autoduplicada. Casi a la manera de Cordelias; ilusión de Adela. Con ustedes en 5/4, el alter ego de un cuento. Léase Andante trés expressif.


“Les miroirs feraient bien de réfléchir un peu plus avant de renvoyer les images.”
J. Cocteau.

Milena, 10 años y 8.750 kilómetros de distancia desfiguran tu imagen en mi memoria, lloro Milena, y duermo intranquilo, duermo sin capacidad para soñar. Te escribo falto de convicción pero con mucho afán, afán de que sepas qué fue de mi estos cientos de días. ¿En qué momento un minuto se convirtió en una década?
Quizá no recuerdes que mi egestad me arrojó a París, oh le véritable enfer, c’est la pauvreté. El músico parece estar condenado a la miseria, a breves placeres perseguidos por la escasez. Los detalles de cómo llegué a Francia son nimios, lo importante es que vine a esta tierra a encontrarme con mi desgracia.
Tout commence à Paris, en sus calles bohemias. Esta ciudad es un imán para poetas y artistas. La lluvia aquí es parte de la ornamentación metropolitana. No es lluvia per se, es lluvia que aumenta la belleza del entorno.
Cuando llegué a París llovía. Era un pianista desdichado con una carta de recomendación de la orquesta de Eugene. Arrivé sin saber decir más palabras en francés que: Madame, adiu, rue y voyage.
La carta me aseguraba un empleo en el Hotel Fictif como pianista para amenizar el ambiente del bar. No quiero apresurarte el relato, pero cada segundo que pasa los ecos de mi memoria se distenden más, seguiré antes de dejar de ser yo.
Retomar el hilo de mis pensamientos es casi, como atrapar suspiros, imposible… vine a París a tocar un piano de cola de 50 años en un bar dentro de un hotel bellísimo con una historia fascinante. Eso… ¡el Hotel!
Un edificó que durante años fue remodelado por su excéntrico dueño debido a una anécdota no sucedida, donde se supone que dos hoteleros se reunieron para discutir la construcción del hotel más grande del mundo; primero pensaron en 1000 habitaciones, pero por temor a que alguien construyera un hotel con más recamaras, decidieron construir un edificio con 10,000 aposentos; una vez más los asaltó la incertidumbre de que alguien edificara un hotel mayor. Entonces se propusieron construir un inmueble con habitaciones infinitas.
Esta historia apasionó al dueño del Fictif que pensó: Supposons qu’un hôtel possède un nombre infini de chambres, toutes occupées. Malgré cela, l’hôtelier peut toujours accueillir un nouveau client.
En la teoría el sublime fractal aparenta ser perfecto, pero en la práctica se revela su inviabilidad. Cada cierto tiempo se le agregaban pisos y habitaciones nuevas al esqueleto del inmueble, pero lo más acercado que estuvo el hotelero de lograr su infinito palacio fueron 300 habitaciones y una placa de acero en el lobby con dicha historia y la frase: “Paris est une solitude peuplée.”
El Fictif fue para mi un dolor amable, pues como no sabía francés casi no salía de allí. Me limitaba a vivir en uno de sus cuartos de servicio y al llegar el atardecer me sentaba frente al piano cuyo idioma conozco mejor que cualquier otro. En la primera hora de la madrugada podía dejar de tocar, a menos de que aún hubiese suficientes clientes en el bar. Entonces mi jornada llegaba a extenderse hasta el amanecer. ¿Cuántos granos de arena hacen un montón? ¿Si se quita grano a grano de arena, en qué momento deja de ser un monto? Los fines de semana mi montón de escuchas dipsómanos era grande.
En mi tiempo libre podía perderme en contemplar las partituras que algunos clientes traían para que yo ejecutase. También, pasaba mucho tiempo en la cocina, degustando los manjares más finos que el Fictif podía ofrecer. Como dije, salía poco o casi nada (¿Qué tanto es poco que se considera casi nada?) Y cuando lo hacía, sólo iba por algunos artículos personales necesarios y a veces por un libro. No me importaba que en lugar de leer; trataba de adivinar o deducir su contenido. Las palabras de los libros fueron para mí un salvavidas.
Ay, Milena, hubieses amado esta ciudad, y yo te hubiese amado en ella. Supongo que te escribo por que soy un necio, después de tanto tiempo es patético que por fin tenga el valor de hablarte. Creo que la sensación de amor inconcluso es el mayor motor de estas líneas. Con 10 años de exilio de mi propia vida, he tenido tiempo para pensar que quizá si hubiese vuelto integro de Francia nuestro amor igual hubiese acabado. Discúlpame por mi divagar, en esta hora intensa y extraña, la necesidad de legarte mi historia me domina.
Soy (era) un hombre (?) en París (¿existirá aún?) que toca(ba) el piano en un hotel. No hablo con nadie de nada desde hace tiempo, tuve que asumir la responsabilidad de una vida ajena.
Milena, flor de cristal, bálsamo anhelado. L’Enfer, c’est le Paradis du Diable.
En el Fictif me hice muy buen amigo de un inmigrante senegalés que trabajaba como intendente del sótano. Nos sentábamos frente a una caldera y hablábamos, él en wolof, yo en español. La idea no era comprendernos, sino, más bien tener compañía. Nuestra amistad podía más que Babel.
Dante, como lo habían bautizado los demás trabajadores del hotel, era descendiente de un viejo brujo de África austral. Se le atribuían poderes y conocimientos sobrenaturales. Muchas veces las recamareras iban al sótano por fórmulas para el amor y el dinero. Yo, Milena, me burlaba de su ingenuidad, pues con el tiempo y el francés comprendí que el senegalés les tomaba el pelo: si bien, él conocía muchos secretos del arte de la magia, no era capaz (me lo confesó una vez) de realizar prodigio alguno. Heredó el saber, pero no el poder.
Ese saber estaba constituido casi en su mayoría por leyendas que Dante había escuchado y memorizado desde que era niño. Cuando tuve un dominio decente del frances mi principal entretenimiento eran los relatos de Dante. Las pintorescas historias me divertían con su explicación para el origen del mundo, el del hombre y el poder de dioses divinos y diabólicos.
Constitué d’un seul grain. ¡Es el alma, Milena! La que tras su velo de insignificancia aparece como un universo.
He cerrado los ojos tratando de recordar la primera vez que te vi, pero ya no existe dicha imagen. Otros paisajes toman el lugar de tu sublime cabello y tu sonrisa voluptuosa. Algo latente me remplaza desde el hipogeo de mi vida. Esa hoguera invasora me consume y se acerca letal a mi cabeza, mi memoria es su ambición.
Dante habla, Dante escucha, Dante observa y calla. Un escritor, compatriota en lengua, se vino a hospedar en el Fictif, según nos dijo a Dante y a mí; no vino a escribir, sino a “dibujar.” Este hombre venía huyendo de sí mismo, aunque en secreto huía de un amor. La ironía me provocaba sonrisas amargas, el huyendo y yo anhelando.
El escritor se apropio de la compañía de Dante, buscaba inspiración en su tradición oral. Mientras eso sucedida yo leía uno de sus libros, puros cuentos. Entre ellos había un relato escatológico donde la luz del mundo desaparece. Los protagonistas, dos niños, son llevados a un estado de crueldad y salvajismo tétrico. Su cumbre es la muerte, un recurso que nace de la inocencia infantil. En lo personal, Milena, no me gustó mucho el texto.
Continuamos una amistad sincera con el escritor, que resultó ser músico. Antes de continuar su viaje me dejó algunos libros en español y a Dante unas monedas. Uno de esos ejemplares comenzó a obsesionarme. Lo leía día y noche, antes de dormir y al despertar. El libro reunía una serie de ensayos(?) o relatos(?) sobre fenómenos de bilocación, desdoblamiento astral, döppelganger, clonación, dimensiones alternas. Iba de lo esotérico a lo científico con un libertinaje irritante. ¿Qué tanto somos dueños de nuestra identidad?
El escrito que más me fascinó fue uno acerca de los espejos y la posibilidad de que un hombre naciese dos veces en diferentes lugares del mundo, pero de forma simultánea, como gemelos de padres distintos. En la cultura de Dante hay un relató donde todo hombre posible ya ha existido en algún momento, entonces, como una serpiente que se come su cola, como un final que alcanza su propio principio, los mismos hombres vuelven a existir. Aclaró que esto no es reencarnación, es más bien repetición. Si lo pensamos con profundidad; Es posible que el mismo hombre exista dos veces en un sólo espacio y tiempo. Es posible así mismo que ¿Estos hombres se puedan encontrar?
Imagínatelo, Milena, es como esos mitos urbanos donde todos tenemos una persona casi totalmente idéntica a nosotros en algún lugar del planeta. Casi un clon o hasta un gemelo imposible pero existente. Todo es posible si la vida es posible.
Te preguntarás mi sirena alejada, por qué te escribo todos estos desvaríos. ¿Por qué un hombre lejos de su corazón comienza a tener sueños de una vida nunca vivida?
El tiempo es una cosa tonta, pero a su vez un terrible mal necesario. Tuve que soltar la pluma y alejarme de estas hojas. Salí a caminar un par de horas. Pero esas horas no se pueden percibir en el papel, aquí todo es un continuo que no entiende de fugas y lapsos, aún si dejas de leer desde esta palabra y te vas y luego vuelves, el tiempo no habrá cambiado, permanecerá estacionado, inmutable, o lo que sea que le sucede al tiempo que no puede percibirse. Supongo que por esto, Milena, dicen que la palabra es el verdadero eterno. A la palabra no le importa si es 1967 o 2119, la palabra es siempre lo mismo, los hombres son los que cambian. Por eso he querido usar esta carta de puente para acortar la distancia que abre el tiempo y volverlo superfluo. ¿Alguna vez París fue una ciudad sin tiempo?
Ahora (sólo para ti, pues para mí ese ahora ya nunca existirá) te hablaré de mi tragedia. Milena, extraña sombra en un mundo de sombras.
En el Fictif había un piano de cola de 50 años, sobrevivió una guerra, un terremoto y un incendio. Conservó un sonido dulce, su música es miel, tú, Milena, eres mi música, aunque ya no tocó el piano puedo oírlo en mis últimos recuerdos y pensamientos.
Pasado mi primer año en Francia comencé a soñar con otra vida, pero no una vida pasada, ni una vida futura, sino una vida paralela. Al principio eran diminutas ensoñaciones, aún insuficientes para que pudieran removerme. Luego, paulatino, ese mundo onírico creció desproporcionadamente. Soñé con un padre y una madre ajenos, soñé con edificios y calles jamás antes vistos, con rostros, comidas y sonidos que desconocía. Soñé con años enteros en sólo unas noches. Con el amor y el odio, pero no eran mías esas emociones, todo eso era intruso en mí, como si un extranjero se mudara a mi cabeza con su mundo. Soñé una infancia y una juventud. Vi en sueños lugares de París en los que jamás había estado. Cuando fui a visitar algunos de esos sitios experimentaba un extraña sensación de familiaridad. Sentía miradas a mi alrededor, como cuando alguien que te reconoce te observa.
Me causaba una ansiedad tremenda todo lo que pasaba mientras dormía. No eran pesadillas(?), sin embargo, a veces despertaba aterrado de lo vívido que era pasear con una chica ignota.
Nunca hubo un momento donde pudiera dormir sin que esas escenas se presentaran en mi mente. La única manera de evitar esos sueños era mantenerme despierto. Pero el agotamiento terminaba venciendo de una u otra forma.
Mi salud se deterioró lenta y dolorosamente. Dante trajo a un doctor que me diagnosticó un cuadro de fatiga. Atribuyó los sueños a un desorden psíquico y me recomendó reposo. Pero ¿qué clase de desorden psíquico es capaz de fabricar un mundo dentro de otro mundo?
Camino por París buscando una calle que visité en esa vida alternativa, miro las puertas y los faroles, todos iguales a los de mis pesadillas(?). Lo que sucede, Milena, es terrible, miles de déjà vús consecutivos y aparentemente infinitos, todos impactando a la vez mi conciencia. Podría cerrar los ojos y andar orientado sólo por la memoria de lo que jamás he vivido. Podría guiarme por los aromas o los sonidos. Lo más desesperante de todo es que recuerdo con mayor claridad lo que veo al dormir que lo que vivo realmente.
Me mareo con tantas digresiones involuntarias. Debo volver al Fictif antes de que los recuerdos se conviertan en estallidos. Voy escapando de mis visiones bastardas. No estoy seguro ya de si esta vida de ahora es verdadera y la otra, la de mis sueños es la falsa.
Camino y divago, ojalá nunca hubiera pisado esta tierra que me juega su última mala pasada, la broma máxima: Doblo la esquina del hotel y llego a tiempo para ver a un hombre bajarse de un taxi, paga y mira su reloj, en apenas esos instantes yo reconozco algo en su tono de piel y en su complexión. Asombrado caigo en la cuenta de que su perfil es idéntico al mío. Desde la nariz recta hasta el espacio cóncavo de la cuenca de su ojo izquierdo. Y cuando gira lento, en dirección a la entrada del edificio, veo con intriga que no sólo el perfil es igual, sino que todo su rostro es mi rostro. Aquél hombre es idéntico a mí. No sé como expresarte con palabras esto que sucede; hay frente a mí, a pocos metros, un ser que parece ser yo. Y no sé si desmayarme, gritar o morir. Quisiera hacerlo todo, pero no hago nada.
Me palpo el cuerpo como si acabara de estar en un tiroteo y no salgo de mi asombro, soy tangible. Tengo volumen, ocupo un lugar en el espacio. Miro mi reflejo en el cristal de la fachada del hotel, estoy pálido, podría pasar por un pilar de mármol en el bar.
Ese hombre soy yo… ¿Quién soy yo?; lo sigo con prudencial distancia por los corredores. Soy mi sombra, estoy tras de mí. Dante me atrapó, él estaba tan asustado como yo. Me hizo ir a mi habitación y nos pusimos a corroborar lo antes visto, lo nunca antes visto; supimos que no era mi gemelo; fue evidente que aquel hombre tenía más edad que yo. Nuestro parecido tampoco podía explicarse bien; no eran sólo unos rasgos, sino que eramos reflejo uno del otro.
Milena; me repitió la historia de los hombres antípodas que la naturaleza separa para no permitir que la humanidad vea detrás del velo de la vida; la verdad sobre el hecho de que somos seres sin propósito; viviendo una secuencia interminable que no sólo se repite a gran escala, sino hasta en el último detalle. Me contó como es que al encontrarse uno con su otro yo; las vidas entran en conflicto, las memorias se mezclan; por eso mis sueños eran en realidad los recuerdos del otro. La consecuencia sería que su vida terminaría invadiendo la mía, hasta remplazarme. Supón no solo miedo; terror ante uno mismo fuera de sí. Morir no es nada comparado con perder lo que se es. ¿Si me cambiara recuerdo a recuerdo, seguiría siendo yo? ¿Quién soy?
Dante dijo que debía huir de aquí sin perder tiempo, me dejo solo con mis oscuras especulaciones. Sentí que huir no haría la diferencia, sabía que el daño estaba hecho; que ya había comenzado el proceso de remplazo.
Una desesperación roja me hizo pensar en mil cosas; lo primero fue llevar mi mente hasta ti. Mi esperanza reposó en regresar. Pero algo instigaba mis preocupaciones… Corría el riesgo de vivir disolviéndome lentamente dentro de mí a pesar de estar lejos del otro.
Tomé una determinación. Esperé la noche. Busqué al otro y lo encontré en el bar del hotel; lo aceché hasta que por fin se levantó y camino hacía las habitaciones. Lo intercepté antes de que entrara a su cuarto y lo apuñale varias veces por la espalda. Atroz… Fue atroz cuando cayó ensangrentando el pasillo. Nos miramos, vi en sus ojos el mismo terror que yo sentí. No soporté ver su muerte, reflejo de la mía. Su rostro… Lo desfiguré con el cuchillo.
Oí pasos y voces acercarse. Sólo atiné a entrar en la habitación del otro. Escuché los gritos de los huéspedes ante el cadáver. Entonces me deshice de mi ropa, me vestí con la de él.
Cuando llegó la policía me hicieron salir, esperaba que supieran que yo lo había hecho. Pero no fue así. La gente pensó que era un huésped más. Se dieron cuenta de que el pianista no estaba; es decir que yo no estaba. Dante les dijo que me había marchado, él jamás noto que en realidad no fue así.
A la mañana siguiente partí de París convertido en otro hombre. Mi plan era volver contigo; pero la culpa de mi crimen me detuvo, aun más cuando entre las cosas del otro hallé una foto de su familia. Me sentí obligado a vivir su vida; a remplazarlo. Y eso hice.
Cada día que pasa recuerdo menos cosas sobre mí, todo lo que sé es lo que él sabía. Sospecho que pronto perderé los últimos rastros de mi identidad. Jamás voy a volver, quiero que sepas esto y que no dejé de amarte nunca.

Epístolas necias a quien corresponda II

Otra tonta carta más. Una de cuando sentí una profunda decepción y una rabia roja, sobrecogedora. Léase Lent et douloureux.

Hola
No me abras las puertas de tu boca en la noche, dejame morir junto con el frío como perro.
Y no tengas piedad de mí si te digo que he soñado con el pasado.
El clima de está hora invita a llamarte y que nunca aparezcas…
Déjame en eterna espera… ¿Habrá mejor inspiración que esta?
Vas a volver a donde te encontré, en donde no te conocía y te desconoceré.
Qué estupideces digo… Sólo sirvo para decir, repito, expreso y grito.
Maldita es mi voz cuando pronuncio tu nombre hasta en mis pensamientos más secretos.
No vengas del amanecer, quedate en la hora más densa y no te muevas.
Ya no me hablaras al oído para dejar tus miedos en mí.
¿De qué voy a llenar mis mejores ideas si no son de tus fugaces escapes de aquí?
Miedo, es todo lo que me queda, todo está seco. Que se caigan las hojas de todos los árboles
¿Ya no me hablarás? Qué más da, igual no sé escuchar… Igual nunca sé que decir.
Lo único que haré será seguir tus pasos hacia atrás y uno por uno tener la noción de que son abismos.
¿Para qué te escribo? Para nada, nunca vas a leer esto, que nunca nadie lo lea. Qué se mueran todos los que me lean, que las palabras les saquen los ojos.
Que tu sufras el cómo mis palabras me sacan los ojos.
Tengo tanta ira, tanta rabia que ya no me importa nada. Me daré el lujo de escribir mi muerte en un papel barato.
No me habrás de abrir las puertas de tu boca, voy a repetirte todo cuanto sea necesario. Muérete y vive y haz de tu vida cualquier demonio. No me habras de abrir las puertas de tu boca. Que se te derrumben los labios que ya estaban derrumbados. Que tu lengua se queme y que tus besos nunca nazcan. Qué me importa a mí lo que te pase. Todo… No me abrirás más que el aire que se me quedo un algun lugar donde me hiela. En los ojos. Y te veo en mis ojos. No estás aquí, ¿a quién le hablo? Qué hago como un idiota poniéndole palabras a mi desolación. Deberia dejarla tranquila. Dejar tu pensamiento de mi pensamiento tranquilo.
Pero quiero hasta matarte y abrirte y dormirme en ti. Quiero romper tus almas. Y secar tu piel y derramarme, soy agua, y ahogarte y ahorcarte. Pero no quiero. Y las palabras son mi herramienta. Te destruire cuando deje de escribir. Habrás muerto y yo también. Te mueres en mí. Estoy idiota. Loco, hecho pedazos. Mañana amaneceré roto. Y voy a gritar pero ni el dolor se va a sentir. Sufro, lloró. Caigo y me retuerzo y en reliadad no caigo ni me retuerzo. ¿Qué voy a decir yo, que no sé decir nada? Estoy mudo de voz propia, de inteligencia. Por eso oyes, ¿quién? Nadie me oye… por eso nadie oye que no digo nada.

Epístolas necias a quien corresponda

De cómo escribir cura

A veces pienso en la vida antes de la globalización: cuando se enviaban cartas, para ir directo al punto. A pesar de que he escrito muchas cartas, jamás he enviado una sola. No tengo nadie a quien escribirle, pero aún así he escrito montones y las he ido guardando y perdiendo. Hoy me ha dado por publicar algunas aquí. Pequeñas cartas terapéuticas, palabras que me han ayudado a curar mis emociones y mis relaciones. Lo siguiente es deshago, cartas de desamor que nunca envié.


Sin fecha, ni mucho menos lugar.

Te escribo esto porque soy un cobarde. No soy capaz de plantarme frente a ti y decir que esto se acabo, que el amor se ha vuelto un yugo. Es contradictorio, has de estar pensando, que con la soltura de palabra (verborrea o demagogia, como sea) que tengo, esté escribiendote una cursilería para terminar contigo.

Sin embargo, heme aquí, escribiendo que ya no podemos seguir más con una relación, ¡pero atención!; no dije que ya no te quiero. Si no te quisiera más, sencillamente desaparecería de tu vida. Dejaría de ir a tu casa, de escribirte mensajes, de llamarte, dejaría cualquier cosa que me vinculara a ti. No me tomaría el detalle de darte explicaciones, mucho menos de escribirte una carta.

Entonces ¿por qué te dejo si te sigo queriendo? Veras, nuestro problema radica en las formas en que entendemos y expresamos el amor. Tú, por ejemplo, construyes tu concepción de lo que debe ser el amor de una manera compleja, llena de matices, relieves y toda suerte de contrastes. Tu experiencia del amor es rica en detalles, te importan las fechas y el tiempo juntos, te importa la comunicación y albergas al final de todo esto unas fantasías románticas que rara vez expresas. Yo, por el contrarío, tengo un concepto llano, insípido, casí primitivo y que en sí es sencillo pero que entorpece nuestra relación. No me preocupa tanto si hace un año comenzamos a ser pareja, me importa el hecho de haber comenzado una relación, pero ¿por qué contar los días? (aclaro, no es un reproche, es apenas una exposición de las diferencias que tenemos) o no nace de mi imaginación —campo fértil a las fantasías barrocas más disparatadas— pensar en el futuro a tu lado, en los detalles de un hogar.
¿Ves cómo un camino que pretendemos hacer común se bifurca? Otra de las diferencias irreconciliables que tenemos es la que concierne a las expresiones físicas del amor… —vas a decir que es una niñería— detestas que te abrace cuando caminamos, más de una vez me has mirado con expresión de desacuerdo y reproche cuando te he abrazado al caminar, y si la expresión no era suficiente para hacer que desistiera venían las palabras a la carga, tú sabes cuales frases: “detesto que me abraces mientras caminamos”
Siendo objetivos, acepto ser empalagoso. Quizá es el reflejo del algún anacronismo de la infancia relacionado con la falta o exceso de contacto físico. Lo cierto es que podemos hacer un minucioso catálogo de las cosas que nos ponen a discutir.

No podría decir que tú estás mal, o que yo mismo lo estoy. Finalmente me enamore de ti, con tus virtudes y defectos. Y tú de mí.
Me ha faltado agregar que te dejo más por motivo de no seguir causando controversia en nuestra relación que por no poder solucionar nuestros problemas. Visto de otra manera, le hacemos daño a nuestro amor, y quiero creer que me quito para que el amor no termine, que finalmente es terminar con él.
No desatino al decir todo esto, lo creo firmemente. Tanto como que creo en este amor torcido. Mira, hemos pasado momentos brillantes juntos —aunque parezca un lugar común decirlo, incluso hablar de lo bien que la pasamos— pero —palabra clave y clavo de ataúd— carecemos de lo que se necesita para ser pareja. Carecemos de empatía, de comprensión y de ganas de hacer algo para remediarlo. Tratamos de hacer cosas inútiles para solventar esas carencias, tú, por tu parte, te avocas a tener fe en que mejoraré, en que cambiaré y yo —fatalista y desertor—te escribo cartas para romper contigo.
Aunque duela decirlo; está carta no es la primera, incluso la puedes leer como la síntesis de una larga apología simplona y tristera de porque debemos terminar.
Quiero recordar líneas de otras cartas para agregarlas aquí, pero la memoria no coopera conmigo. Y no puedo consultarles ya. Hace tiempo que las eché al fuego. Pensé, tontamente, que echaba también al fuego mis errores y que cambiaría.
No pretendo extenderme mucho más. Lo menos que necesitas ahora son la acumulación de mis excusas con las explicaciones de nuestras diferencias. Pero quiero recordarte un hecho concreto, algo que pienso es revelador sobre nuestra vida en común: La primera vez que comimos helado juntos, apuesto que al leer esto tu memoria hace un collage de cientos de escenas donde comemos helado juntos. ¿Cuál corresponde a la primera vez? ¿No se están mezclando y confundiendo todas esas escenas? ¿No te parece que se vuelven la misma escena que se continúa infinitamente sin que existan escenas de manera individual? Todas como un todo. Te preguntaras por que quiero que recuerdes esté hecho concreto. Resulta que este particular eco de escenas es la manera en la que veo nuestro amor. Un amor hecho de amores pequeños, que forma un todo ininterrumpido. Un placer cristalizado de placeres. No puedo dejarte porque no te dejo del todo y solo necesito un poco de ti para tenerte siempre y hasta siempre.

Te amo, adiós.

En la deseada piel

Tengo una idea que he ido desarrollando en una novela, y —¿Qué podría decir sobre eso?, no se me quita la necedad de escribir una novela…— este cuento es un satélite que órbita alrededor de aquello. Lo he escrito varias veces, sólo hasta ahora me siento satisfecho con el resultado. Sin más preámbulo: léase tranquillement, comme s’il était sur le point de rêver.


They got a skin and they put in me

Amor que estás en mis pensamientos más íntimos y que mi respiración es una plegaria por tu vida. Alma adorada, ceñida por los flexibles músculos y la morena piel. Persigo tu mirada de gorrión que da parpadeos a saltitos por la bóveda celeste, como recogiendo luz, casi las estrellas; esas que mañana van a brillar en tus ojos cuando yo sea lo primero que mires al amanecer. Dulces labios tuyos que se funden con los míos, casi como buscando que mi alma pasé a ti y viceversa… Soñar con la utopía de vivir en ti, no sólo de ti y para ti.

Ayer el otoño defolío mis pensamientos, dejando sólo la médula de las cosas que importan. En todo estás tú. Y ahora, mientras duermes y digo estas palabras como a cuentagotas en tu oído, casi buscando llenarte con mi ternura; te acaricio. No despiertes aún, voy a conservarte así en mi memoria. La última vez que te mire desde mis ojos. Estamos tan cerca que parecería imposible ser más uno de lo que ya somos.

Mis dedos pasean tu rostro acostumbrándose a lo extraño que será después palpar en la oscuridad estas mismas mejillas. La fantasía se apodera de mí, yo ser de ti hasta ser tú. No despiertes aún, permanece así hasta pasar, apenas un poco, el alba.

Escucho tu respiración, cuán libre te has de sentir al llenar de aire tus pulmones; ¿Será que podré sentir lo mismo cuando te tenga?… Entre sueños ya has de oír los suaves pasos del par de hombres caminando con pereza hacia aquí. ¿Soñaras que son casi como gotas de lluvia en caída y suspensión regular?

Una leve contracción oscurece tu rostro mientras te colocan en posición. La aguja de una inyección deja una mínima gota de rubí sangre al salir de tu cuello. Estás diez pasos más haya del sueño, en un sopor que colinda con la muerte. Pero no temas, te tengo bien sujeto, casi con un hilo de Ariadna; listo para hacerte salir del laberinto.

Ahora la aguja me va a dejar como a ti, flotando en la oscuridad de un sueño artificial; en un estado más allá del dolor y las sensaciones. Cuando despertemos verás que nuestra unión ha sido tal que serás tan yo como tú mismo. Estos hombres me están ayudando a ser tú, pasar mi alma y mi mente a tu cuerpo. Voy a vestirme con tu piel y tú con la mía. Al despertar sentirás en ti mismo mi ser abrazando al tuyo y yo dentro ti… Me duermo, corazón… Pero ten fe, soy tan de ti que seré tú.

Para romper con la hegemonía de las cuatro habitaciones (4/4)

Acabo de preguntarme cuál es la razón por la cuál la mayoría de la música pop está hecha en 4/4. Después de revisar un par de comentarios e ideas en internet he sacado algunas conclusiones.

De repente salen explicaciones relacionadas con cuestiones biológicas: “es un ritmo que empata con el latido del corazón“. Sin embargo está demostrado que no es el 4/4 el que se adapta al corazón, sino más bien este se adapta al ritmo de la música. Incluso, dichos estudios afirman que las personas con educación musical tienen la habilidad de empatar sus frecuencias cardíacas con la música que interpretan, esto en un proceso inconsciente. Entonces podemos descartar una relación específica entre el 4/4 y el corazón.

Por otro lado, hay argumentos psicológicos: “el 4/4 es satisfactorio para el cerebro por su equilibrio y simetría, por eso resulta tan común en la música“. En este respecto, pienso que no es del todo cierto que el 4/4 es un compás tan equilibrado. Es decir; si a esas vamos, el 2/4 es mucho más quilibrado, una sucesión de un pulso fuerte y uno débil, totalmente dual y ¿Qué es más equilibrado que algo que solo contiene dos elementos? A diferencia del 4/4 que tiene un pulso fuerte, luego un débil, después uno semifuerte y al final uno débil. Si hacemos una estadística, es un compás bastante desequilibrado, en escencia mucho más débil por su estructura. Por otro lado el 2/4 evoca cualidades e ideas como lo alto y lo bajo, lo bueno y lo malo, lo femenino y lo masculino, la luz y la oscuridad; todas estas cosas son complementarias entre sí, es decir alberga una idea de equilibrio muy bien definida. Así que después de esto, me atrevo a decir que también es incorrecto pensar que la naturalidad de 4/4 tenga una razón psicológica. Incluso, cabe agregar, que en los albores de la música tonal tal como la conocemos, se pensaba que el 3/4 era el compás perfecto, por su división tripartita, que evocaba la santísima Trinidad.

Creo que estamos ante un fenómeno particular, una paradoja donde no sabemos cuál es la causa y cuál el efecto: ¿el 4/4 es natural porque se usa a diestra y siniestra o se usa a diestra y siniestra porque es natural? Quizá nunca lo sabremos a con certeza…

Lo cierto es que nacemos rodeados de música en este compás. Quizá no es hiperbólico afirmar, que siguiendo el principio de Pareto, el 80% de lo que oímos está en 4/4… y a menor cultura musical, más bajo éste dominio rítmico estamos. Pero ¿qué hay del 20% de música restante? En géneros como el jazz, el rock progresivo o la música folclórica abundan divisiones rítmicas inusuales o diferentes (6/8, 12/8, 5/4, 7/4 ¡10/π!, 6.5/8… etc…) que ofrecen variedad y alternativa.

Ahora, podría clasificar estos compases diferentes en base a las dos sensaciones que producen:

  • Sutiles: cuando a pesar de que lo que oímos es un compás extraño, uno no se da cuenta.
  • Evidentes: cuando la sensación rítmica inusual está tan presente que da la impresión de estar oyendo algo que está incompleto, desfasado o hasta que los músicos tocan de manera errada.

Se me ocurre que hay mucha música que se decanta por una de estas dos posibilidades, y hay otra tanta que combina ambas posibilidades; incluso música que combina compases regulares e irregulares para diversificar las posibilidades sonoras.

Resta agregar que oír música sólo en 4/4 (o 2/4, 6/8 y su homólogo 3/4) no es algo totalmente malo, sólo un poco castrante en cuanto a las posibilidades de goce estético que nos estamos negando al no explorar más música; finalmente el 4/4 y cía. son límites y los límites tienden al infinito.

Para romper con la hegemonía de las cuatro habitaciones sería bueno comenzar por agregar una quinta habitación:

  • Animals del sexto álbum de la banda británica Muse. De lo más tranquilo de la producción de este trío. El 5/4 a veces se percibe sutil y otras veces la sensación de irregularidad es más convincente.
  • 5/4 una canción de Gorillaz donde coexisten en bicrono un 5/4 sobre un 4/4, la sensación del ritmo irregular es evidente.
  • Take five un clásico del jazz, pequeña obra maestra del Dave Brubeck Quartet, un tema donde el ritmo es tan sutil que pasa desapercibida su división de 5/4, además de que el título es una alusión a su compás.
  • Seven days del genio Sting, un artista que ha tocado como pocos un sin fin de facetas sonoras, este tema en 5/4.
  • 5 – 4=Unity de Pavement, una banda un tanto desconocida. El título de la canción es bastante original, ya que alude a su configuración rítmica de 5/4, a pesar de que en varios momentos cambia brevemente a un 6/8. Hay una clara influencia de Take five de Brubeck.

De cómo Diderot aserciona verdades que parece ir contracorriente y otras cosas que los músicos deben saber I

La paradoja del comediante de Denis Diderot es un diálogo sobre el arte teatral; una voz le pide a Diderot su opinión crítica sobre una obra del gran comediante inglés David Garrick y así comienza a discurrir una serie de observaciones que, a mí parecer, son de una lucidez asombrosa y perfectamente aplicables a muchos ámbitos artísticos, no solo al teatral.

En este caso rescato las ideas centrales y las transporto al ámbito de la música, donde creo que podrían hacer un efecto benéfico para comprensión de la creación artística y el papel del músico.

De la diferencia y la aproximación

Pregunta Diderot: “¿Cómo podría la Naturaleza sin el arte formar a un gran comediante, desde el momento que nada pasa en la escena exactamente igual que en la realidad y los poemas dramáticos están todos compuestos con arreglo a un sistema determinado de principios? Y ¿Cómo podría un papel ser representado de la misma manera por dos actores distintos, ya que en el escritor más claro, más preciso, más enérgico, las palabras no son, ni pueden ser, otra cosa que signos aproximados de un pensamiento, un sentimiento, una idea; signos cuyo valor completan el movimiento, el gesto, la entonación, el rostro, los ojos, la circunstancia?”

La primera pregunta alude a la diferencia escencial que hay entre la realidad y la obra de arte, esto basado en el principio escencial de que el arte es una imitación de la naturaleza; Diderot expone que resulta inusual que a pesar de que la obra de arte se basa en la naturaleza, esta carece de cualidades naturales, que tiene sus propios preceptos, es decir, se trata de un mundo aparte. No hay una aplicación precisa al ámbito musical en esta idea. En si, resulta una explicación del por qué no se dan sinfonías en los trinos de las aves; la obra de arte es una manipulación y ordenamiento de algunos elementos, y al hablar de esto, ya se percibe que debe haber una conciencia que pueda comprender y organizar dichos elementos.

En cuanto la segunda pregunta: hay quizá en ella una de las poquísimas apologías a que no existen dos cosas iguales; y esto es cierto en medida que las cosas se diferencian por sus detalles. Resulta que en cualquier sistema de escritura, los símbolos son sugerencias de algo que no puede ser aprehendido, esto sumado al hecho de que en el proceso de decodificación estamos sesgados por nuestra experiencia y formación, dan como resultado que cada interpretación de un mensaje sea distinto al original, es decir: una aproximación. Así es como debe verse la partitura, como una aproximación a la música, como una sugerencia. A menudo se suele poner a la partitura como una piedra inamovible, pero en realidad es todo lo contrario a esto, es un objeto plástico que admite su manipulación, en virtud de que buscar una interpretación universal y verdadera es absolutamente imposible. Retomando a Diderot: “Pensad bien lo que sigue y reflexionad lo frecuente y fácil que es a dos interlocutores, empleando las mismas expresiones, haber pensado y decir cosas radicalmente diversas.” No es gratuito agregar que esto empata con aquello de que “el mapa no es el territorio”, así como “la partitura no es la música.”

De la comprensión sobre la inspiración

“Exijo [..] comprensión y ninguna sensibilidad”
“Si el actor fuese sensible, de buena fe, ¿Podría acaso representar dos veces consecutivas un mismo papel con igual calor e igual éxito? Muy ardoroso en la primera representación, estaría agotado y frío como un mármol a la tercera. En cambio, si a la primera vez que se presenta en escena […] es imitador atento y reflexivo de la Naturaleza, copista riguroso de sí mismo o de sus estudiosa y observador continuo de nuestras sensaciones, su arte, lejos de flaquear se fortificará con las nuevas reflexiones que haya recogido, se exaltará o atemperará y cada vez quedaréis más satisfecho.
Lo que confirma mi idea es la desigualdad de los actores que representan por inspiración. No esperéis en ellos la menor unidad; su estilo es alternativamente fuerte y endeble, cálido y frío, vulgar y sublime. Fallarán mañana en el pasaje en que hoy sobresalieron; y, al contrario, se realzaran (en el mejor de los casos) en el que fallaron la víspera. En cambio, el actor que representa por reflexión, por estudio de la naturaleza humana. Por constante imitación de algún modelo ideal, por imaginación, por memoria, será siempre uno y el mismo en todas las representaciones […] Todo ha sido medido, combinado, aprendido, ordenado en su cabeza; no hay en su declamación ni monotonía, ni disonancias. El entusiasmo tiene su desenvolvimiento, sus ímpetus, sus remisiones, su comienzo, su medio, su extremo. Son los mismos acentos, las mismas actitudes, los mismos gestos. Si hay una diferencia de una representación a otra, es una generalmente en ventaja de la última. No será nunca voltario: es un espejo siempre dispuesto a mostrar los objetos y a mostrarlos con la misma precisión, la misma fuerza y la misma verdad.”

Tengo el vago recuerdo de haber leído en alguna revista (quizá Esquire) un decálogo(?) de Nick Cave; rescato de la memoria una frase (cercenada por el olvido) que dice más o menos: “La inspiración es una excusa para la falta de ella.” Vaya máxima… Que viene muy a cuento por la reflexión de Diderot. Este piensa que el artista que obra por inspiración es un artista menor, condenado a la inestabilidad, y ciertamente que tiene razón. Pensemos en un músico que se trepa a un escenario e interpreta alguna canción o pieza hecha al momento, quizá consiga un prodigio, quizá sólo se ponga en ridículo. Y es que en el territorio de la inmediatez es fácil accidentarse. Dice María Zambrano, en su magnífico ensayo “Por qué se escribe”, que “lo inmediato, lo que brota de nuestra espontaneidad, es algo de lo que íntegramente no nos hacemos responsables […] es una reacción siempre urgente, apremiante.” Por obra de la inspiración las ideas buscan salir todas a un tiempo, y encuentran el tropiezo.
No así es el caso del artista que obra por disciplina, estudio y preparación. Es altamente improbable fallar cuando se conoce a detalle la obra que se interpreta, y en cada interpretación que derive de la reflexión, se gana siempre más dominio sobre el arte propio. Muchas veces pensamos, al oír a un gran músico, que su buena estrella lo ha dotado con el talento para lograr una bella ejecución; en los escasos minutos que dura una pieza, una canción, no se perciben las largas horas de trabajo y reflexión que hubo para lograr esa ilusión de hacer algo como si no tuviera mayor complejidad. Las virtudes de comprender la obra artística son siempre mayores al riesgo de hacer sin comprender.

De cómo Baudelaire me dió lo mejor de sí en lo peor de su obra

Hace algún tiempo leí los Diarios Íntimos de Charles Baudelaire. Estas intimidades son, en realidad, notas para proyectos de libros que se quedaron truncos: Cohetes y Mi corazón al desnudo, ambos títulos con alusiones a Poe, de quien Baudelaire siempre fue un declarado admirador.
En estas notas hallé a un Baudelaire más humano y menos maldito, con las flaquezas de escribir al instante una idea y dejarla sucia, tal como fue atrapada. Mas, no por quedarse en el primer impulso de vida, son ideas gratuitas. Hay en ellas la sinceridad de quien no teme decir lo que piensa porque se sabe solo, sin nadie que lo juzgue. En la intimidad de una obra que se deja en suspenso hasta que se pueda pulir.

Dice Charles que “lo que está creado por el espíritu es más vivo que la materia“, y cada página de estos diarios se encuentra pulsante y un tanto con la carne expuesta, se percibe el espíritu.
Hay más espíritu cuando espeta que “el amor quiere salir de sí, confundirse con su víctima, como el vencedor con el vencido, y sin embargo quiere conservar privilegios de conquistador.

Hace postulados estéticos donde apologa la imperfección: “lo que no es ligeramente deforme tiene un aire insensible; de donde de sigue la irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa, el asombro, son una parte escencial y la característica de la belleza.
Otros donde define las dimensiones de lo que percibe como bello: “… Lo bello […] Es algo ardiente y triste, algo un poco vago que abre paso a la conjetura.” Es por eso, tal vez, que ve “[…] En el acto de amor un gran parecido con la tortura o con una operación quirúrgica.
Percibe que “la mezcla de lo grotesco y de lo trágico es tan agradable para el espíritu como las discordancias para los oídos entregados.

Otra estupenda estampa (que yo titularía Los beneficios del odio): “Un hombre va al tiro al blanco acompañado por su mujer. Apunta a una muñeca y dice a su mujer: me imagino que eres tú. Cierra los ojos y derriba la muñeca. Después besa la mano de su compañera y le dice: Ángel mío, ¡cómo te agradezco mi puntería!

Y luego toca fibras más sensibles de mi alma cuando escribe: “A cada minuto quedamos aplastados por la idea y la sensación del tiempo. Y no hay nada más que dos medios para escapar de esa pesadilla, para olvidar: El placer y el trabajo. El placer nos desgaste. El trabajo nos fortifica. Escojamos.
Cuanto más nos servimos de uno de esos medios, tanta mayor repugnancia no inspira el otro.

A propósito de pesadillas y trabajo, dice que “no hay obra más extensa que aquella que uno no se atreve a empezar. Se convierte en una pesadilla.” “Postergando lo que se tiene que hacer se corre el peligro de no hacerlo nunca. Al no convertirse en seguida se corre el riesgo de condenarse.”

Señala la vulgaridad del hombre: “Respecto a la legión de Honor.
El que pide una cruz tiene el aire de decir: si no se me condecora por hacer mi deber, no volveré a hacerlo. Si un hombre tiene mérito, ¿Por qué condecorarlo? […] Consentir en ser condecorado es reconocer al Estado o al príncipe el derecho de juzgarnos, o de ilustrarnos, etcétera.”

Retoma las deducciones Cartesianas: “Nada existe sin un fin. Por lo tanto mi existencias tiene un fin. ¿Qué fin? Lo ignoro. Entonces no soy yo quien lo ha marcado. Es por lo tanto alguien más sabio que yo. Por eso es necesario rogar a alguien que nos ilumine. Es lo más sabio.

Humor malicioso: “[…] no podemos hacer el amor más que con órganos excrementicos. Imposibilitada de prohibir el amor, la iglesia quiso al menos desinfectarlo, y creó el matrimonio.

Más sobre el amor: “Lo que hay de molesto en el amor es que es un crimen en el que no se puede evitar tener un cómplice.

Del artista: “Copular es aspirar a entrar en otro, y el artista no sale jamás de sí mismo.

Algo que podría titular como La paradoja del equívoco: “El mundo no anda más que por el equívoco. Es por el equívoco que todo el mundo se pone de acuerdo. Si, por desgracia, nos comprendiéramos, jamás podríamos estar de acuerdo.

Entre otras cosas, esto es lo que me dejó Baudelaire en lo peor de sus pensamientos…

Luz perdida

Uno de los temas que me parece más llamativo es la crueldad; sobre todo la crueldad de los seres a los que consideramos más puros; a continuación una fantasía sobrenatural, telón de la crueldad.

Léase Très sincèrement silencieux, ♪ igual a “el haz de luz que intermitente rompe las sombras”.


“Mientras más consciente seas de que amas, menos intenso es tu amor. Mientras más cruel sepas que eres, más suave será tu crueldad”. Sam enciende la televisión. Hágase la luz en la pantalla. El génesis en 20 minutos, entre comerciales.

Por alguna razón esta mañana luce particularmente oscura para ser casi medio día. Afuera el cielo está liso y despejado como el reflejo de algún desierto. Sam enciende la televisión. Hagáse la luz en la pantalla. El Génesis en 20 minutos, entre comerciales. Cambia los canales perezosamente, no hay nada bueno en la tele. Deja el control remoto y se acerca a la ventana. Lo denso del tiempo no invita a salir… parece algo nublado. A medias, entre sorpresa y confusión, siente un calorcito traspasar el vidrio y acariciarle la piel.

Su madre lo llama desde la cocina para comer pero él no responde, está embelezado palpando el tibio cristal. Su madre llama con más entusiasmo, el hace caso omiso. Ana sale de la cocina y encuentra a Sam tocando la ventana, dejando marcas de dedos y manos en el vidrio recién lustrado. La madre enfadada aparta al chico del alfeizar donde él palpa la madera.

Sam reacciona y su madre le dirige una mirada de reproche. Agachando la cabeza, el niño, entra a la cocina y toma su almuerzo; papas y un poco de carne, igual de tibias que la ventana. Come sin apetito. Al terminar deja el plato lentamente en el lavabo. Camina discreto, a hurtadillas para no ser detenido por su madre. Cuando pasa frente a la ventana se siente tentado a explorar científicamente su curiosa tibieza. Pero decide pasar de largo, sólo de reojo mira la leve luz que se cuela.

Sale al patio, el ambiente es cálido y, sin embargo, oscuro. Sólo hay dos cosas que puede hacer para matar el aburrimiento; ir con Nacho y robar chocolates de la tienda o regresar a mirar la televisión. Como la pantalla no tenía mucho que ofrecer Sam prefiere ir por Nacho.

La calle está vacía. Distraído camina pisando la hojarasca, una capa de polvillo se levanta a su paso. Mira al cielo, sigue raso y parece tener menor altura. Da la impresión de que si se alzaran los brazos se podría tocar esa superficie transparente. Sam incluso cree que podría dejar impresas sus huellas digitales, cree que podrían quedar como nubes borrosas.

Al llegar frente a la puerta de madera Sam mira su sombra tras de sí, no es mucho más oscura que la ausencia de iluminación del sol. Levanta la cabeza para gritarle a su amigo y el chico nota que el resplandor no lo deslumbra del todo, está mirando un foco faltó de energía eléctrica en la tela celeste. Contempla algunos minutos. Escucha su propia voz lejana, como si él volara, dice el nombre de Nacho, lo ha gritado sin notarlo, ha escapado cabalgando de su garganta, involuntario.

Ignacio sale somnoliento y mira el día que está igual de soporífero que él. Los muchachos se saludan con un gesto. No es un ademán amable o cortés, es más bien una correspondencia rutinaria. Se sientan en la banqueta. Está caliente, tanto que podrían freír algo en su superficie. Es mejor levantarse y deambular.
Caminan silenciosos uno a lado del otro. Realmente no son tan buenos amigos, pero no hay más chicos de su edad para poder salir. Además el uno ve al otro como un chivo expiatorio en caso de que los atrapen hurtando los dulces.

Doblan la esquina, la calidez oscura del ambiente otoñal hace algo pesados los párpados y los pies. Ignacio bosteza, se estira tratando de sacudirse la flojera. Sam se contagia de su bostezo. Se miran un segundo, es la forma en que se preparan mentalmente para el atraco. Con 10 años cada quien aún no entienden mucho de culpa y de moral. Sam sabe que robar es malo, pero no sabe qué tanto. Nacho sabe que robar es muy malo, pero para él es una forma de vengarse del catecismo que lo tiene harto. En el caso de Sam sus padres son muy desentendidos a la hora de hablar de fe. Su padre es un hombre de corbata y auto de lujo, de aquellos cuyo único dios posible es el dios dinero. En cuanto a su madre, ella es una mujer trofeo: bonita, solícita y callada. Haciéndose menos interesante, mientras más edad tiene. Es curioso el contraste de fe que tienen este par.

Esto de los dulces no es por los dulces ni para Sam, que podría comprar media tienda con lo que suele cargar en los bolsillos, ni para nacho, que no disfruta mucho de ellos debido a una parcial insensibilidad del sentido del gusto. Es, más bien, por un secreto poder, algo así como por la satisfacción de sentirse más listos que la anciana tendera.

Los chicos se detienen en seco. Miran con decepción la cortina de acero de la tienda. Está cerrado. Se giran 180 grados y sin perturbar el silencio caminan de regreso a la banqueta. A punto de llegar ven que la madre de Nacho abre la puerta de madera, trae cara de angustia. La mujer más religiosa del barrio corre hasta su hijo, le pone un crucifijo y con un padre nuestro en los labios apresura al niño a la casa. Sam extrañado, se queda quieto. Esa mujer lo intimida con su devoción desmedida.

Pasado el momento incómodo bosteza una vez más y emprende el camino a casa. Escucha la hojarasca que cruje ya con menos ruido, la ha pisado casi toda cuando iba a casa de su compañero en los pequeños crímenes.

El niño entra un poco acalorado al patio. Es tan extraño, por que casi no hay sol y aún así se siente la temperatura como un día en la playa. Mientras el piensa esto su madre sale y lo apremia a que entre, también trae cara de que el fin del mundo se acerca.

Dentro, sin tiempo que perder, sube el volumen de la televisión, hay un boletín urgente y está en cadena nacional. Es de la ONU. En la pantalla un sudoroso hombre de traje habla en otro idioma, un voz en off traduce cada palabra con un retraso que acrecentar la angustia de Ana. El mensaje comienza explicando torpemente que la propiedad luminosa de todo aquello que produce luz está desapareciendo. El hombre sudoroso se disculpa por la redundancia, la voz arremeda monótona. Continúa la explicación diciendo que no entienden cómo es posible que la luz se devance y que el calor permanece. El hombre se limpia la cara, como si esa acción le quitara las sombras de terror que tienen sus gestos. El niño mira a su madre que está temblando, luego alternativamente mira la televisión y la ventana. Una breve pausa del flujo informativo hace que Ana apriete todos los músculos.

Algo no anda bien, la gente en la televisión luce una agitación contenida, se miran unos a otros confundidos. La imagen de la pantalla se opaca como vista a través del humo. Se escucha el sonido electrónico del estupor humano, muchos comentarios acerca de que algo falla en la transmisión, de que en las pantallas se no se ve nada. Unos segundos de silencio son antesala a una comunicado lóbrego acerca de que muchas personas en el mundo han entrado en una histeria colectiva; motines, robos, homicidios y demás perversiones hacen las delicias de una hecatombe. No hay crueldad en lo que sucede con las personas, es desesperación y miedo. La voz casi hecha un hilo advierte el peligro de salir de casa. Luego el comunicado se interrumpe. Ana espantada se para e intenta ver que le pasa al aparato. Hace sólo un segundo la mujer era inamovible del sillón y ahora parece incapaz de no vibrar.

Sam va a la ventana y la vuelve a tocar, está tibia, le hace sudar las yemas de los dedos. Con la cabeza en llamas divaga sobre lo que acaba de escuchar. El día está un poco más oscuro. Sus pensamientos se ven interrumpidos por el volumen al máximo del televisor que solo transmite estática. Desesperada, su madre mira la pantalla en negro. Pulsa el botón de + para el brillo pero nada sucede. Se rechina los dientes, Sam la mira intrigado, la mujer está al borde del colapso, está aterrorizada.

La sala entre sombras y la poca luz incómodan a Ana. Enciende la bombilla pero, esta apenas si ilumina. Trepa a un banco y toca el foco con confianza, está caliente, se quema los dedos, hace una mueca de dolor y gime. Sam se ríe y la mujer lo mira irritada.

Ella le grita, él se enoja, ella grita más y él responde. Le calla con una bofetada, la mejilla de Sam se pone roja, brilla más que el foco de la habitación. Ana no tiene tolerancia, el conflicto es breve y ha sido más una catarsis que una corrección disciplinaria. Un lágrima le escoce la piel y el orgullo.

Sam sale corriendo de la casa, su madre paralizada mira el foco más oscuro que antes y oye los gritos de horror que salen a todo volumen de las bocinas del televisor, la crisis exclusiva a vuelto al aire en horario estelar.

Sam corre en dirección al campo, no pasan de las 2 de la tarde y parece ser que ya se acerca la noche. Va hacia la caverna, un gran agujero en la tierra donde él y Nacho suelen ocultar el botín de sus hazañas.

Se sienta en el centro rocoso, hecho un ovillo, llora en silencio. Siente un escalofrío y mira el fondo de la gruta. Un haz de luz le hace iridecer las lágrimas. Es una luminiscencia fría. No transmite calor. No deslumbra. No irrita los ojos, es muy agradable. Sam camina cauteloso hacia la luz. Los últimos 3 años de su corta vida le ha tenido miedo a la expresión “la luz al final del túnel”. Pero aunque esto le signifique la muerte, él no ciara.

Hace más frío mientras más brillo hay. Le castañean los dientes y los rastros de lágrimas se le vuelve escarcha en las mejillas.

Llega a una profunda cámara que tiene un hondo cráter. Toda la luz que se supone debería estar afuera está acumulada en esta gruta. Tratando de tocarla, Sam se quema las manos con el frío. Al apartarse tropieza y cae de bruces. Mira las los cúmulos de luz; son como joyas gigantescas, febriles partículas que pasean erráticas en la bóveda de roca. Relámpagos zigzaguean por el piso como serpientes, en el centro los destellos son pétalos de flores celestiales que explotan; cataratas de soles diminutos marean al niño con su velocidad frenética. Estrellas estáticas se proyectan en las paredes. Columnas de fuego frío sostienen un mar de cristales, todo es fulgor y chispas. Si el paraíso es posible entonces es este lugar dentro de una cueva. Sam es un aladino y ha entrado en la caverna donde se oculta el genio. Todas esas historias de piratas y tesoros adquieren un carácter divino. Luz por todos lados, toda fría y salvaje. Sam se siente jubiloso, este es su tesoro. Respira con toda la potencia de sus pulmones, se deja envolver por este lapsus de gloria. Suspira y ve el vaho de su aliento atravesado por luces que lo transforman en un arcoíris miniatura. El breve estado de gracia, placer y emoción: Se ríe. El sonido de su voz se desliza sobre la iluminada cueva. Corre, un poco entre asustado y emocionado, sale de la gruta. El mundo ya casi se ha apagado. La poca luz que permanece es una muy tenue, solo el sol y unas lejanas estrellas.

Trae luz en los ojos, distingue la figura de alguien que se acerca a la caverna.

—¡¡¡Nacho!!! —Exclama Sam al tiempo que Nacho dice: ¡¡¡Sam!!!

—¿Qué haces aquí? —Se dicen al unísono.

—Me harté de mi madre rezando como loca en casa y mi padre no para de fumar y llorar. ¡Todo es tan ridículo! En la radio escuché que es el fin del mundo. Mejor me vine a la gruta.-adelanta Nacho.

Sam lo mira seriamente, en la sombra nocturna su rostro no revela los gestos de desden y molestia. Con un ademán hosco lo empuja.

—Vámonos de aquí. Es mejor no asustar más a nuestros padres.- dice Sam en un tono forzado.

—No quiero irme de aquí. No volveré a casa, si es el fin del mundo da lo mismo estar aquí que allá.-Nacho responde firmé.

—Tengo mucho dinero aquí conmigo, vamos a la tienda por dulces y luego a nuestras casas.- Sam hará todo por ahuyentar a Nacho.

—La tienda de doña Eustolia fue quemada, arde en llamas de color negro. El pueblo es un caos, es mejor no volver, además aún quedan muchos dulces en la cueva.- Nacho hará todo lo posible por quedarse.

—No voy a dejar que entres, Nacho, mejor vete de aquí.

—Tú no vas a decirme que hacer, niñito rico mi-ma-do.- Contraataca Nacho.

—¡¡¡Qué te larges!!!

—¡¡¡Qué no me voy!!!

—Maldito, ¡vete!, ¡¡¡Esta es mi cueva!!!

—¡¡¡Yo la encontré primero!!!! Me pertenece a mi- Espeta

—¡¡¡No vas a entrar!!!! ¡¡¡No lo permitiré!!!

Nacho empuja a Sam y entra corriendo a la gruta. Sam se dispara tras de él. Al alcanzarle ve qué Nacho esta inmóvil y excitado ríe, ha descubierto la luz. Sus irideceres, brillos y destellos lo hipnotizan. Para Nacho estar ahí parado sólo es comparable con estar levitando en el cielo de un día de feria. Sam aprovecha el trance y lo embiste al tiempo que grita rabioso una maldición. Los niños se revuelcan en el suelo, entre gritos, amenazas, pataleos, rasguño y golpes. Nacho se pone sobre Sam y comienza a azotarle el rostro, siente la sangre caliente manar de la nariz de Sam.

—¡Tú sabias que la luz estaba aquí maldito! Tenemos que ir al pueblo y decirle a todos que hayamos la luz.- le grita con una voz trémula, mientras lo tiene inmóvil contra el suelo.

—Esta es mi luz, me pertenece a mí y a nadie más- Sam responde tosiendo, está algo ahogado por la sangre y las lágrimas.

Ojalá con miradas mataran, o, con sus voces cortaran a su enemigo. Imposible, están inermes, pero en la euforia son fieras, cachorros convertidos en quimeras pestíferas.

Cómo puede, el sometido chico, palpa el suelo de la cueva y encuentra una roca del tamaño de su puño, con un arranque de fuerza sobrehumano golpea a Nacho en la cien. Por un momento la roca está tan cerca del punto del cráneo que impacta, que ambos minerales se funden en la eternidad de un segundo. Librado del peso de Nacho se le dibuja una mueca de odio y crueldad, se abalanza sobre el cuerpo aturdido que se retuerce en el suelo. Lo golpea repetidamente en la cara, parece un ritual pagano; la cabeza del niño es un tambor y Sam es un diablo enloquecido. Nacho mareado e indefenso no puede detener todos los ataques.

Pataleando empuja a su agresor y se levanta apenas. A trompicones da pasos de venado recién nacido. La luz, los golpes, los gritos y la sangre lo obnubilan. Se acerca más y más al cúmulo de luz. Sam le arroja la roca a la cabeza, con el impacto Nacho pierde el poco equilibrio que conservaba. Cae en un relámpago. Se esta enfriando, su piel se quiebra y sus huesos revientan. No logra más que ahogar un alarido. Se forman grietas en su cara, los ojos se hacen finos cristales de hielo que se volatilizan. El ruido de el alma del chico congelándose provoca un eco sobrenatural. Más luz se instala en la frágil materia de la que está hecho el niño.

Sam mira el breve espectáculo. Una vez hecho todo nieve y hielo el cuerpo de Nacho. Se acerca y toma su roca, le sacude los restos de piel y, como puliendo una fruta, limpia la sangre en su ropa. Se sienta en la boca la cueva, es como un colmillo. Mira la oscuridad total del mundo. Siente el frío aliento que emana tras de él y le abraza.

Es su luz, no permitirá que nadie se la quite. Cierra los ojos.

***

Nacho está llorando desconsolado, mientras forcejeaba con Sam este dio un paso en falso y fue a dar contra una estalagmita, se le abrió la nuca, una corriente de sangre aureolo su cabeza rápidamente. De la boca del convulsivo niño han estado saliendo incoherencias sobre la luz que le pertenece. El lago rojo se congela mientras el niño gimotea y llora, pero llora sin llanto, se está quedando seco y se enfría más rápido debido a la luz.

Nacho está desencajado mirando la boca de la cueva, el cuerpo de Sam y la danza de rayos de sol. Está dentro de un terremoto. No entiende del todo lo que acaba de pasar aquí.

Piensa, medita, divaga, se aterra, llora, grita, aprieta los puños, se muerde los labios.

Ya no puede ir a decirle a todo mundo que encontró la luz perdida, eso significaría que encontrarían el cuerpo de Sam. Las conjeturas obvias lo señalaran a él como el homicida. Tiene miedo, no era su intención que Sam terminará de esta forma, fue un accidente. Además Sam tiene mayor culpa, pues, su egoísmo orilló a Nacho a portarse violento.

Quedarse aquí con toda la luz no es una idea mucho más seductora que la anterior. Tiembla, no es de frío sino de amargura. Sus ojos consternados se contienen para no mirar a Sam. “Es todo culpa de él”, se repite Nacho. Trata de calmarse con esa frase. No era su intención, fue sólo una pelea infantil, sólo un juego cruel, pero un juego al final.

Sam convulsiona, se está muriendo. Escupe una flema de sangre. Nacho aterrado sólo se queda como espectador. No es capaz de hacer nada más que llorar de impotencia. Su madre diría que está en un dilema. Nacho no está muy seguro de si es la palabra correcta. Maldito Sam, se repite.

Nacho es un mártir involuntario. El está sufriendo más que Sam. Al menos para su cabeza reventada no parece haber muchos conflictos. Quizá ni siquiera siente dolor. Nacho lo envidia, él está sumido en la desesperación y el otro está sumido en una fantasía. Hasta descarado le narra su placentero fin “es mi luz, me pertenece, sólo a mí, luz infinita para mí, luz”

Oye su cantinela constante: es mi luz, me pertenece. Ríe y llora intermitentemente. Nacho desea que termine de morirse, ya no soporta esa patética habladuría, así mismo se siente más patético que el cada segundo más finado Sam.

Por fin, ya se ha muerto. Pero eso no amaina la angustia del vivo. Sus miedos se acrecientan con un desfile de suposiciones: “¿Y si esto? Y si ¿el otro? Y ¿si aquello?” Cada teoría lo conduce a la condena, al fatalismo.

¿Por que no me morí yo? Grita y golpea una pared. Ya no se tolera a sí mismo, sus pensamientos lo están sofocado. Pronto se ahogara en un océano de culpa. ¿Por que no me morí yo? Su cabeza es una cámara de tortura. La escena de Sam muerto con los ojos fijos hacia las estrellas de la cueva le quema las pupilas. Sus pulmones se anegan de frío. Parece un sueño, pero muy real, escucha la voz de su padre y de su madre llamándolo. Nacho tirita y se cubre los oídos. Piensa en la insensibilidad de su lengua.

Afuera es otoño y está en total negritud, aquí adentro es invierno y brilla infernalmente. Nacho se va quedando poco a poco dormido, el gélido ir y venir de la luminiscencia lo arrulla. No se da cuenta de que entre más cerca se oyen las voces él menos las escucha. El frío es agradable. Es consolador, incluso sus penas se hielan y dejan de atormentarlo. Se duerme, dulces y fríos sueños Nacho. Descansa en paz.

Antología de cuentos musicales: 3. El tambor de Shiloh

Cuando uno comienza a estudiar música, una de las primeras cosas que le enseñan es que esta está constituida por tres elementos: Ritmo, Melodía y Armonía; la división obedece, quizá, a la evolución histórica del arte sonoro. En el principio puramente rítmico, primitivo y cercano a los instintos más básicos del ser humano; después, el surgimiento de la melodía, una forma de manipular las alturas de manera consecutiva para articular discursos; y al final la armonía, la parte más intelectual y estructurada de la música.

El siguiente cuento va del ámbito rítmico, pero con un uso no propiamente musical, sino con una finalidad bélica.
La idea de la música con aplicaciones bélicas es relativamente nueva en nuestra época, pero hay referentes culturales importantes, como el pasaje bíblico del libro de Josué, que habla sobre la conquista de Jericó. El versículo 20 relata que 7 sacerdotes con 7 trompetas y el pueblo israelita gritando a voz en cuello derriban los muros de la ciudad sitiada. Ya entrados en materia, en la época actual, son muy conocidos los casos de “bombardeos acústicos” en los recientes conflictos armados en medio oriente. Hablando de usar la música para agredir, pero el cuento va más allá; aquí la música aparece como refuerzo bélico, como una suerte de tónico inmaterial que canaliza la fuerza de los soldados para el combate.

Resulta interesante la relación tan estrecha que hay entre las percusiones y los instintos más salvajes de los hombres. El tambor potencia un estado mental primitivo, propicio para el combate. Sin más prolegómeno: el tambor de Shiloh.


En la noche de abril, más de una vez, los capullos caían de los árboles de la huerta y golpeaban apenas la piel del tambor. A medianoche un melocotón endurecido que había quedado milagrosamente en una rama todo el invierno, fue rozado por un pájaro, cayó rápido e invisible, golpeó una vez, como un pánico, y el niño se sobresaltó, incorporándose. Escuchó en el silencio el sonido de su corazón que se alejaba en un redoble, se alejaba, y al fin se le iba de los oídos y se le instalaba otra vez en el pecho.
Luego, el niño volcó el tambor de costado, de modo que la redonda cara lunar lo miraba de frente cada vez que habría los ojos.
La cara del niño, alerta o en descanso, era solemne. Era en verdad un tiempo solemne y una noche solemne para un muchacho que acababa de cumplir catorce años y estaba ahora en el campo de melocotones cerca del Arroyo del Búho, no lejos de la iglesia de Shiloh.
—… treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres…
Ya no veía nada, y dejó de contar.
Más allá de las treinta y tres sombras familiares, cuarenta mil hombres, agotados por una nerviosa expectación, incapaces de dormir a causa de unos románticos sueños de batallas todavía no libradas, yacían desordenadamente tendidos de costado y vestidos de uniforme. Dos kilómetros más lejos, otro ejército estaba esparcido aquí y allá, volviéndose lentamente, unidos por el pensamiento de lo que harían cuando llegara la hora: un salto, un aullido, una estrategia que era en realidad un arrojo ciego, una protección y una bendición propias de una juventud inexperta.
De cuando en cuando el niño oía la llegada de un vasto viento que apenas movía el aire. Pero el niño sabía qué era eso: el ejército aquí, el ejército allá, susurrándose a sí mismo en la sombra.
Algunos hombres hablaban con otros, otros murmuraban entre dientes, y todo parecía tranquilo, como si un elemento natural subiera del sur o bajara del norte con el movimiento de la tierra hacia el alba.
El niño sólo podía adivinar lo que los hombres murmuraban, y lo que el adivinaba era esto: yo soy el único, soy el único entre todos que no va a morir. Saldré con vida. Iré a casa. Tocará la banda. Y estaré allí para oírla.
Sí, pensó el muchacho, está bien para ellos, tanto pueden dar como recibir.
Junto a los huesos tendidos de los hombres jóvenes, cosechados en la noche y agavillados alrededor de las hogueras, estaban los huesos de acero de los rifles, esparcidos de un modo semejante, las bayonetas clavadas como relámpagos eternos, perdidos en la hierba de la huerta.
Yo, pensó el muchacho, tengo sólo un tambor, y dos palillos para golpearlo, y ninguna protección.
No había un muchacho-hombre esta noche en el campo que no tuviera alguna protección asegurada o esculpida por él mismo mientras se encaminaba al primer ataque, una protección compuesta por una remota pero no por eso menos firme y vehemente devoción familiar, un patriotismo de banderas y una inmortalidad absolutamente segura, favorecida por la piedra de toque de la pólvora, la banqueta, las granadas y el pedernal. Pero todavía sin estás últimas cosas, el niño sentía ahora que su familia se alejaba aún más en la oscuridad, como si uno de esos trenes que queman las praderas se los hubiera llevado para siempre, dejándolo con ese tambor que era peor que un juguete en la partida que se iniciaría mañana o algún día demasiado pronto.
El niño se volvió de costado. Una polilla le rozó la cara, pero era un capullo de melocotón. Un capullo de melocotón lo rozó apenas, pero era una polilla. Nada se mantenía. Nada tenía nombre. Nada era como había sido.
Se le ocurrió que si se quedaba muy quieto, quizá los soldados se pondrían el coraje junto con las gorras, al alba, y quizá se fueran, y la guerra con ellos, y no notarían que él se quedaba allí, pequeño, sólo un juguete.
—Bueno, por Dios, qué es esto —dijo una voz.
El niño cerró los ojos, ocultándose dentro de sí mismo, pero era demasiado tarde. Alguien, que había venido desde las sombras, estaba allí ahora, de pie, a su lado.
—Bueno —dijo la voz, tranquila—, he aquí un soldado que llora antes de la batalla. Bueno. Continúa. No tendrás tiempo cuando todo empiece.
Y la voz iba a moverse cuando el muchacho, sorprendido, tocó el tambor con el codo. El hombre de allá arriba, oyendo esto, se detuvo. El muchacho alcanzaba a sentir los ojos del hombre, que ahora se inclinaba lentamente. Una mano descendió quizá de la noche, pues se oyó el roce de unas uñas, y el aliento del hombre aireó la cara del niño.
—Caramba, es el tambor, ¿Verdad?
El muchacho asintió con un movimiento de cabeza, aunque no sabía si el otro podía verlo.
—Señor, ¿es usted? —dijo.
—Me parece que sí.
El hombre se inclinó todavía más y le crujieron las rodillas.
Tenía el olor de todos los padres: sudor salado, tabaco de jengibre, caballo y botas de cuero, y la tierra por donde había caminado. Tenía muchos ojos. No, ojos no, botones de bronce que observaban al niño.
Sólo podía ser, y era, el general. (1)
—¿Cómo te llamas, muchacho? —le preguntó el general.
—Joby —murmuró el muchacho, y se movió como para ponerse de pie.
—Está bien, Joby, quédate ahí. —Una mano le apretó levemente el pecho, y el muchacho se tranquilizó. —¿Cuánto tiempo has estado con nosotros, Joby?
—Tres semanas, señor.
—¿Te escapaste de casa o te alistaste legítimamente, muchacho?
Silencio.
—Una pregunta tonta —dijo el general—. ¿Todavía no te afeitas, muchacho? Una pregunta todavía más tonta. Ahí está tu mejilla, y acaba de caer de ese árbol de arriba. Y los otros son mucho mayores. Inexpertos, condenadamente inexpertos todos ustedes. ¿Estás preparado para mañana o pasado mañana, Joby?
—Si quieres llora un poco más, adelante. Yo hice lo mismo anoche.
—¿Usted, señor?
—La pura verdad. Pensaba en lo que nos espera. Los dos bandos creen que el otro se rendirá, y pronto, y que la guerra terminará en unas pocas semanas, que todos volveremos a casa. Bueno, no será así, y quizá por eso lloré.
—Sí, señor —dijo Joby.
El general debía haber sacado un cigarro ahora, pues en la oscuridad, de pronto, se extendió el aroma del tabaco indio, apagado todavía, pero que el hombre masticaba mientras pensaba en lo que iba a decir.
—Serán días difíciles —dijo el general—. Contando ambos bandos, hay aquí esta noche unos cienmil hombres, más o menos, y ninguno capaz de derribar un gorrión posado en una rama, o de distinguir un poco de bosta de caballo de una granada. Nos ponemos de pie, nos desnudamos el pecho, nos presentamos como blanco, les damos las gracias y nos sentamos, ésos somos nosotros, ésos son ellos. Podríamos haber esperado entrenándonos cuatro meses; ellos habrían hecho lo mismo. Pero aquí estamos, enfermos de fiebre del heno y pensando que es sed de sangre; poniendo azufre en los cañones en vez de miel, como tendría que haber sido; preparados para ser héroes, preparados para seguir vivos. Y puedo verlos a todos ahí alrededor asintiendo. Está mal, muchacho, está mal cómo un hombre marcha hacia atrás por la vida. Será una doble matanza si uno de sus malhumorados generales (2) decide que los muchachos merienden en nuestra hierba. El puro entusiasmo Cherokee matará más inocentes que nunca hasta ahora. Hoy al mediodía, hace unas pocas horas, los nuestros estaban chapoteando en el Arroyo del Búho. Temo que mañana, a la caída del sol, esos hombres estén otra vez en el arroyo, flotando, dejándose llevar por la marea.
El general calló y junto unas pocas hojas y ramitas invernales en la oscuridad, como si fuera a encenderlas en cualquier momento para echar una ojeada al camino de los días próximos, cuando el sol no mostrara la cara a causa de lo que estaba ocurriendo aquí y un poco más allá.
El muchacho observó la mano que movía las hojas y abrió los labios para decir algo, pero no dijo nada. El general sintió el aliento del muchacho, y habló:
—¿Por qué te digo esto? Querías preguntármelo, ¿eh? Bueno, cuando tienes una manada de caballos salvajes, de algún modo tienes que poner orden, acostumbrarlos a las riendas. Estos muchachos, que acaban de dejar la leche, no saben lo que yo sé, y no lo puedo decir: hay hombres que mueren realmente en la guerra. Cada uno es su propio ejército. Tengo que hacer un ejército de ellos. Y para eso, muchacho, te necesito a ti.
El muchacho sintió un temblor en los labios.
—Bien, muchacho —dijo el general, sereno—, eres el corazón del ejército. Piénsalo. Eres el corazón del ejército. Escucha, ahora.
Y, acostado, Joby, escuchó.
Y el general habló.
Sí él, Joby, golpeaba lentamente mañana, el corazón golpearía lentamente en los hombres. Irían quedando rezagados. Se quedarían dormidos en los campos, apoyados en los mosquetes. Dormirían para siempre, después, en esos mismos campos los corazones que latían más lentamente a causa del tambor de un muchacho, y se detendrían a causa del plomo del enemigo.
Pero si el ritmo era firme, claro, más rápido cada vez, entonces las rodillas subirían en una larga línea por las lomas, una rodilla después de la otra, ¡como las olas en la costa del océano! ¿Había visto alguna vez el océano? ¿Había visto las olas que ruedan como una ordenada carga de caballería, avanzando en la arena? Bueno, eso era lo que él quería, ¡lo que ahora necesitaba! Joby era la mano derecha y la mano izquierda del general. El general daba las órdenes, pero Joby marcaba el paso.
De modo que lleva arriba la rodilla derecha y saca adelante el pie derecho y arriba la rodilla izquierda y adelante el pie izquierdo. Uno después del otro en el tiempo justo, en el tiempo rápido. Mueve la sangre en el cuerpo y da orgullo a la cabeza y endurece la espina dorsal y tensa las mandíbulas. Enfoca el ojo y aprieta los dientes, abre las aletas de la nariz y endurece las manos, viste con una armadura de acero a todos los hombres, pues si la sangre se mueve rápidamente los hombres se sienten de acero. No tenía que perder el ritmo, nunca. ¡Largo y firme, firme y largo! Luego, aun de bala o de arma blanca, esas heridas empapadas en sangre caliente —una sangre que él, Joby, había ayudado a mover— dolería menos. Si la sangre de los hombres no se calentaba, sería más que una carnicería, sería una pesadilla de crímenes y dolor de la que era mejor no hablar y realmente inconcebible.
El general habló y calló, dejando que se le apagara el aliento. Luego, al cabo de un rato, dijo:
—Así son las cosas, pues. ¿Lo harás, muchacho? ¿Sabes ahora que eres el general del ejército cuando el general queda en la retaguardia?
El muchacho asintió en silencio.
—¿Los llevarás adelante en mi nombre, muchacho?
—Sí, señor.
—Bien. Y con voluntad de Dios, muchas noches después de esta noche, muchos años después de ahora, cuando seas tan viejo como yo y mucho más, cuando te pregunten qué hiciste en este tiempo espantoso, tú les dirás en parte humildemente y en parte orgulloso: <<Fui tambor en la batalla del Arroyo del Búho>>, o del río de Tennessee, o quizá le den el nombre de esa iglesia. <<Fui tambor de Shiloh.>> Señor, esto tiene un sonido y un ritmo muy adecuados para el señor Langfellow. <<Fui tambor de Shiloh.>> (3) Quién dirá alguna vez estas palabras y no te conocerá, muchacho, o no sabrá lo que pasaste esta noche, o lo que pensarás mañana o pasado mañana cuando nos incorporemos sobre nuestras piernas y empecemos a movernos.
El general se puso de pie.
—Bueno, entonces, que Dios te bendiga, muchacho. Buenas noches.
—Buenas noches, señor.
Y, tabaco, bronce, bota lustrada, sudor salado y cuero, el hombre se alejó por la hierba.
Joby se quedó acostado un momento, mirando pero sin poder ver dónde había desaparecido el hombre.
Tragó saliva. Se secó los ojos. Carraspeó. Se acomodó. Luego, al fin, muy lenta y firmemente, dió la vuelta al tambor para que el parche mirara al cielo.
Se acostó al lado, un brazo alrededor del tambor, sintiendo el estremecimiento, el toque, el trueno apagado, mientras, todo el resto de la noche de abril de 1862, cerca del río Tennessee, no lejos del arroyo del Búho, muy cerca de la iglesia llamada Shiloh, los capullos de melocotón caían sobre el tambor.

1. El general del que se habla aquí podría ser, tal vez, Ulysses S. Grant; bajo este supuesto, el bando al que pertenece Joby es el del ejército de la unión.

2. Este pasaje es el que me hace pensar que justamente Grant y el ejército Nordista son la perspectiva desde donde se narra el relato, pues en la batalla de Shiloh el bando contrario, los confederados, era liderado por los generales Albert Sidney Jhonson y P. G. T. Beauregard.

3. Actualmente se conoce como la batalla de Pittsburg Landing, tuvo lugar entre el 6 y 7 de abril de 1862. Fue la batalla más grande durante la guerra de sucesión.

[En la foto: William Johnston de 11 años, enlistando en el 3rd cuerpo de infantería de Vermont. Diciembre 1861]